En la literatura mesopotámica, la figura de Inanna aparece como el arquetipo por antonomasia de lo femenino, a la que se le atribuyen aspectos regenerativos, como el sexo, y aniquiladores, como la guerra y la muerte. En este sentido, la divinidad se presentaba como la alegoría por antonomasia de lo abyecto, cuya representación negativa fue recogida por la tradición bíblica a través de la figura de Lilith y posteriormente sirvió para construir el arquetipo diabólico de la bruja de la temprana modernidad.

El cuerpo de Inanna: sexo, muerte y alimentación en Mesopotamia

Lo escatológico se presenta como uno de los grandes tópicos tratados en la literatura de la antigua Mesopotamia (escrita  en lengua sumeria y en  acadia), donde la vida se asocia a la manipulación de los entes sagrados que gobiernan el cosmos, los “me” (“potencias divinas”, en sumerio), y su carencia es interpretada como sinónimo de muerte. Los estos son mencionados solo en la literatura y algunos estudiosos los han vinculado con la idea de “alma” de la tradición judeo-cristiana. Por ejemplo, en el poema sumerio conocido como El descenso de Inanna al Inframundo, la muerte de la diosa de la guerra y la sexualidad se produce cuando es despojada de todos los “me” y su reintegración a la comunidad de los vivos está conectada con el acceso a ofrendas de agua y alimentos que le proporcionan dos personajes del mito, llamados kurgara y galatura, sacerdotes eunucos ligados al culto de la deidad.

La figura de Inanna es paradójica y multifacética, y su descripción coincide con el retrato arquetípico del Dionisos que Friedrich Nietzsche supo plasmar locuazmente en su obra El origen de la tragedia o Grecia y el pesimismo (1870-1872). Etimológicamente, su nombre significa “Señora del Cielo” y, para los sumerios, Inanna era una diosa guerrera a la que se le habían dedicado diversas construcciones monumentales, como el famoso templo de la ciudad de Uruk, así como un sinfín de inscripciones conmemorativas, donde se la representa como un personaje destructivo y sediento de sexo.

De alguna manera, Inanna personificaba la sexualidad, lo pasional, lo más irracional e iracundo sobre la faz de la tierra, así como también era la expresión per se de la guerra, una actividad por antonomasia conectada con la muerte. A pesar de este perfil irascible e incontrolable que ofrece la literatura sumeria sobre la divinidad, Inanna también estaba relacionada a la monarquía y, por consiguiente, al orden social, como evidencia la celebración ritual del “matrimonio sagrado”, en el que el gobernante se transformaba en el esposo divino de la diosa.

El compañero sexual de Inanna y además su víctima mítica por excelencia es Dumuzi, una divinidad enlazada a los pastores, el cual era evocado por el rey en su rol ritualista. La hermana y contraparte en el mundo de los muertos de Inanna es Ereshkigal, la “Señora del Inframundo”, con la que comparten diversos rasgos en común.

A propósito, el texto bíblico recoge y sintetiza la metáfora ceremonial del matrimonio sagrado a través de los paisajes del Edén, en los cuales Eva invita a Adán a comer del fruto prohibido del árbol de la sabiduría. Sin embargo, detrás del árbol ─que en la mitología mesopotámica recibe diversas connotaciones─ se sintetiza la capacidad ordenadora de Inanna como manipuladora de los “me”. Ante una Inanna que tienta a Dumuzi con su vulva y lo incita a tener sexo, está Eva que induce a Adán a comer del fruto prohibido.

Sin embargo, La Biblia invisibiliza a “otra” mujer o, quizás, los compiladores del texto bíblico la extirparon de la tradición. Su nombre es Lilith, del hebreo “noche”, y al igual que Ereshkigal merodea el Inframundo y recibe a los muertos. Su única mención en La Biblia la encontramos en Isaías 34:14:

“Y las bestias monteses se encontrarán con los gatos cervales, y el peludo gritará a su compañero: la lamia [Lilith] también tendrá allí asiento, y hallará para sí reposo”.

 Lilith también se vinculaba con las diosas mesopotámicas Lilitu y Ardat Lili, dos seres femeninos malignos, a los cuales se les tenía especial estima. Sin embargo, La Biblia muestra a Lilith como la primera esposa de Adán, pero relacionada al adulterio y a la fornicación solo por placer. No es fortuito que la posteridad haya ocultado e invisibilizado esta imagen de la mujer, que durante la temprana modernidad se asoció a los arquetipos de la bruja y el demonio. La Lilith bíblica tiene diversos paralelos con la Inanna sumeria, sobre todo por su pulsión sexual desmedida, aunque como Ereshkigal aparezca como la “Señora de la Noche”.

En cuanto a la efigie de Inanna en la literatura mesopotámica, el famoso poema que narra el periplo hacia el mundo de los muertos, le otorga una imagen armoniosa al manipular los “me” y estar ataviada con sus ropajes ceremoniales. En su tránsito por los siete portales del Inframundo o Kurnigia, la “Tierra del no retorno”, Inanna es obligada a desnudarse, simbolizando así su agonía y posterior expiración. La necesidad de despojar a Inanna de sus atributos se conecta con el deseo de destruir el cuerpo sagrado y magnificente de la diosa, eliminar su potencialidad divina, su aterradora imagen y sojuzgarla. 

La poetisa, la muerte y el vuelo de las brujas

La literatura mesopotámica fue compilada por distintas escuelas de escribas, que se encargaron una y otra vez de reproducir la ideología de la elite dominante. Asimismo, el fenómeno de la autoría se manifiesta como algo anómalo, pero, sin embargo, Enheduanna “firmaba” sus obras, la cual figuraba no solo como suma sacerdotisa del dios lunar Nanna, sino también como la primera autora en la historia mesopotámica. A ella, se le atribuye la composición de diversas piezas, especialmente el conocido Himno a Inanna y el poema La exaltación de Inanna, ambas en honor a la diosa de la guerra y la sexualidad.

A propósito, en el primero de los textos, Inanna es vinculada expresamente con la noción de “muerte” (nam-ush), así como con la pestilencia y la destrucción. Por ejemplo, en un poema cuyo nombre es La canción de la azada ─instrumento que no era simplemente empleado en las actividades agrícolas, sino que, además, servía para enterrar a los muertos─, Inanna se enlaza con el accionar de la herramienta. El texto reza:

“En la ciudad de Zabalam, la azada es el trabajador de Inanna. Determinó el destino de la azada con su lapislázuli” (líneas 52-53).

Por otra parte, entre las líneas 39-48 del Himno a Inanna, Enheduanna resalta el rol destructivo de la divinidad, afirmando que:

“la persona que coma la comida y la leche de la muerte de Inanna no perdurará […] en su boca… en su alegre corazón, ella realiza el canto de la muerte sobre la llanura. Ella canta la canción de su corazón. Lava sus armas con sangre y pus…”.

En este sentido, la descripción que procura el texto anterior posee notables analogías con otros poemas de la época, donde predominan los aspectos tremendos de la diosa, frente a otras composiciones, donde se manifiesta multifacéticamente como en el ya mencionado El descenso de Inanna al Inframundo.

Enheduanna realizó una apología literaria de un personaje abyecto, que no solo encarnaba la potencia vivificadora de la vida y la pulsión sexual, como se expresaba a través de la idea de “me”, sino también la muerte y la destrucción, la enfermedad y el terror. La poetisa retrató así los aspectos mortíferos de Inanna y le puso su propio sello y, de alguna manera, se legitimó exaltándolos.  

En cambio, La Biblia trató de velar, execrar o deslegitimar cualquier imagen pestilente asociada a lo femenino. Así, como Lilith desapareció volando de al lado de Adán y se fue a vivir en una cueva cerca del Mar Rojo para tener sexo con demonios, las consideradas brujas por la Inquisición ─los súcubos que surcaban las alturas por las noches para “tentar” a los varones─ atravesaban con sus escobas los cielos, pero pagaron con su cuerpo por tanta inmoralidad sexual y se las hizo desaparecer al calor de la cruz y la espada.  


Puede descargar Inanna y el fruto prohibido: sobre el vuelo de las brujas y la construcción de arquetipos sexuales abyectos - Andén 86 en formato .pdf