La música (electrónica) está sometida, como todo en este mundo, a nuestro creciente anhelo por singularizar, a nuestras pretensiones taxonómicas que, ¡oh!, casualidad, coinciden con las imposiciones civilizatorias de segmentación y fraccionamiento. Así, existen géneros como el ambient y el house, pasando por el bubblegum dance, el electronic rock, el IDM wonky, entre otros tantos como el breakstep, el vaporwave y el posdisco electropop chillwave. La lista es infinita y ni siquiera los djs la conocen bien. Uno de estos es el psychedelic trance. Oriundo de la isla de Goa en los setenta, se popularizó con el Boom Festival y Burning Man, hasta convertirse en un género ampliamente difundido en Israel, Turquía, Rusia y Argentina. Un observador cualquiera podría decir (sin exagerar) que se caracteriza por lo oscuro y lo misterioso, por una meditación profunda sobre la vida, la muerte y la trascendencia.

Ese observador fui yo hace unos meses en el festival Sister Reality en Saitama, Japón. El lugar quedaba muy lejos de donde me encontraba, así que tuve que hacerme de conocidos que me llevaran. Ya saben: gente que cita a personas como Castaneda o Timothy Leary, que guarda imágenes de Shiva en su billetera, que tienen una novia o novio que hace atrapasueños y pulseras; la tribu (¿urbana?) entre la cual es sumamente raro no fumar porro, o no haber fumado alguna vez. En mi caso, agrego el no menos bizarro hecho de que eran todos japoneses. El lugar, paradisíaco como en todas estas fiestas, fue el monte Jominesan, a pasos de un santuario sintoísta. De la fiesta, recuerdo solo detalles: comida vegetariana, la cabina del dj oculta entre telas fosforescentes, luces verdes que parecían salir de todos lados, los árboles que se movían y escondían a la gente que bailaba. Y claro, la música: Goa Gil, Derango y Megalopsy, entre otros clásicos del psytrance. El evento duraba tres días pero fui solo uno. Ya estoy viejo para tanto agite.

Conozco pocos géneros musicales tan vinculados a prácticas esotéricas o místicas como el psy. Heredero de la contracultura hippie y de la dicotomía entre naturaleza y tecnología, se caracteriza por un regodeo con lo primitivo y lo espiritual; de hecho, su motus es que no se trata de un género, una fiesta o una subcultura, sino de un estado de la mente. Espiritualidad oriental, chamanismo, pachamama, lo que Huxley denominó “las puertas de la percepción” y otras formas de religiosidad new age…, todo se mezcla. Al imaginario de la naturaleza, le corresponde incluso el tecnológico: robots, naves espaciales, viajes astrales, aliens, estrellas, supernovas y agujeros negros. La premisa se podría resumir, entonces, en lo siguiente: el psy apela a todo aquello que escapa a los límites de la razón.

Nota mental espiritual: de este género, recomiendo fervientemente escuchar a Hallucinogen y Psychovsky. También a mi amigo Will-O-Wisp, hoy devenido sensación mundial, aunque para mí siempre va a ser mi vecino de Quilmes.

 

Estábamos en que la premisa es alejarse de las cadenas de la razón y no ser como el careta de Ulises con las sirenas. El retumbe constante de los bajos a alta velocidad (en promedio, a 150 bpm, pero incluso llegan hasta 300) se asemeja a rituales de tribus antiguas y parece sincronizarse con las ondas neuronales del sistema nervioso central. Así, se logra un efecto de ensueño, sonambulismo, meditación o de escasez del ego. Los psiconautas a veces utilizan sustancias psicoactivas que permiten alcanzar estados profundos, por lo menos distintos, de conciencia. Los racionalistas van a explicar esto kantianamente y van a citar una infinidad de libros y de investigaciones que explican los efectos de las tripaminas como el DMT, el LSD o la psilocibina, o de las finiletilaminas como el MDMA o el 2-CB; van a afirmar que aumentan el flujo de información y el intercambio entre los hemisferios del cerebro, lo que se traduce en un sentimiento de plenitud y en una estimulación de las motivaciones básicas. Los moralistas y ciceronianos lo resumirían en “esa mierda te quema la cabeza”.                                  

¿Pero a quién le puede importar estas cosas? Son conocimientos y preceptos morales que fueron pensados (también) dentro el núcleo de ese sistema opresor que es la civilización.

Me detengo en uno de estos libros, El camino a Eleusis, precisamente porque sus hipótesis no han sido comprobadas aún (todos sabemos que lo incomprobable, al igual que lo erótico, es miles de veces mejor que la pornografía científica y académica). Fue escrito por Robert Wasson y Albert Hoffman, quien sintetizó por primera vez el LSD. Según ellos, en los ritos de iniciación al culto de las diosas Deméter y Perséfone que se celebraban en Eleusis, cerca de Atenas, momentos en los cuales los concurrentes sucumbían a placeres desenfrenados y báquicos de toda índole, el brebaje predilecto no era el vino, como siempre se creyó, sino una mezcla a base de trigo y de cebada. Estos dos granos son proclives a ser parasitados por el hongo claviceps purpurea, de cuyo cornezuelo es posible aislar el ácido D-lisérgico, un precursor del LSD. La hipótesis de Hoffman y Wasson propone una nueva concepción de los ritos griegos de la antigüedad y, por lo tanto, de su filosofía, además de desestabilizar la simbología que luego le impuso el cristianismo a su bebida sagrada. Me gusta este libro por hacerme pensar que, cuando forjaron los pilares de la filosofía, los antiguos griegos estaban bajo el efecto de, básicamente, una pepa, quizás una doble-gota traída de Amsterdam, vaya uno a saber.

Pero bueno, el LSD es ilegal y el vino no, aunque éste sea infinitamente más nocivo y tóxico. El problema residiría en los niveles de liberación que genera el segundo y no así el primero; en una suerte de temor humano al refrán: “que viva la pepa”. Porque el chupi te permite ir a la oficina, al colegio, a la facultad (ya como alumno o docente); te deja pasar un momento en familia y ver el último capítulo de tu serie favorita. Pero con la pepa…, dale, intentá meterte en el subte. Mejor la prohibimos. Es un precio lógico para pagar en nombre de ese engranaje omnipresente e inescapable del mundo moderno: la sociedad civilizada. Y ojo, porque pasa también fumado. Así que prohibamos eso también, aunque esté comprobado que sirve para tratamientos de epilepsia y quizás hasta contra el cáncer.

Nietzsche nos dijo que Dios había muerto. Pero hoy tenemos un papa rock-star y la gente es más devota que nunca. Y la iglesia es solo un ejemplo. Vuelven a tomar fuerza otras formas de la ley y del orden: la prohibición, la segregación, la mano dura y el nacionalismo. En lo que no se equivocó Nietzsche fue en afirmar que al ser humano lo caracteriza una dualidad entre la razón y los impulsos, una ambivalencia entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Antes que él, los románticos alemanes y Coleridge y De Quincey, dijeron que un escape momentáneo de la conciencia y una liberación de los instintos son acciones necesarias en el marco de la racionalidad y la convención. Todos estos se daban con salvia, hachís, láudano y opio, antes que los hippies, que los beatniks, que las líneas-de-fuga y que el Pity Álvarez. Pero de todo viaje (en movimiento o mental) hay que volver. Y es entonces cuando tenemos que usar la cabeza. A veces veo a la gente que le pone seis cucharadas de azúcar al café antes de entrar a una oficina a apretar un teclado por ocho horas y se me ocurre pensar qué impulso oscuro, secreto o diabólico está a punto de despertárseles. De ese viaje, ¿cuándo piensan volver?


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