Existe mucho debate acerca de qué es la educación y cómo debería ser. No podemos llamar educación a cualquier cosa ni catalogar cualquier adquisición de conocimiento como algo educativo. Hay conocimientos, experiencias e ideas que transmiten valores negativos o indeseables a nuestro entender actual, basado en la moralidad, que al ser dinámica y cambiante, exige que la educación sea acorde a lo más puro que tenemos, lo más noble y lo más razonable.

De esta manera, por ejemplo, se ha dejado de educar por medio del castigo físico y también se prohibió la realización de la vivisección en las escuelas, se dejó de enseñar desde una perspectiva racista o machista. Todo esto pasó y ya no es posible volver atrás, hoy nos es dificil imaginar cómo antes se enseñaba en la escuela que la mujer tiene que lavar los platos y el hombre jugar a la pelota o cómo se enseñaba a adorar a los jefes políticos del momento.

Creemos que los derechos de los animales son una materia pendiente en la educación formal, pero no es solamente en la escuela donde el estado tiene que garantizar la buena educación, sino también en todas sus instituciones, especialmente en aquellas pensadas para la recreación de la familia, y es sobre lo que vamos a hablar en esta nota: ¿Son educativos los Zoológicos?

No es ningún misterio que los animales no la pasan bien encerrados y que sufren fuera de su hábitat natural. Aun si nacen en cautiverio, su naturaleza física y psíquica demandan mayor espacio, mayor interacción con otros elementos de un entorno silvestre y de sus pares del que cualquier zoológico del mundo les puede dar. Un animal silvestre que no sufre en cautiverio es un animal que ya sufrió tanto que está desnaturalizado, enfermo irremediablemente, y esa es, generalmente, la clase de animales que pretende mostrarnos un zoológico. Lo perverso detrás de este planteo, donde la exhibición de animales se escuda en que “a ellos, no les hace peor”, es que a esos mismos animales se los reproduce para que sus crías sufran la misma suerte. Al mismo tiempo, se pretende educar desde la exhibición de animales enfermos y alienados, cuyo sufrimiento probablemente podría ser reducido sui fueran trasladados a espacios más amplios y naturales o ampliados sus recintos y retirados de la exhibición.

Causar sufrimiento a los animales no es cosa de la buena educación, tampoco lo es ser o hacer partícipe a la sociedad del maltrato a los animales. Conocer la fauna silvestre no debería venir con ese precio por una cuestión moral y siguiendo el principio de que el fin no justifica los medios. Podríamos conocer los pueblos originarios que estudiamos capturando a sus representantes y teniéndolos en el sótano de la escuela, podríamos matar a una persona para mostrar cómo funciona el aparato digestivo, podríamos enseñar a los chicos a abrir ratas, ranas o perros, pero no debemos.

Hemos encontrado la manera de conocer de otra manera, tenemos capacidad de imaginación, de comunicación y tenemos a nuestro servicio tanto conocimiento y tecnología que “conocer” se ha vuelto más fácil que nunca, pero no todo tiene que ser digital o teórico. En las últimas décadas, se ha avanzado mucho en la valorización de la naturaleza local que es mucho más importante que cualquier observación de fauna exótica cautiva. Las reservas naturales urbanas proporcionan una posibilidad de acercamiento a lo silvestre que incentiva la curiosidad y promueve una forma más consciente de relación con la naturaleza en su conjunto. En lugar del mensaje vacío de los zoológicos, que solo nos deja con “este animal raro vive en esta parte del mundo”, las reservas naturales permiten una experiencia plena y real que respeta a los animales y su hábitat.

Aún continúa arraigada la creencia de que antes los zoológicos eran necesarios, pero perdieron su importancia con la llegada de la televisión y de Internet. No es así. Si miramos de qué manera se destruyó la naturaleza local, debido al criterio de que en América los animales son feos e inútiles, que son una plaga, que las plantas de aquí no sirven, que los árboles tienen espinas y que los “verdaderos” animales son los que nos muestran los zoológicos, que las plantas que “sí sirven” son las europeas, nos damos cuenta de cómo los zoológicos contribuyeron, y siguen contribuyendo, a la alienación de la población y su desconexión con la naturaleza local.

Con el lema de “los chicos tienen que conocer a los elefantes”, se trajeron cientas de especies foráneas a estas tierras, se puso el foco en la grandeza y la estética de las jirafas y de los leones mientras que a la vuelta (sí, a la vuelta) estaban matando a los últimos yaguaretés de Buenos Aires y talando los últimos bosques de coronillo. Mientras que la gente se recreaba en los jardines zoológicos y botánicos, disfrutando de las especies más raras del mundo, la naturaleza a su alrededor estaba siendo aniquilada, los arroyos entubados, los ríos contaminados y no es que esas instituciones por sí solas fueran culpables de la destrucción, pero colaboraron ideológicamente para que la educación popular refuerce el desprecio por la naturaleza argentina. Debido a esto, hablar de que los zoológicos hayan sido necesarios en algún momento es un error, en todo caso eran un entretenimiento importante en un momento histórico en el cual las opciones de recreación no eran muchas, pero fueron y siguen siendo un monumento a la crueldad y a la mala educación, pero recién ahora nos estamos dando cuenta de ello como sociedad.

Frente a la demanda social, el Estado está tomando medidas para acualizar los zoológicos, pero hasta ahora lo que hemos visto son cambios superficiales que no detienen la mala educación, solo la enmascaran. Particularmente en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el Zoológico continúa exhibiendo animales, y es este su principal atractivo, a pesar de los anuncios fraudulentos y las promesas de transformación. Sinceramente nadie va al zoológico a recibir educación ni a informarse, es un lugar de entretenimiento, de paseo y de recreación. La intención educativa y más aun la “conservacionista” fueron manotazos de ahogado, cuando estos centros de cautiverio empezaron a sentir la presión de la sociedad. Los zoológicos siempre generaron información y educación ─relevante o no─ puertas adentro, para los estudiantes y los empleados, para los veterinarios y los científicos, no para la población general que lo único que se lleva del lugar son imágenes de animales bonitos y divertidos, encerrados allí para su goce. Cierto es que la visita al zoológico despertó el interés de muchos para conocer la fauna silvestre, pero hoy sabemos que el contacto directo con la naturaleza que proporciona una reserva es igualmente inspirador y, en todo caso, la pregunta es cómo acercar a las personas a esas experiencias en vez de continuar con prácticas inmorales. Hay experiencias que hoy consideramos inapropiadas, como abrir una rata viva, que pudieron haber inspirado a alguien a ser médico o zoólogo en el pasado. No vamos a volver en el tiempo para conseguir más inspiración, el fin de los zoológicos es inevitable, dentro de algunos años será lección aprendida, pero mientras tanto es nuestro deber acelerar ese proceso lo más que podamos por el bien de los animales y el fin de la mala educación. 


Puede descargar El zoo no educa - Andén 87 en formato .pdf