A principios de la década de los noventa, la banda norteamericana Guns N’ Roses promocionaba su disco Use for ilution con un curioso merchandising: la cara de Jesús de Nazaret junto a la frase Kill your idols (mata a tus ídolos). Si bien Durkheim postulaba que sin ellos no hay sociedad, la idiosincrasia nacional tiende a ir por esos rumbos toda vez que desde hace más de medio siglo no hacemos más que bajar del pedestal a toda figura, institución o rol político que otrora fungió de salvadora de la patria. La historiografía cascoteó las leyendas que constituían los próceres nacionales. Luego acabamos con el mito de las fuerzas armadas como reservorio moral patria. Más tarde, los jueces, la política partidaria, la iglesia, el periodismo. Hoy, los docentes. Nos encanta ver al ídolo de ayer caído por nuestra pedrada. Por eso tenemos una malsana fascinación con los cadáveres: los literales (Moreno, Perón, Eva, Aramburu, Rosas, Néstor) y los simbólicos (Maradona, Charly, Monzón, Menem). No somos capaces de convivir con lo que alguna vez amamos. En un movimiento continuo de acción y reacción, deificamos y condenamos al averno. No es que algunos de los portadores de esa prosapia no se lo merezcan, sino que es curioso que nuestras dinámicas sociales busquen de un modo u otro horadar las bases del prestigio de aquello que en algún momento nos ha guiado.

Tal vez por eso la gestión de la cultura y lo que entendemos por ella haya sido siempre un tema polémico, de baja cilindrada. Hemos construido entidades de la cultura, espacios físicos de la cultura nacional bajo lineamientos europeizantes y clasistas, incapaces de incluir en su matriz lo nativo popular y dar cuenta de las etnicidades que nos conforman y las identidades que nos atraviesan. Por eso esas entidades y espacios son ámbitos de confusión que dan una, y solo una, visión de lo que ha sido y lo que es. Se ha gestionado esa confusión con parámetros liberales del siglo XX, es decir, bajo la premisa de que el ciudadano (aséptico de ideología, clase social, historia y género; plano, ideal e inexistente) debe ir hacia los espacios del saber, del conocimiento, del goce estético con la humildad y el temor de quien va hacia la casa de los dioses. Esa idea le mezquina al Estado su obligación de ser el garante de la formación de su pueblo. Ese retaceo lleva a una gestión deficitaria estructural que logra que las políticas públicas no solo sean escasas, sino también inútiles. Una buena idea en un mar de equivocaciones es solo voluntarismo cándido, maquillaje. Por ello, los museos de todo tipo, las bibliotecas, los archivos, las filmotecas siempre se encuentran en un triple peligro. Uno, la falta de fondos que se les destina. Dos, y debido al primero, la baja consideración que el ciudadano promedio les tiene ante la falta de una prestación acorde a sus necesidades y las expectativas generadas. Tres, la presión por desaparecer que ejerce la visión contable que, ante un servicio deficitario o poco extendido o conocido, su primer dictamen es la privatización o el cierre. Es, en el mejor de los casos, la tormenta perfecta.

En un mundo transido por la posmodernidad, se rompen las instituciones clásicas y ya no aglutinan identidad alguna. Internet, como institución lábil (o líquida) es la apoyatura de una identidad del saber fragmentada, sin guía ni autoridad alguna en la que un algoritmo secreto pone en paridad de condiciones la leyenda urbana, la teoría conspiranoica y la pseudociencia con el saber otrora acumulado en museos y bibliotecas. La despersonalización del saber borra, también, el carácter nacional de los conocimientos, sus historias y arraigos. A primera vista, es una reacción contra el abuso autoritario del edificio del saber y del canon. Pero como la primavera árabe, que cambió tiranías ordenadas por masacres caóticas, el cuestionamiento y la rebelión contra los poderes que preservan el saber pone en riesgo no solo la existencia de los objetos que lo constituyen, sino también aquello que significan, que es, en último instancia, el dato de una experiencia común compartida con los que vivieron, viven y vivirán en el mismo espacio en el que reconocemos al “nosotros”.

La mirada ante estas bastillas culturales que parecen ser lentamente tomadas, asesinadas y bastardeadas en su contenido por nuevas experiencias pedagógicas no debería llevarnos hacia una nostalgia por un pasado glorioso ficticio, ni a una esperanza desmedida por las nuevas formas de conocimiento que aún tienen mucho que probar. En todo caso, nuestro esfuerzo debería radicar en cuestionar(nos) el por qué tantos las instituciones centenarias como las nóveles no atinaron ni atinan a llegar a todos cuantos deberían, toda vez que se presumen a sí mismas con un carácter universalista y totalizante.

Los museos, las bibliotecas, las disquerías, los teatros, el panteón de próceres de todo tipo siempre han sido formas de ejercer un poder sobre otros. Destruye a tus ídolos, decían, pero deja su cadáver. Siempre conviene saber de qué está hecho el enemigo y, también, uno mismo.  


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