Durante la primera infancia, no nos hacen demasiadas diferencias. En algunos casos son los abridores de oro los que muestran a los adultos nuestras marcas de género, una vez que las prendas cubren nuestra desnudez primigenia.; Quizás los colores de la ropa o de los muñecos. En esa primera etapa, los juguetes son algo andróginos. El regalo más útil y fácil de hacer a un bebé de meses son los juegos de encastre. Suelen ser coloridos y de “sexo” indistinto y promueven desde temprano el desarrollo de la motricidad. Jugaste con ellos antes de poder agarrar un sándwich con tus propias manos, pero no lo recordás. Mientras insertabas piezas de contornos varios, aprendías, a fuerza de desencajes, que el cono solo entra en el agujero con forma de triángulo y que la silueta con forma de cuadrado solo se deja penetrar por el cubo. También usabas los trompos, los sonajeros, los pequeños gimnasios de cuna, los mordillos y los andandores: todo es indistinto dentro de la primera instancia del desarrollo evolutivo, mientras el individuo aprende a controlar esfínteres. Pero llega el momento de abandonar la pelela y emprender la aventura de los baños separados. Las nenas pronto sabrán que la injusta construcción de sanitarios las obligará a hacer fila. La sociedad se encargará de dotar a todo el género humano de preceptivas claras en relación al cuerpo. En los albores de nuestra construcción de identidad de género, ya contamos con toda una serie de mensajes y signos desparramados a diestra y siniestra. Los juguetes no son la excepción. La tipografía metálica de Tranformers contrasta con los arcoiris rosados de My Little Pony. Mattel no claudica al eterno fucsia de la línea Barbie ni al rojo fuego de los vehículos Hot Wheels. A las chicas les gustan las muñecas de las Princesas Disney. Pero cada tanto –o incluso siempre– tienen muchas ganas de jugar con los muñecos Marvel, los cuales habitan otras góndolas, gracias a la repartición genérica del entretenimiento.  

A veces el juego es ficción del costumbrismo familiar. Entonces aparece la genealogía y el organigrama doméstico. Simples o a radio control, los coches serán una necesidad fundamental en la casa. La pista de autos de cinco pisos, bien valdría adjuntarla a la casa de Barbie, de modo que sea fácil montar el motorhome rosa al estacionamiento. ¡Eso es bárbaro! El juguete de nena se puede “matrimoniar” perfectamente con el juguete de nene. Ahora sí podés tomar prestados algunos “chiches” de tus primos. ¡No tan bárbaro! La tecnología avanzó y aparecieron los videojuegos. Desde las góndolas de “El mundo del juguete”, las niñas que alguna vez fuimos, nos resignamos a la negación del desarrollo de ciertas destrezas cognitivas cuando nos enseñaron que ni el Nintendo ni los Rastris eran para nosotras. En el número 10 de la revista Crisis (julio-agosto de 2012), Amadeo Gandolfo publicó una columna titulada “La belleza del Street Fighter” en donde aborda la irrupción de los videojuegos Indie. Aunque equiparable a una obra de arte, el videojuego funciona. En sus propias palabras, dice Gandolfo: “Se puede hablar de muchos triunfos: en diseño de nivel, en diseño de personajes, en estética general, en narrativa, en mecánica del juego, en elegancia de los comandos, en capacidad de manejo intuitivo”. La riqueza referida es indiscutible. Ya nos distancian décadas desde la invención de las formas más arcaicas de la actual Playstation y, sin embargo, aún se clasifica la virtualidad lúdica, a pesar de que agrega a las capacidades motrices un nivel de fingimiento ficcional capaz de desarrollar la imaginación de cualquier ser humano. Los Rastris eran la versión madura de los encastres. Aun así, una vez que la maduración nos obligó a adoptar nuevas nomenclaturas (tales como “Juegos de construcción”), no hemos logrado que fabricantes y comercios de juguetes generalicen las estrategias de mercadotecnia. Frente a ese árbol de navidad con juguetes catalogados, frente a la puerta de la habitación del hospital con un moño rosa o azul, nos estigmatizaron. Las nenas reciben las miniaturas armadas, los nenes construyen. Las nenas visten o diseñan. Los nenes arman la pista y colocan los vehículos. Las nenas son diseñadoras, los nenes son ingenieros. Por supuesto que la interdisciplinariedad lúdica de la eterna línea “Juliana”, que todo lo hace, desmiente la estigmatización de lo femenino en el seno de las tareas más maternales y hogareñas. Hace más de veinte años que existe “Juliana Doctora”, en tiempos en que las mujeres son mayoría en la Facultad de Medicina. Pero Juliana siempre va a ser Juliana antes que veterinaria o agrimensora. Por eso perdurará la diferencia tipográfica de la célebre valija. Tan es así, que en la adultez acabarán vendiéndonos una marca de Ibuprofeno que, con la misma dosis que cualquier otra caja de 600 miligramos, desarrolla, no obstante, un packaging especial para mujeres con dolores menstruales.  

El problema de las primeras etapas de tu crecimiento es que aún no sos adolescente. Si te dicen que no, probablemente nunca consideren tu pataleo como síntoma de rebeldía sino de capricho. Y eso terminás creyendo vos también. Si te rebelas al punto de vestir lo que no “debés” o de querer los juguetes que no corresponden a lo que dice tu documento, una familia más o menos flexible, progresista y con cierto poder adquisitivo, podría tener en cuenta tus deseos. Pero siempre tendrás que husmear en la otra góndola. Como cantaban Reina Reech y Marcela Paoli en una vieja canción de Reina en Colores: “Quisiera ser las cosas que yo no puedo ser”. O por lo menos eso cantó Pedrito cuando pidió a los Reyes una cocina de juguete.


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