Esteban Bullrich, primer ministro de educación del gobierno de la coalición Cambiemos, dijo en septiembre de 2016 que la función del sistema educativo argentino era la de crear generadores de empleo o, en su defecto: “Crear argentinos que sean capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla”. Es innecesario ahondar en el tinte ideológico detrás de lo que dijo. Bullrich está lejos de ser un pensador penetrante, pero el espíritu de su comentario no es distinto a algo que hace notar Deleuze en su postscriptum sobre las sociedades de control: los políticos hablan de reformar (o cambiar) esto o aquello, pero saben que el mundo tal y como lo conocieron nuestros padres y abuelos está acabado. Gestionan la agonía. La incertidumbre, entonces, habrá de ser nuestra moneda de cambio en los tiempos por venir. ¿No lo es ya? ¿Desde hace cuánto? ¿Cincuenta, sesenta, doscientos años? No quedan certezas ni saberes inamovibles, esos resabios de la modernidad. No quedan, fruto de lo pos y la muerte de los ismos, refugios duraderos en los cuales cobijarnos con seguridad de la intemperie del cambio, aquel que no suele tenernos en cuenta.

De más está decirlo: nunca antes en la historia de la humanidad se dieron transformaciones tan profundas en tan corto plazo. La vieja tensión que enfrentó en la historia del pensamiento a Parménides con Heráclito se hace carne en cada una de nuestras actividades cotidianas. Quienes promediamos con holgura la treintena hemos vistos más cambios que varias generaciones de nuestros ancestros y entramos al futuro, a diferencia de ellos, no solo con más preguntas, sino con lenguajes obsoletos para pensar lo que se viene. Una muestra es la irrupción necesaria y violenta del debate feminista que nos indica que las formas en las que pensamos las relaciones sociales de género son deficitarias a la hora de pensar cómo se plasma en nuestro trabajo, en nuestros barrios y escuelas la concepción de lo humano en un marco de opresiones de toda laya. Otra es aquella que nos hace reconsiderar los inicios y el final de la vida en un horizonte técnico en los que el aborto y la llamada muerte digna nos permiten decidir y tomar, en parte, el control sobre lo que antaño fueron los hitos de la experiencia humana sobre el mundo. Hablamos sobre el pasaje de un estado a otro de lo real, ya sea social, tecnológico, espiritual o artístico más allá de las palabras y discursos que lo mentan. Hablamos sobre el valor que le damos al concepto de transformación y cuánto depositamos de nuestras esperanzas y odios en aquello que deja de ser de un modo y pasa a ser de otro. Porque sea cual fuere el signo que le otorguemos, la transformación ocurre frente a nuestros ojos. Los modos en los que nos relacionamos, nos vinculamos, la abrazamos o combatimos son nuestras formas sociales o privadas de gestionar la angustia que nos produce, son las herramientas con las que gestionamos el malestar en la cultura, la incomodidad ante la liquidez.

El cambio y la permanencia nos atraviesan. Basta detenerse en los discursos sociales que circulan por medios y redes: “No cambien nunca”, “Siempre hace lo mismo”, “No cambian más”, “Tal o cual deberían ser eternos”, “Hay que dejar atrás el pasado”, “Cambiar es bueno”, “Mañana es mejor”. Incluso si miramos con detenimiento, podemos observar valoraciones semejantes para ambos conceptos en un mismo enunciador. El pensamiento de derecha suele ser proclive a esas contradicciones, quiere, desea, exige cambiar para reproducir una suerte de restauración de lo tradicional. Dos valores que se oponen. Un paciente afectado por una psicopatía severa no podría hacerlo mejor.

No se puede evitar la transformación, el cambio. Intentarlo es antivital, vano. Pero no todo cambio es positivo, y reconocerlo es un signo de sabiduría y experiencia. Baruj Spinoza hablaba del conatus, un impulso que aumenta la potencia de existir; a veces hacemos cosas que lo acrecientan y otras que lo disminuyen. Cambiar para tener menos no parece ser un negocio muy redituable; y esforzarse en transformaciones arduas que demoran sus frutos tampoco, por más zen que sean nuestros anhelos.

Por eso la transformación social o personal no puede ser forzada, como intenta el macrismo más inepto, o declamada, como lo hacía el kirchnerismo más inocente. La transformación, en cualquier esfera de la vida, por más deseada o necesaria que nos resulte, responde a una voluntad que se construye en el reconocimiento de sus propios tiempos y limitaciones. Pues ya lo decían los antiguos: hay un tiempo para cada cosa bajo el sol. Y nosotros agregamos: no cambia quien finge cambios, sino quien puede cambiar.


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