En un ejercicio de absoluta irresponsabilidad, de un reduccionismo incluso antipedagógico, podría decirse que los grandes, y por qué no, los únicos temas del pensamiento racional del último siglo han sido el sujeto, el objeto y el tiempo. Para ser más irresponsable aun, podríamos decir que nos hemos interesado en un “algo” (sujeto, objeto, individuo, ser, cosa, etc.) que discurre, que está, que se queda, que deja de estar en un “tiempo” (historia, espacio, memoria, imaginación, lugar, etc.). Estas palabras: sujeto, objeto y tiempo pueden entremezclarse, superponerse, oponerse, unirse, anularse,  hasta el infinito (la tinta filosófica aguanta y ha aguantado todo o casi todo).

A partir de esta, quizás, absurda simplificación el ser ha intentado pensar todo. Desde el universo como una totalidad, hasta el átomo −al cual nadie ha visto−. Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. El principio más fundamental de la lógica, que es la única que nos habilita a un pensamiento adecuado, es que “A es igual a A y distinto de B”. Esto será mi único aporte estrictamente científico en este escrito. Pero no obstante se intentará decir con la mayor claridad y simpleza posibles: hemos pensado todo mal. O al menos así nos lo hace sentir Simondon. Ese “algo” era otra cosa y lo mismo al mismo tiempo.

Pensar es estar atento al devenir, para el cual no hay imagen. El pensamiento debe ser fiel a ese devenir y captar el movimiento no de modo objetivo, para decir la verdad de lo que ocurre, sino como simple participación en lo que el mundo es, y no en lo que queremos que sea. Y esto no debe entenderse como un dejarse fluir, sino todo lo contrario, como aquello que funde pensamiento y acción. Colocarse afuera del devenir para describirlo es perder lo único característico del devenir que merece ser descripto

El prólogo de Pablo Esteban Juárez al libro La Individuación de Gilbert Simondon, nos cachetea liso y llano: “He aquí un libro a partir del cual hay que pensar todo de nuevo”. Y creo que no exagera. Intentaré, no desarrollar todo el libro de la individuación, pero sí dos conceptos clave para poder, en caso de entenderlos, acercarse al libro y empezar a pensar todo de nuevo. Dichos conceptos son Individuación y Transducción.

Simondon lo comprueba matemáticamente y físicamente, si es usted de esos que necesitan de los números primero para que la verdad sea después, puede ahorrarse mi síntesis e ir a la fuente, de hecho es lo más aconsejable. Yo no. Yo (si es que puedo decir que exista “yo” tal como usted y tantos pensamos) soy más de la intuición, de que siento que hemos estado pensando muy mal. Que las reflexiones han sido hermosas y valederas, pero siempre incompletas, falibles. Hacemos agua por todos lados, y quizás es lo que nos lleva a seguir pensando todo. Pero también todo lo contrario.

Nuestro autor en cuestión no cree que haya “un sujeto” o “un objeto”. Digamos por ahora que hay individuos. Pero aún más: no hay individuos, hay individuación.

La concepción de ser sobre la que descansa la individuación es la siguiente: el ser no posee una unidad de identidad, que es la del estado estable en el cual ninguna transformación es posible; el ser posee una unidad transductiva; es decir que puede desfasarse en relación consigo mismo, desbordarse él mismo de un lado y del otro de su centro (…) el ser es más que unidad y más que identidad.

Entonces si el ser es más que unidad e identidad, la manera en que lo pensamos se está quedando corta. Estamos menguando la cosa porque nos queda cómodo, rudimentariamente hacemos ciencia con palitos y piedras, para tocar el universo y la simbología esotérica de esa religiosidad matemática, incuestionable, inefable, siempre insuficiente. Por ello:

el principio de tercero excluido y de identidad ya no se aplican; esos principios se aplican al ser individuado y definen un ser empobrecido, separado en medio e individuo; no se aplican a todo el ser, es decir al conjunto posteriormente formado por el individuo y el medio, sino solamente a aquello que del ser preidividual se ha vuelto individuo. En este sentido, la lógica clásica no puede ser empleada para pensar la individuación, pues ella obliga a pensar la operación de individuación en conceptos y relaciones entre conceptos que sólo se aplican a los resultados de la operación de individuación, considerados de manera parcial.

Un cristal que, a partir de un germen muy pequeño, se agranda y extiende según todas las direcciones en su aguamadre proporciona la imagen más simple de la operación transductiva, otro ejemplo sería el coral. Pero aun estos ejemplos son solo un pantallazo de nuestra siempre simplificadora lógica de la definición de un objeto como una cosa cerrada y por ende la negación de cualquier otra cosa en el mundo, igualmente cerrada, definida, nombrada.

La transducción deberá ser entendida, entonces, como:

Operación física, biológica y mental por la cual una actividad se propaga progresivamente en el interior de un dominio, fundado esta propagación sobre una estructuración del dominio operada aquí y allá: cada región de estructura constituida sirve de principio de constitución a la región siguiente, de modo que una modificación se extiende así progresivamente al mismo tiempo que dicha operación estructurante.

Y si creemos que es complicado o poco práctico pensar un objeto siendo (individuándose), imaginemos pensar en una metaestabilidad vital o de problemática psíquica, la cual puede avanzar con un paso constantemente variable y extenderse en un dominio de heterogeneidad.

Existe transducción cuando hay actividad que parte de un centro del ser, estructural y funcional, y se extiende en diversas direcciones a partir de ese centro, como si múltiples dimensiones del ser aparecieran alrededor de ese centro; la transducción es aparición correlativa de dimensiones y de estructuras en un ser en estado de tensión preindividual, es decir en un ser que es más que la unidad y más que la identidad y que aún no se ha desfasado en relación consigo mismo en múltiples dimensiones.

Imaginemos una idea que es más que una idea o una imagen que desborda a la misma imagen. Bueno no parece correcto ni cómodo. Pero el pensar y la verdad no deben ser en términos de comodidad o costumbre, ¿o sí?

Entonces si pensamos en ideas fijas, materia y forma, y no en términos de “información” como una cosa que está afectando y está siendo afectada, desbordándose constantemente; pliegue y repliegue de la línea divisoria del límite que dice lo que una cosa es. Y la foto de lo que esté pasando o de la cosa, es simplemente eso, un instante de verdad, tan fugaz, imperfecto, limitado que más bien es otra cosa: una mentira. Las estrellas son por su lejanía, grandilocuentes. Esa estrella que vemos quizás está muerta. Quizás no. Lo que es seguro es que esa estrella que se está individuando allá arriba es lo que vemos y mucho más que eso. Esa estrella es y no es la estrella. “Los ojos son hasta las estrellas” −Bergson−, pero la estrella es hasta aquí y más.

He intentado iniciar o incitar una pequeña transformación en la percepción de las cosas y aun así me quedo corto, porque el sujeto, que piensa y escribe tampoco es lo que pensamos. Como dice Jean Luc Nancy: “No me encuentro, ni me reconozco en el otro: en él y de él experimento la alteridad y la alteración que en mi mismo pone mi singularidad fuera de mí, y le da fin infinitamente. La comunidad es el régimen ontológico singular en el que lo otro y lo mismo son lo semejante, la partición de la identidad”.

Poner un punto final sería una falta de respeto al autor. Y a usted que ahora ya sabe que ni este texto ni el diario que tiene en las manos ni usted mismo están terminados, sino que están siendo…, siendo…, y siendo…


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