Me resulta difícil realizar una retrospectiva sobre la obra de Ishiguro (nobel 2017) pues la mayor parte de sus libros no los he leído; lo que sí puedo y quiero hacer es contar las primeras sensaciones de su libro Nunca me abandones, el cual sí leí y releí en varias ocasiones.

Es una obra –lisa y llana– de terror. La sutileza inteligente de Ishiguro consiste en ir contando las cosas más atroces que la literatura fantástica y terrorífica pueda imaginar, con suavidad, con gentileza sofisticada y amable. En un momento de la novela, nos encontramos esperando que un joven clonado muera en una institución creada para comercializar sus órganos, mientras suelta la mano de una enamorada que ignora la sensación de amar, donde no hay lugar –ni tiempo– para llorar. Es decir, en un gradualismo ameno y gobernable, nos situamos de repente en el espanto. ¿Cómo llegué hasta aquí sin darme cuenta?: sin aterrorizarse. El agua fresca pasa a estar tibia, luego caliente, luego hierve. De un momento al otro está todo cocinado. Y no haga lío, no pinte esa pared, con lo cara que está la pintura.

Su simpleza es muy potente en una sociedad del relato.

Siguiendo con Ishiguro, él mismo encuentra en su discurso, al recibir el premio nobel, una experiencia muy interesante que transcribo para mayor claridad:

En Birkenau, una húmeda tarde, contemplé las ruinas de las cámaras de gas -extrañamente descuidadas y abandonadas-, prácticamente tal como las habían dejado los alemanes después de volarlas y huir del Ejército Rojo. Lo que tenía ante mis ojos no eran más que bloques de cemento destrozados y mojados, expuestos al severo clima polaco, deteriorándose año tras año. Mis anfitriones me explicaron su dilema. ¿Debían protegerse estas ruinas? ¿Debían construirse sobre ellas bóvedas de metacrilato para cubrirlas y preservarlas para que las pudieran ver las siguientes generaciones? ¿O debía dejarse que, poco a poco y de forma natural, se fueran deteriorando hasta desaparecer? Me pareció una poderosa metáfora de un dilema más amplio. ¿Cómo había que preservar estos vestigios? ¿Las cúpulas acristaladas transformarán estas reliquias de la maldad y el sufrimiento en triviales piezas de museo? ¿Qué debemos recordar? ¿Cuándo es mejor olvidar y mirar hacia adelante?

Ishiguro

De manera que con Ishiguro, tenemos dos metáforas sobre la temporalidad que estimo importantes: una, sobre cómo se llega a un presente sin darse cuenta; y otra, de cómo se agencia el pasado para un determinado futuro.

Es, a mi entender, Silvia Schwarzböck quien mejor interpreta estas aporías.

Los Espantos. Estética y posdictadura es un ensayo que piensa junto lo que junto se presenta. Lo que se presenta es la vida dañada de la posdictadura o algo más complejo aún: las palabras, los debates, los libros y las personas que dañadas no terminan de encontrar una redención a la vida de derecha, a la vida del daño. Es un libro sobre la presencia de lo derrotado en todos nosotros, es un libro sobre la ausencia de victorias. “El neoliberalismo, en la medida en que no tiene al bloque comunista como enemigo, produce derecha sin ismo”.

Nos explota en la cara una hipócrita realidad de selfie-espejo. De madrugada que lava dientes, de dentífrico mentiroso. Desde que suena el despertador hay acto y actuación, pero en el teatro fingimos horror. En la calle, imperturbables frente al niño muerto/vivo que limpia vidrios, qué honestidad la pobreza digna. Qué gesto purificador la limosna de ventanilla.  

Si en la dictadura lo clandestino, oculto y secreto era la regularidad, en los noventa se instauró un nuevo régimen de la apariencia: lo explícito.

 Lo que la dictadura instala con victoria disfrazada de derrota es un horizonte vital: la vida de derecha como única vida posible. Efectivamente, el siglo XX se encontró atravesado por esa dialéctica entre vida de izquierda –que en el extremo de la lucha de clases asume la figura del guerrillero, la vida partisana– y vida de derecha –entendida como vida burguesa–, siempre bajo el horizonte del fantasma del comunismo acechando como posibilidad de fundar una vida emancipada. Aunque, al funcionar como presupuesto del lazo social en el horizonte posdictatorial, no termina de ser puesta en cuestión de manera acabada. La lengua política adopta rápidamente un color moral y se “buenifica”, identificando en la dictadura el “mal absoluto” (aunque ese mal es la vida militarizada y la suma de crímenes y atrocidades cometidos por el terrorismo de estado, pero no los intereses económicos que se defendían de ese modo).

Nos dice Schwarzböck que el infinito del Pueblo irrepresentable, portador de la vida verdadera (emancipada), es en nombre del cual se lucha, aunque tal vida es precisamente indefinible. Por su infinitud, el pueblo que se invoca desde la clandestinidad es sublime, pues desborda los sentidos. La agrupación armada imagina al pueblo “con atributos estéticos propiamente modernos, que combinan en una sola imagen la infinitud y la totalidad”.

La política espejada, dicotómica, agrietada, ha sido madre e hija de una sociedad riverboquizada. La principal potencia en los nuevos tiempos es no tener con quien discutir, es pronunciar un discurso al que no se le pueda confrontar nada, o solo pueda confrontarse un silencio o una dislocación, una sinfonía inaudible. Parte del terror es una imposibilidad, el shock es la única posibilidad frente a lo aterrador que no tiene solución, no hay futuro ni pasado: es un presente sin pies ni cabezas.

Una valiosísima crítica al libro Los Espantos es que dice: “Es un libro que no tiene con quien discutir aún”. Un libro que no se entiende. Un libro-susto. Algo similar sucede con algunas expresiones artísticas que escapan a un catálogo o a una curaduría respetuosa, a una museificación petrificante del entendimiento.

La frustración calma la tristeza aceptable, la falta de terror: ya no hay miedo a nada, y eso es un fracaso definitivo e inaudito. No hay tiempo para horrorizarse, solo para dormir y despertar de nuevo en una imposibilidad, una autoesclavitud de la culpabilidad. Pero el terror produce parálisis –y luego impulso de supervivencia–, en un tiempo donde el mayor delito es la quietud. La ineficiencia es peor percibida que la corrupción. La quietud y la poética se han convertido en inhumanas. El horror vuelve por un instante a recordar la importancia de la vida, de las cosas complicadas por lo simple. Y lo hace de una manera estética, corporal, vivencial, estomacal.

El capitalismo es ese Gato simpático y ágil –ojos azules–, que juega con el ratón semimuerto del comunismo. La vida de la derrota después de la derrota, la posderrota.

Pero aun cuando la política sea discordia, separación entre amigos/enemigos, desacuerdo, conflicto, discusión, tiene un momento no político que, mientras amenaza con destruirla, la vuelve compatible con la dimensión numérica –estadística– de la democracia: negociación, verticalidad, internas, cambio de bandos, fuego amigo, asambleas, purgas, enemigos principales y secundarios, amigos principales y secundarios. Por todo lo no político que contiene la política, siempre se la quiere moralizar desde la derecha y sustituirla por asambleas desde la izquierda. Algunos “ismos” militantes de la “despolitización” lejos de ocultar lo no político de la política, hacen lo contrario: la banalizan, la hacen visible y absurda.

Y, por otro lado, la sistematicidad de lo explícito le quita lo terrorífico al terror. La explicitud es siempre más eficaz que la clandestinidad.

Quizás sea espantarse, un buen primer paso.


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