Vivimos una edad del mundo en la que el terror social y sus artífices han cobrado nuevos bríos. No es que antes hubiera desaparecido, como se postuló luego de la caída del muro de Berlín y la consecuente pax norteamericana que, al fin de cuentas, duró menos que un suspiro. Desde que el mundo es mundo, aterrorizar a otros es una herramienta para dominar, para conseguir que los otros den lo que de otro modo no darían. Una herramienta acaso menos sutil que otras, pero herramienta al fin. Una bomba por aquí, un atentado por allá para que algunos se asusten y recuerden que siempre hay disconformes capaces de pasar a mayores, si se les da la oportunidad.

Por supuesto que posturas para interpretar el terrorismo sobran; que es el producto de un par de loquitos; que es la consecuencia de oprimir descarnadamente a un grupo; que es la obra de gente equivocada  ̶siempre de otra religión, de otra ideología, de otro color de piel ̶; que es la excusa que las potencias occidentales utilizan para justificar su intervención en territorios expoliados; que es un dictado de los dioses, cualesquiera sean, y que entonces desoír su mandato es peor que masacrar niños. Al terrorista, qué va, esas disquisiciones, le preocupan poco. Tiene un objetivo y lo cumple. Puede achacársele cierta limitación en sus perspectivas o en las consecuencias de sus actos. Gavrilo Princip, el asesino del archiduque Franz Ferdinand, jamás imaginó que un disparo bien ejecutado podría dar comienzo al corto siglo XX. Sobran, también, las interpretaciones sobre las figuras de esos hombres y mujeres que acaban por convertirse en la comidilla de la historia. ¿Son revolucionarios en su afán de cambiar o torcer un orden imperante? ¿Qué pasa con aquellas figuras que hacen del atentado una profesión arropada de ideología? Gorriarán Merlo, Carlos el chacal, Norma Arrostito, Abimael Guzman, los parapoliciales colombianos, los narcos mexicanos, la triple A, Massera, Pinochet, John Kaczynski, ¿Guevara? ¿Tania? ¿Cuándo se cruza la línea entre la praxis revolucionaria y el asesinato sin sentido? A veces hay que pensarlo mucho, en especial si uno se encuentra entre los damnificados.

Por supuesto que también hay un terror menos espástico, un accionar cotidiano del terror que no busca el sobresalto de la película, sino el desgaste del valor y la entereza. A eso apuntan, por supuesto, los gobiernos de derecha. El relato de la crisis permanente, del ajuste, del achique, del recorte, de las políticas de austeridad; una narrativa constante articulada con los medios corporativos de comunicación tendiente a horadar cualquier indisciplina  ̶laboral, intelectual, creativa ̶. Lo saben los empleados públicos argentinos ya sean los de la agencia de noticias del estado (TELAM) o los del Hospital Posadas. Lo saben los trabajadores de la agricultura familiar, o los que desarrollan políticas de minoridad en contextos de encierro. Hoy tenés trabajo, mañana no se sabe. La incertidumbre laboral y la angustia económica son poderosas balas contra la libertad de acción y pensamiento. Si se le reclama sutileza al terrorismo, he allí su nueva encarnación 2.0: un estado del terror que opera con el mandato de las mayorías democráticas, en clave de una venganza fantasmal que viene a echar justicia sobre los hipotéticos desmanes de un populismo  bárbaro e incivil. Lo saben, a su vez, las mujeres y les disidentes sexuales, sometidos al miedo patente, literal y constante en todo lugar y a cualquier hora.

Por supuesto que no hay terrorismo sin show. El terrorista es un exhibicionista por antonomasia, quiere que su obra sea contemplada, vista, registrada. Habla urbi et orbi, es un pedagogo de la grandilocuencia. Le da igual una bomba, un avión secuestrado o un canal de noticias las 24 horas inyectando miedo al diferente, como en Ruanda, donde los medios agitaron el odio hacia la etnia tutsi y provocaron uno de los genocidios más sanguinarios de los que se tiene memoria.

Por supuesto que el fenómeno terrorista no debe circunscribirse solo al hecho aislado de la explosión en la vía pública. El terrorismo es tentacular, lo invade todo. Lo saben en Palestina y en Siria, en los Estados Unidos y en los comederos del conurbano; en la villa y en la fábrica. La bomba es el síntoma de un cierto tipo de plan que reclama que guardemos silencio, que no usemos un escote pronunciado, que no abortemos, que no cortemos la calle, que no fumemos un porro en la esquina, que respetemos un pacto social que no nos representa, que no nos movamos ni nos juntemos.

Una pintada feminista en las calles de Buenos Aires rezaba: «Les da miedo el feminismo porque creen que vamos a hacer con ellos lo que ellos hicieron con nosotras», esa es una lección que tanto nosotros como los que nos imponen el terror de la angustia deberíamos tener presente. Algún día, más tarde o más temprano, la taba se dará vuelta. Y esa vez, a diferencia del kirchnerismo, no deberíamos  dejar pasar la oportunidad. ¿De qué? La respuesta, por supuesto, es de todos, seamos creativos.

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