Resulta chocante afirmar esto como título, resulta muy frustrante ser docente y afirmarlo, resulta, resulta… Lo que no resultan son los cambios de paradigma en el sistema educativo argentino. Si bien actualmente hay un planeamiento diferente, no logra hacer carne en el campo educativo.

Y si algo enseña nuestra experiencia como pueblo, es que sin el pueblo conmovido nada llega a buen puerto. Entonces: ¿Cómo plantearse cambios de paradigma significativos si el pueblo educativo no los acompaña?

Mitos de los cambios significativos
Un mapeo histórico del sistema educativo argentino nos da un primer momento, una hegemonía educativa a cargo de la Iglesia, arrastrando un modelo fecundante de esto de civilización y ámbito civilizante; una educación, como garantía de una sociedad en vías de desarrollo de una pequeña Europa culturalmente hablando.

El punto de corte fue la Ley 1420, en julio de 1884. Educación común, gratuita y obligatoria que posiciona a un Estado Nación como garante de la educación, con el objetivo de construir la identidad nacional, de unificar la simbología debajo de un esquema englobante de simbologías y simbolismos. Este modelo, este planeamiento funcionó en nuestro país, efectivamente por aproximadamente cien años. Cien años de homogeneizar subjetividades. Ya que esta ley fue engendrada durante la administración gubernamental de nuestra soberanía de manera dependiente a los implantes culturales, morales y sociales.

Párrafo aparte para la educación durante el Estado peronista, como toda política pública del peronismo, durante estos años se nacionalizó la educación. ¿Qué quiero decir con esto? Que partiendo del buen funcionamiento de la Ley de educación obligatoria, gratuita y laica se generaron instancias institucionales que permiten el acceso de todos a posibilidades de profesionalización de su práctica social del trabajo. Con el sentido de darle al planeamiento educativo nacional un sesgo nacional y popular. Nacional, porque fortalecía los conceptos de identidad soberana como país insertado en el mundo; y popular, porque fomentaba el acceso a toda la clase trabajadora, que antes quedaba descartada del sistema educativo argentino. Además, se creó el Ministerio de Educación como punto de consolidación de un estado comprometido con la educación de corte nacional.

El siguiente paso en el camino a la educación que tenemos hoy fue la modificación de la Ley 1420 por la Ley Federal de Educación Nº 24.195, sancionada en 1993; que en materia de políticas públicas nos dejó un ministerio sin escuelas, ya que trasladó las responsabilidades del Estado Nacional a las provincias. Sin embargo, el diseño curricular (previsiones del Estado/gobierno en materia educativa) quedó a cargo de un Ministerio sin injerencia real en las escuelas. Esto provocó una libre interpretación, llevada adelante por muchos cargos intermedios, de dichas previsiones educativas. Y devino en la mala utilización de esta hoja de ruta y, por lo tanto, resultados bastantes complejos.

Se podría afirmar que este cambio fue en concordancia con una individualización de la forma de enseñanza y aprendizaje. ¿Por qué? Porque si por cien años el Estado / Nación argentino tenía diagramado qué contenidos se enseñaban y cómo se enseñaba. A partir de esta ley, todo cambia, nuevas subjetividades retozan y múltiples interpretaciones aparecian, poco se concretaba.

El sistema, entendido desde el análisis de Althusser, como un aparato ideológico, con este fraccionamiento de responsabilidades comenzaba a fallar. A fallar en sentido de no encontrar los mismos resultados de adoctrinamiento pedagógico que efectivamente funcionó durante los años de la Ley 1420.

Y así, rápidamente, llegamos al modelo actual, un planeamiento educativo de corte emancipador que plantea muchas instancias de pensamiento crítico donde la construcción del saber es generada en un ámbito de equidad y andamiaje en conjunto. Pero con un grave problema: si bien es claro el posicionamiento del Estado por sobre cómo debería funcionar el sistema educativo, este no funciona porque no es una máquina que al cambiarle la programación el producto cambia. Hay muchos factores para despejar y encauzar armoniosamente para que el objetivo sea cumplido, pero poco se ha hecho en la materia despejar y encauzar los motivos que fomentan el fracaso de este sistema.

Mito de la soberanía pedagógica
Si bien estamos hablando de nuestra pedagogía nacional, no hemos hablado de cómo en numerosas materias nuestros compatriotas son escuela internacional de vanguardia, en cómo generar cambios que hagan carne en el pueblo. Estas estrategias no han hecho carne en el planeamiento educativo. Es entonces donde podemos afirmar que no hay un correlato entre el ámbito discursivo de planeamiento y la praxis.

Cuando tuvimos soberanía pedagógica con el objetivo de generar en el pueblo una comunidad organizada; la academia nacional e internacional de doctrina hegemónica y los enemigos del pueblo han disfrazado esta política educativa como un adoctrinamiento fascista. Como se ha dicho en notas anteriores, enmarcar al peronismo en un modelo exterior de pensamiento es ir en contra de la creatividad de ser nacional argentino como tal, es no reconocer que podemos ser vanguardia como pueblo siendo leales a nuestra idiosincrasia y a nuestros procesos naturales de organización.

Esto que se puede ver no solo en los distintos planeamientos educativos, sino en la actualidad ya que las discusiones sobre el sentido de la escuela nunca llegan a tocar la médula necesaria para que hablemos de un éxito y dejemos atrás el fracaso. ¿Cómo es posible que en el siglo XXI encontremos funcionando escuelas con ideología del siglo XIX? Sí, es posible porque hay un planeamiento que así lo quiere, no por nada tuvimos proscrito el pensamiento nacional. Y sí, dije ideología y escuela, ya estamos grandes y pasamos muchos fracasos como pueblo como para seguir pensando que la escuela no tiene ideología. Hay que dejar atrás esa negación de la escuela indistinta de ideología para poner en eje real lo importante que tiene que ver con qué tipo de ideología reproduce la escuela argentina de hoy.

Entonces podremos afirmar que la educación emancipadora es un mito porque la proscripción del peronismo así lo planificó. Ya que la mayoría de las teorías que nos encontramos en la academia resuelven exponernos dicotomías doctrinarias de análisis social que poco tienen que ver con el proceso natural del pueblo argentino, es entonces que nuestros profesionales de la educación no hacen carne las previsiones de corte positivas para una mejor educación para todos y todas.

Mitos del rol docente
Durante todas las ideas programáticas sobre educación en nuestro país, los docentes llevaban el título de maestras o maestros, esta situación cambió unos años antes del 2010 dado que ahora los sujetos que adquieren el título de educador son profesores, parece a grandes rasgos una cuestión de títulos. Pero es una cuestión mayor y tiene que ver con concebir cómo se comprende a sí mismo el pueblo educativo.

Por muchos años, más de 150 para tener una idea más formada, los maestros trabajaron en deferencia a los profesores, con menor remuneración y menor prestigio académico, por denominarlo de alguna forma englobante, que si bien, dadas las últimas modificaciones del planeamiento educativo nacional ahora son todos profesores, pero aún se reproduce ese currículo oculto que impregna en la idiosincrasia del trabajador de la educación primaria el rol de maestro.

También está la problemática de que la representación por sexo de los trabajadores de la educación es particularmente mayoritaria en el sexo femenino, teniendo en cuenta todos los roles que se les han impuesto a las “señoritas maestras”, esta situación no hace más que favorecer las inequidades ya que cuando un hombre dedica su vida al trabajo educativo automáticamente recibe el prestigioso título de profesor. ¿A qué refiere esto? Desde que se creó el rol institucionalizado por el estado de la maestra, han habido regulaciones de comportamiento institucional, social y doctrinario para con las mujeres que ejercen dicha profesión, pero para los hombres no ha sido igual ya que ellos fueron posicionados simbólicamente en el ámbito académico por encima de la mujer. Estas cuestiones que sí son carne en cada una de las escuelas de nuestra patria son inequidades que responden a un modelo social extranjerizante. Ya que cuando la doctrina argentina de pensamiento nacional ha tenido las riendas del ordenamiento educativo, estas reproducciones de desigualdad no estaban en escena, y era la organización sindical desde la igualdad de oportunidades el principal motor del rol de los trabajadores.

Otra expresión de análisis sobre el rol docente parte de analizar qué compromiso tienen ellos en el sistema contextualizado por esta nota, entonces encontramos a una parte de los docentes, que conciben su rol como un trabajo entre tantos otros trabajos, es decir, un trabajo que solo se relaciona con un salario, un tiempo estipulado, un esfuerzo, etc. Y, en otra vereda, a aquellos que adhieren a la teoría que expresa que ser docente es ser funcional a la reproducción del orden establecido en el marco de un Estado al servicio de la burguesía, de un aparato opresor que mantiene la dicotomía entre lo hegemónico y lo que resiste en el seno del pueblo. Ambas situaciones, consciente o inconscientemente, tienen como único fin diluir el poder político con el que cuenta cada educador.

Nos queda recuperar al docente argentino, doctrinariamente argentino y hablamos de política no de partidismo. El pensamiento nacional es encarnado por el peronismo, pero el amor a la patria a lo auténtico argentino no tiene partido, entonces si crecimos sabiendo que en las escuelas se hace patria, hagamos patria soberana, sin ideología enlatada en algún otro país vanguardista de la opresión a los pueblos latinoamericanos.

Dejemos de lado el rol impuesto o el rol de sobrellevar las adversidades de un sistema educativo que no funciona. Es momento de construir la comunidad organizada de la educación que reproduzca los valores necesarios para construir un pueblo comprometido con su suelo y los destinos de su país.


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