Las cosas se vuelven transparentes cuando se despojan de su singularidad y se expresan completamente en la dimensión del precio. El dinero, que todo lo hace comparable, suprime cualquier rasgo de lo incomparable, cualquier singularidad de las cosas. La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual, afirma sin problemas Byum Chul Han. Pero el párrafo tiene una moralidad y una esperanza, del estilo “aún no”, aún hay cosas únicas, “todavía estamos tiempo” parecería decir.

En el mismo tono, vamos a llamarle: critico-esperanzador, Marx dice que todo lo que no eres capaz de hacer, tu dinero puede hacerlo por ti. La mercancía no es solo la cosa que se compra, sino una exquisita creación de la teología, una metafísica de la presencia; uno compra esa promesa de lo ausente, la esperanza. Uno compra vacío, el vacío de uno y de la cosa que nada completa: esa es la creación perfecta. Nunca es un simple objeto lo que se consume. Su presencia refleja una trascendencia invisible. Una deidad herética: La Deuda. La (pro)mesa. La ausencia, es irreemplazable, pero porque de alguna manera es inefable e indecible. En la búsqueda de la posesión, en ese aplazamiento indefinido de la definición, de la aprehensión de la cosa, transcurre la vida, una vida en deuda de sí misma. La deuda está en otra parte, parafraseando a Kundera.

El concepto “deuda” debe estipularse claramente: no se debe “algo”, se debe deuda. Y la deuda es deuda con otros. Mientras la teología profética se tranquilice con la posibilidad de “pago total”, de cancelación, de muerte, la deuda será lo único vivo. El deseo es la deuda, se desea la cancelación de deuda. Y se desea deseo, que es lo mismo. Las religiones han funcionado, de la manera más potente con la promesa de paraíso, nacemos con la deuda moral ontológica, la vida trascurre con esa deuda originaria, las obligaciones morales son de pago diario, hasta la bendición final, la utopía de paraíso y cancelación del cheque.

El fin del capitalismo, será el pago total de la deuda total –o no será–. Tanto así, que el “capital” es ausencia de cuerpo, es cápita per cápita, no es acumulación de “algo”, es acumulación de la posibilidad de “algos”.

Hay dos modas en los días que transitamos, una moda es adherir en todo a Byum Chul Han, y la segunda moda es pegarle en todo a Byun Chul Han. Yo, esnobista de profesión, haré las dos cosas y ninguna.

Si la Sociedad que dice Han es de “pura positividad” y sociedad del “sí se puede”, es entonces –necesariamente– un se puede a futuro, es decir un ”aún no puedo, pero podré”. Un podré desplazado indefinidamente es en realidad una deuda. Una negatividad. El siempre “si puedo” es una negación actual de que no estoy pudiendo en este preciso instante. Pasaríamos a ser una Sociedad de Deuda, nacemos con deuda, vivimos en deber-ser, una deuda que pagaremos durante la vida, engañados en un “sí se puede” –quizás–  un si se puede: pagar. Es Sociedad de Pura Negatividad.

Un Deber-ser, pero un Ser (en) deuda, un Deudor Ontológico, debe hacer. El deber con la sociedad, el derecho/obligación. El primer lazo con lo estatal es un sometimiento a los “deberes de la Nación” y a hacer los deberes. El Ser-Deudor se torna pura negatividad y pura falencia en su posibilidad infinitamente aplazada.

Dice Juarróz:

Periódicamente
es necesario pasar lista a las cosas
comprobar otra vez su presencia
Hay que saber si todavía están allí los árboles
si los pájaros y las flores continúan su torneo inverosímil
si las claridades escondidas siguen suministrando la raíz de la luz
si los vecinos del hombre se acuerdan aún del hombre
si dios ha cedido su espacio a un reemplazante
si tu nombre es tu nombre o es ya el mío
si el hombre completó su aprendizaje de verse desde afuera
Y al pasar lista es preciso evitar un engaño
ninguna cosa puede nombrar a otra.
Nada debe reemplazar a lo ausente.

Ahora, ¿habrá algún tipo de relación entre la deuda y su imposibilidad de nombrarla de otra manera?, ¿es deuda en tanto ausencia de referente? Quizás sea Dios ese acreedor eterno, “in God we trust”. En el trust norteamericano hay una confianza en la deuda, la deuda surge de confiar en el otro, es circular y cíclica. Deuda buena, o buenuda. En la descendencia Romana, la deuda, por el contrario, surge de la desconfianza. El contrato es escrito porque sabemos que la regla es el incumplimiento de la palabra. Pero más allá –y más acá– de los orígenes, la deuda no finaliza, es como la masa madre que se mantiene alimentándose, pudriéndose vivazmente, revitalizándose, autodeglutiéndose –similar a Gea–, ampliándose mientras se/nos devora. Reviviendo mientras agoniza (como Andén).

Podríamos hacer una analogía con el concepto de “mutación simbólica”, en el cual, Claude Lefort se refiere a un cambio en el estatuto del poder. El poder aparece en adelante como un lugar vacío, al igual que la deuda, o un lugar en otro lugar. Muchas veces se tiende a malinterpretar esta expresión, en el sentido de que se la confunde como “vacío de poder”. Nada más lejos de lo que Lefort quería decir. El lugar del poder es, en su concepción, aquel que garantiza la unidad de lo social y la necesaria instancia simbólica por medio de la cual una sociedad se debe representar a sí misma. El poder como un lugar vacío significa, simplemente, que no puede ser apropiado ni encarnado por nadie.

El poder carece de fundamento porque no tiene referencia trascendente ni unidad del pueblo en la que apoyarse. La sociedad democrática es una sociedad dividida y esta división es constitutiva de la unidad.

Sigue Lefort:

A falta de la imagen de la armonía, ¿qué les queda, de no ser la idea de que las relaciones sociales se definen en lo más profundo, bajo los imperativos de la economía? Así, la institución del mercado, parece constituir para el liberalismo una infraestructura sobre la cual se fundan las instituciones sociales y políticas. A este respecto comparte una ilusión, que a pesar de estar, aparentemente en el extremo opuesto del marxismo, no deja de ser gemela.

Yo no le debo nada a nadie aparece como el más potente apotegma de libertad política en la construcción de relaciones. El poder lo tiene a quién se le debe –o se cree que se le debe–, el acreedor es un acreedor de libertad.


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