“Puse el pequeño fragmento de vidrio, que chorreaba de sangre, en mi bolsillo y corrí hacia la calle brumosa. Las puertas y las ventanas estaban cerradas, nada se movía. Sentí que me había tragado una gigantesca criatura; que yo estaba dando vueltas y vueltas dentro de su estómago, como el héroe de ese cuento de hadas”.
Resulta que una vez les mencioné a mis alumnos de quinto esta novela, que considero lleva en su título la mejor imagen cromática que jamás tuve la posibilidad de percibir. Una alumna la anotó y unos meses más tarde me dijo que la había leído, que le encantó y algunas cuantas cosas más. Me puse contento y supongo que fue uno de los mayores (y únicos) logros de mi carrera docente. Claro, la novela trata sobre drogas inyectables, orgías interraciales y violencia extrema. Pero bueno, la lectura por sobre todas las cosas, ¿no? Y aunque siempre me resistí a hacer esto, hoy quisiera escribir una breve reseña sobre esta novela, con la esperanza de que también a ustedes les interese.
Ryu Murakami (no Haruki Murakami, ese es otro) debutó con Azul casi transparente en 1976, unos pocos años después de que en Japón, quiero decir, de que también en Japón, surgiera un masivo, ilusionante y ulteriormente fracasado movimiento de estudiantes. El contexto mundial era el del hipismo, los viajes psicodélicos y las paranoias de la Guerra Fría. Murakami supo adaptar este conglomerado de significantes a su propio país. Plagó su novela de referencias al rock de los sesenta y la ambientó en alguna ciudad de Japón en la que hay bases militares estadounidenses (recordemos que, después de la Segunda Guerra, el país no posee sino un limitadísimo ejército propio, por lo cual depende de las fuerzas armadas de Estados Unidos). Hizo de la droga un tema y, por eso, se opone a los grandes y laureados escritores japoneses de las décadas anteriores: a Yasunari Kawabata, a Yukio Mishima, a los que escribían sobre geishas, samuráis y demás japonerías.
Por otro lado, a diferencia de los personajes rebeldes que gestó la Generación Beat o los demás escritores-faloperos de la época, al protagonista de Azul (también llamado Ryu) lo caracteriza la apatía. Es un joven bisexual en su acción y asexual en su psicología, un joven que disfruta de las orgías en las que participa tanto como hablar sobre insectos. Quizás no disfruta ninguna de las dos cosas. Posiblemente no disfrute de nada. Pero esta interpretación se la dejo al lector. Basta con repetir las palabras de Lilly, su mejor amiga y prostituta predilecta de los soldados estadounidenses para quienes organizan orgías: “Ryu, sos un tipo raro, me das lástima; hasta cuando cerrás los ojos tratás de ver cosas flotando”. La escena continúa con ellos dos tomando unas cápsulas de mezcalina.
No esperen una trama. En cambio, la novela presenta un caleidoscopio de personajes inmersos dentro de un mundo de adicciones, alucinación, ataques de pánico y un sinfín de posiciones sexuales. La primera parte es la más caótica y abunda en descripciones de vómitos, semen, comida podrida y los antes mencionados insectos. En la segunda parte, las descripciones parecen concentrarse más bien en los variados colores que emergen de los cuerpos de estos últimos antes de morir. Lo que separa a estas dos partes es la salida de los jóvenes orgiásticos al mundo exterior. En lugar de vomitar y de manosearse en cuartos y espacios cerrados, ahora lo hacen en el tren y en otros lugares de la ciudad. La interacción con la sociedad es casi nula; se limita a los momentos en que asustan a los chicos que van al colegio o cuando escapan de los guardias de una estación.
Hay una escena en que se enfrentan a la policía: tres uniformados vienen a pedirles que bajen el volumen de la música. Luego de tratarlos de “degenerados”, los policías se marchan, agregando que no es de buen ciudadano andar ventilado lo que uno hace, que si se quieren drogar y coger hasta el hartazgo, que lo hagan, pero a puertas cerradas. Es la voz del estado, de la sociedad, que viene a reprocharles que sean unos reventados. Pero bueno, tampoco podemos culpar a la voz de la moral. Un grupo de jóvenes drogados en el económicamente milagroso Japón de los setenta… Nadie podría tenerles lástima, menos aún sentirnos cercanos a ellos. Ni siquiera es lo que ellos mismos se proponen. Solo nos queda observarlos a través de un narrador sumamente frío y antisentimental, que quizás deja percibir alguna huella de nostalgia. Porque esto sí logra la novela a la perfección: dar cuenta del vacío en el que ha caído la juventud de la segunda mitad del siglo XX.
De hecho, el principio de “la juventud está perdida” parece ser el epicentro temático de la novela. En una entrevista que le hicieron recientemente, Murakami habló sobre la influencia negativa que habría tenido en ella el influjo de la cultura americana; también, sobre el vacío de la tradición japonesa por ofrecer una alternativa y sobre la perdida de ideales de la juventud. Cuando le preguntaron cómo imaginaba el futuro de los jóvenes, se limitó a responder: “oscuro”. Una respuesta mucho menos poética que el título de la novela en cuestión. Ni siquiera se explayó en los problemas concretos que enfrentan los jóvenes de Japón hoy en día: la precarización laboral y el envejecimiento demográfico (son ellos quienes pronto deberán sostener el sistema jubilatorio). Mucho menos en una solución. No. Solo “oscuro”. ¿Al final resultó ser un viejo choto que se queja de todo? Es posible.
La traducción literal del título es “Azul, de una trasparencia casi infinita” (o casi eterna). Demasiado barroco para nuestra lengua. En esto los traductores españoles la pegaron; su título mantiene la belleza y la potencia del original, aunque con una siempre necesaria dosis de simpleza. Lamentablemente, la traducción del texto en sí está llena de “pollas”, de “chavales” y de expresiones como “chutar heroína”, que hacen que cualquier lector latinoamericano quiera tirar el libro a la basura. Es lo que hay. Porque si encima seguís indagando, te enterás de que ni siquiera fue traducida directamente del japonés, sino desde inglés. La traducción original es de una tal Nancy Andrew que resulta que abandonó su activismo feminista para dedicarse a ser traductora del canal de televisión NHK. Ahí tenés tu desintegración de ideales. Pero bueno, quedémonos con la Nancy de los setenta.
Gracias por tu traducción, Nancy de los setenta. Dos consideraciones más sobre el título. La primera es un dato que quizás desconozca la mayoría de los lectores occidentales: que el color ao (青) refiere, para los japoneses, a lo que suele denominarse como azul, pero también como verde. Así, la luz de un semáforo y las hojas de los árboles tienen en Japón un color ao. Por otro lado, al igual que nuestro verde, este último hace referencia a la juventud; de hecho, su ideograma se usa con otra de sus lecturas en palabras como seinen 青年, que significa joven, o como seishun 青春, adolescencia. Murakami, sin embargo, eligió titular su novela con la palabraブルー, esto es, la romanización del inglés blue, que también entre los japoneses tiene cierta connotación de tristeza o de melancolía. Había un título anterior: Manteca en el clítoris, pero finalmente quedó descartado por no generar ningún tipo de efecto (?) en el lector.
Segunda consideración: la idea de transparencia me hizo pensar en aquel otro gran título de 1959 que surgió también en el universo de lo trash y que refiere de igual manera a “lo despojado”: El almuerzo desnudo. Murakami, esto hay que aceptarlo, no le llega ni a los talones a Burroughs. Pero su novela es cuanto menos interesante para analizar cómo se tradujo la estética beatnik a Japón. Por su parte, el contenido en sí parece haber sentado un precedente, tanto que le cuestionaron a Bret Easton Ellis, el autor de Menos que cero (1985), una novela que se propone ser trash y que resulta ser pop, si se había basado en Murakami. Nunca dio una respuesta precisa.
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Título: Azul casi transparente (Kagirinaku tomei ni chikai buru) Autor: Ryu Murakami Traducción al español: Jorge G. Berlanga Editorial: Anagrama (1997) Año de Publicación: 1976 Páginas: 144 Precio: $200 Puntaje: 7 de 10 chapetitos

Me re cebé con el título (pero bueno, después de todo, éste es un número sobre el color), así que mejor improviso algo así como una conclusión de lectura. Cuanto menos, Azul casi transparente es un micromundo de drogas, secreciones y sexo desenfrenado, algo que raras veces carece de entretenimiento. Cuanto más, es la prueba de la desintegración del “bello Japón” que tanto el orientalismo occidental como el auto-orientalismo japonés se esforzaron por propagar. Me permito exagerar. Es la confirmación del camino hacia el que avanzamos (o avanzan) las sociedades capitalistas contemporáneas. ¿Demasiado? Seguro. Pero hoy sigue estando de moda hablar sobre el vacío de la existencia y de las drogas como única salida posible. Nunca está de más revisar a quienes lo dijeron antes.

Cierro con otra anécdota. En un karaoke de Shinjuku, obligué a sus dueños a incluir el tema Azul de Cristian Castro en sus listas de reproducción. Lo escucharon y les pareció divertido y extraño, porque para ellos ese color refería a la tristeza y a la melancolía, tal y como dijimos que sucede con blue. Los dueños del karaoke también me contaron que Japón cuenta con un espectro cromático de unos dieciséis azules, entre los cuales está el marino, el cielo, el índigo y el azul rata. Como ven, hay obsesivos por el color en todas las latitudes y cada uno comprende por ellos lo que se le da la gana. Después están los transparentes y los oscuros, esos filtros que borran y confunden todo contenido y todo sentido, que nos recuerdan que el mundo es demasiado complejo y que a veces es mejor mandar todo a la mierda. El azul de esta novela es un ejemplo más de esto último.

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