El miedo y la incertidumbre no se manifiestan de una manera tan lúcida como cuando se intenta cuestionar el porqué de nuestros actos; aunque esto sería irrelevante, sino fuera porque determinan nuestras ambiciones y deseos1. Preferimos proclamar una obediencia a ciegas y colocar en un pedestal el temor a equivocarnos, nos convertimos en una autentica profecía literaria que reivindica al Premio Nobel de Literatura José Saramago, cuando culmina su libro Ensayo sobre la ceguera —somos ciegos que ven. Ciegos que, viendo, no ven—, este fragmento sería la extremaunción de quienes certifican en la obediencia su condena a la sumisión en un mundo de amos. Por eso, esos ciegos que ven representan la mediocridad de un mundo en llamas que ha optado por esconder los extintores.

Ser mediocre es perder la identidad para encajar en la identidad de otro, de ese otro que, por la incapacidad de pensarse así mismo, prefiere representarse en una identidad común sin la capacidad de construir un proyecto de vida propio. El mediocre es obediente, recrea un parasitismo inocente, no cuestiona las narrativas de la historia, y su finalidad es la búsqueda del bienestar y la tranquilidad que impone la novedad, no le interesan las incógnitas y preguntas, prefiere el salvamento de sus ídolos religiosos, políticos o del espectáculo, la seguridad que le brindan los dogmas anacrónicos y la confianza que manifiestan los días sin infortunios. Lo más trágico de nuestro tiempo, como lo diría el famoso tango argentino compuesto en 1934 por Enrique Santos Discépolo, Cambalache: “es lo mismo un burro que un gran profesor […] qué falta de respeto, qué atropello a la razón”.

Los mediocres se aferran a sus sombras, a sus vínculos, no sienten nostalgia cuando recrean dolor y sufrimiento —lo justifican, lo amparan, como parte de su destino—, no entienden la importancia de morir a tiempo como lo explica el escritor colombiano Mario Mendoza en una de las fabulosas historias de su texto La Importancia de Morir a Tiempo, hay que dejarse morir tranquilamente. Es la única forma de renacer, de resucitar convertido en otro. A veces, otra identidad ha estado agazapada en la sombra y al fin le llega el momento de nacer, de salir a la luz.

La mediocridad funge una industria de la estupidización, es decir, sé como los demás son, para poder ser, por eso la mediocridad se enseña, replica y celebra. El mediocre termina siendo insustancial para gran parte de la sociedad, pero también nocivo para otra gran parte. El mediocre legitima decisiones que afectan al cúmulo de individuos que se encuentran luchando contra la angustia que significa pensar por sí mismos, perturba a los que viven en un estado constante de exaltación, los que disfrutan las minucias del momento, esos que aman sin pedir amor a cambio, los que saborean cada experiencia y la convierten en una anécdota, esos que aprecian los rubores de la realidad y cultivan día a día su capacidad de asombro —como lo enuncia el escritor colombiano Alejandro Gaviria en su libro Hoy es Siempre Todavía, citando la historia del escritor estadounidense George Sauders —en muchas ocasiones, la inminencia de la muerte es la que devuelve las ganas de vivir—, esas ganas que los mediocres han perdido, por el mismo miedo a morir en el intento y comprobar el milagro de estar vivos.

La actitud moral del mediocre recae en la obediencia que impone ante la gentileza del hipócrita que edifica su sensacionalismo en los ejemplos pintorescos del cómo vivir dentro del caos social. Y como lo expresó el escritor británico Charles Dickens, en su libro Historia de dos ciudades, publicado en 1859 (aunque parece una descripción sobre el 2021):

Érase el mejor de los tiempos y el más detestable de los tiempos; la época de la sabiduría y la época de la bobería, el período de la fe y el período de la incredulidad, la era de la Luz y la era de las Tinieblas, la primavera de la vida y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos y nada poseíamos, caminábamos en derechura al cielo y rodábamos precipitados al abismo; es una palabra, era tan parecido aquel período al actual.

Salir de la mediocridad requiere hacerse cargo de la propia libertad, ser desobediente ante las disposiciones clericales que sofocan el presente; por eso el mediocre prefiere la comodidad de tomar las decisiones que otros toman por él, antes que encontrarse con la alucinación de la indecisión y la desconfianza que recae ante la impotencia de intentar labrar un destino sin la ayuda de otro.

Las paradojas de la mediocridad nos llevan a pensar, como lo hizo Rubén Darío, en su poema Lo Fatal:

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
y no saber adónde vamos,

¡ni de dónde venimos!…

Immanuel Kant escribió, en su texto de la Filosofía de la historia, que la minoría de edad de los seres humanos no radica en la falta del entendimiento, sino en la decisión y el valor para servirse con independencia […] si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza mi conciencia, un médico que dictamina acerca de mi dieta, no necesitaré enforzarme, si por todo puedo pagar, no tengo la necesidad de pensar…

Estas palabras del filósofo alemán ilustran el temor del mediocre para pensar por sí mismo y librarse del amor a las cadenas —citando las palabras de Zuleta cuando se refiere a las afirmaciones de Fiódor Dostoyevski, en Elogio de la Dificultad.

Los mediocres se sienten satisfechos cuando están abrumados de datos insignificantes, hechos tergiversados y letras de canciones populares. Ray Bradbury recrea en Fahrenheit 451, un pasaje que me hace pensar en los mediocres, planteando que los seres humanos entre más atiborrados de información estén, mayor será la sensación de que piensan y serán felices porque los hechos de esta naturaleza no cambian, es como si vivieran todo el tiempo somnolientos, estimulados sin darse cuenta, como si consumieran soma, esa droga que Aldous Huxley describe en su libro Un Mundo Feliz, esa droga que evita la infelicidad, pero, como diría el llamativo personaje El Salvaje, yo lo retomó haciendo un llamado a todos aquellos que no se adaptan a los privilegios de la mediocridad, a esos desobedientes —son preferibles los inconvenientes, la poesía, el peligro, la libertad, el pecado, en definitiva el derecho a ser infeliz—, porque es así como se deleita el milagro de estar vivos.


Notas
1 El 21 de noviembre de 1980, el pedagogo colombiano Estanislao Zuleta pronunciaba su discurso de aceptación del Doctorado Honoris Causa en psicología por la Universidad del Valle, el cual nombró Elogio de la Dificultad, el cual inicia con una sentencia que puede ser lapidaria cuando se lee con detenimiento y se reflexiona en soledad: “La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad”. Considero que el ensayo de Zuleta es un manifiesto ante la mediocridad, por eso el título de estas vagas palabras que se encuentran a continuación.


Referencias bibliográficas
Bradbury, Ray. (2019). Fahrenheit 451. Bogotá: Penguin Random House Grupo Editorial.
Dickens, Charles. (1984). Historia de dos ciudades. Bogotá: Editorial Oveja Negra.
Gaviria, Alejandro. (2018). Hoy es siempre todavía. La historia de cómo descubrí que el cáncer es como la vida. Bogotá: Editorial Ariel.
Huxley, Aldous. (2017). Un mundo feliz. Bogotá: Negret Books.
Kant, Immanuel. (2004). Filosofía de la historia. Buenos Aires: Terramar Ediciones.
Mendoza, Mario. (2019). La importancia de morir a tiempo. Bogotá: Editorial Planeta.
Rubén Darío. (1966). Antología poética, prólogo y selección por Guillermo de Torre. Buenos Aires: Losada, pp. 181-182.
Saramago, José. (2003). Ensayo sobre la ceguera. Buenos Aires: Editorial Sol90.
Zuleta, Estanislao. (2017). Elogio de la dificultad y otros ensayos. Bogotá: Editorial Ariel.


Referencia musical
Enrique Santos Discépolo. Cambalache. (1934).


Para mi madre (quien me ha enseñado a vivir como si todo fuera un milagro)