They live (1988), la película escrita y dirigida por Carpenter, tiene como centro de su argumento la construcción inconsciente de la obediencia por parte de unos alienígenas que se camuflan en la sociedad y forman parte, en su mayoría, de las clases dirigentes y de los grupos económicos más poderosos. Medios de comunicación, poder político y económico, todo está atravesado por un velo que disimula distintos imperativos (“obedece”, “consume”, “reprodúcete”, etc.) detrás de los elementos cotidianos como publicidades, billetes y revistas. En su película-documental Pervert’s guide to the ideology (2012), Slavoj Zizek explica cómo funciona la ideología. El personaje principal empieza a ser capaz de ver lo que hay detrás de lo que lo rodea una vez que se pone un par de anteojos que encuentra en una caja y que son parte de la estrategia de una resistencia secreta que busca oponerse al régimen de dominio alienígena. Solo cuando los usa es capaz de ver la ideología. Lo llamativo es que llevar puestos los lentes implica un nivel de tensión y sufrimiento. El protagonista debe sacárselos cada tanto porque le generan dolor de cabeza, le cansan la vista. Pero esto no es todo, hay una escena en la que Zizek señala que puede ser más importante, y que es útil para pensar el eje de este ensayo. El protagonista quiere ponerle los lentes a su amigo-colega para que él pueda ver también lo que hay detrás de la parte visible de la sociedad. El colega del protagonista se resiste violentamente al uso de los lentes, tanto que la situación deriva en una pelea en tiempo real excesivamente larga, hasta que logra ponérselos por la fuerza. Eso nos revela, podemos pensar, que hay algo del orden del dolor y del sufrimiento que se manifiesta en el paso de la ilusión que genera la ideología a su exposición de forma groseramente explícita. Eso nos permite deducir otra cosa: no hay obediencia sin un mínimo de placer, de deseo, de disfrute. Hay, en el seguimiento de las órdenes, en la obediencia, una especie de fondo hedonista.

Para entender por qué se obedece, por qué se acepta estar sujeto a un dispositivo de captura que ordena nuestras vidas, que gestiona nuestros deseos, es fundamental entender qué rol cumple el placer y la satisfacción de la obediencia. Las órdenes en sí mismas no son nada, la autoridad y la sumisión total es imposible de sostener por una lógica que tenga como única herramienta el uso de la fuerza y el miedo. En esos casos, suele haber formas de rebeldía que se oponen de manera concreta a esa violencia. Es más fácil rebelarse cuando la división es tan tajante, cuando uno obedece a un “Otro” que es sinónimo de autoridad, casi su hipóstasis. Si el dominio es claro, también lo es la forma de oponerse, los caminos de la resistencia. Sin embargo, con el correr de los siglos, sobre todo en las últimas décadas, los métodos de dominación se han sofisticado, se han vuelto opacos y etéreos, al punto que la explicitud de lo ideológico parece incapaz de impugnar la alianza con el poder que nos somete. Ese conocimiento explícito también es señalado por Zizek, al hablar de la expresión cínica del sujeto de la ideología actual: “Sabemos que lo que hacemos está mal, pero lo hacemos igual”. El vínculo parece excesivamente fuerte, incluso capaz de superar su análisis y su racionalización. Entonces, detrás de eso, hay algo más fuerte. Podemos pensar que ese elemento es, en definitiva, el deseo.

Desconfiar del deseo parece difícil. Podríamos pensar que el deseo, en sí mismo, es un elemento subversivo, pero no necesariamente. Qué deseamos y cómo deseamos son, quizá, los pilares que aun hoy en día sostienen la lógica de la obediencia al sistema, incluso cuando se disfraza de algún tipo de disidencia política. Somos obedientes al deseo que, en principio, parece lo más profundo y personal. Sin embargo, el deseo es resultado de una construcción continua que surge de la interacción con el mundo, que se solidifica y se cristaliza con la repetición de aquello que se manifiesta como “proveedor de placer”, aunque no sea cierto, aunque sea sólo una promesa. No es una novedad. Nuestro deseo de ser mujer o ser hombre, los deseos posibles que corresponden a esas etiquetas, que se nos asignan como prioritarios, son producidos por la industria cultural, el cine, las revistas, las series, las publicidades, la educación, la familia, etc. El capitalismo articula procesos de desterritorialización y reterritorialización continuos del deseo. En su proceso de desterritorialización, produce algunas líneas de fuga que son condición de posibilidad de esas nuevas experiencias y subjetividades. En esa característica del capitalismo confiaba un primer Nick Land, que consideraba al capitalismo como el gran desterritorializador y ponía del lado opuesto al Estado, como potencia clasificadora y reterritorializadora. Sin embargo, el capitalismo necesita producir ganancia y plusvalía, necesita volver a reterritorializar esas líneas de fuga como nuevas potencias productivas y de consumo. Como un hábil pescador, suelta la tanza lo suficiente como para que el desplazamiento sea experimentado como una forma de libertad. ¿De qué otra forma sería posible analizar la felicidad con la que las distintas disidencias festejan el ser incluidas en los actuales dispositivos de producción y consumo? ¿De qué manera es posible entender, entonces, los caminos de la militancia que priorizan la “inclusión” al sistema y no la construcción de uno nuevo?

Las clasificaciones esencialistas del capitalismo fallan, por lo que los diagnósticos fallan y en consecuencia la posibilidad de plantear formas particulares de resistencia. El capitalismo hetero-patriarcal es solo una variante del capitalismo que ha perdurado hasta ahora, que determina una forma particular de construir la obediencia. Sin embargo, no hay un único capitalismo sino “capitalismos”, el capitalismo asiático no es igual al norteamericano o al europeo, al mismo tiempo hay diferencias entre los modelos capitalistas de los diversos estados asiáticos. Suponer que el capitalismo no puede realizar un giro en su condición hétero-patriarcal es pensar que toda subjetividad disidente es automáticamente anticapitalista o que lo será siempre más allá de la coyuntura en la que se encuentre. En ese sentido, los discursos de inclusión sin el planteo de una alternativa, de la posibilidad de construir una vida no-capitalista, son solo un placebo que resigna la emancipación por la posibilidad de acceder momentáneamente a la misma ilusión de posible éxito que el sistema les otorga a todos sus participantes. El pink-washing, por ejemplo, no es sino el mecanismo mediante el cual se hace posible el discurso sobre esa inclusión: empresas multinacionales participando de los desfiles en el Día del Orgullo, la multiplicación de ejemplos de distintas disidencias que han logrado insertarse de manera óptima y exitosa en el sistema económico. El mensaje es claro: “Vos también podés vivir esta vida si te esforzás igual que ellos”. A la vida de lucha y sufrimiento, de laboriosa tarea de tener que pensar alternativas cuando se está contra las cuerdas, el capitalismo ofrece la posibilidad de “una vida vivible”. En este sentido, el nivel de cinismo que implica asumir los efectos adversos del capitalismo, pero festejar la inclusión en el sistema, parece ser un ejemplo bastante sólido de aquello que Mark Fisher llamó “realismo capitalista”. Ya que parece que un “afuera” del capitalismo es impensable, mejor estar adentro. Parece mejor resignarse a lucrar en el momento justo en el que lo que en algún momento significó un acto de rebeldía o una crítica pasa a transformarse en algo redituable, porque el capitalismo lo ha terminado de absorber.  

La resistencia real, la rebeldía radical frente a la obediencia, en este caso, debe ser ontológica, debe lograr esquivar los dispositivos de captura que propone el sistema, incluso los del deseo. Escapar a los sistemas de clasificación es resistirse a la posibilidad de transformar una forma de existencia en algo comercializable, en algo de lo que el sistema pueda extraer alguna forma de plusvalía.  

Posdata: Desobediencias muy obedientes
Sería injusto pensar en la obediencia sin reflexionar también en la relación que mantenemos con aquellas corrientes de pensamiento o prácticas políticas que, si bien se proponen como subversivas, terminan construyendo nuevas formas de obediencia y que terminan teniendo más interés en establecer una nueva visión unitaria de Verdad que en hacer estallar esa categoría. Hay también una policía de la buena consciencia para quienes se suponen rebeldes, una que determina cuáles son las formas válidas de desear, de experimentar la sexualidad, de amar, de establecer vínculos, si se quiere cuestionar la hegemonía en cualquier aspecto; una policía que determina los “sí” y los “no”. No son pocas las personas que abandonan una estructura para internalizar una nueva, que se presenta como buena, como subversiva, pero también como mandato. Sin embargo, ningún mandato es liberador. Es el pequeño duende fascista interno el que nos lleva a buscar un nuevo amo, más benévolo quizá, pero amo al fin, que nos ordene la vida, que nos de un camino claro. Buscamos, para nuestra “libertad”, un lugar seguro desde el cual señalar a los otros con desdén y recibir la afirmación continua de las razones de nuestro desprecio por la gente que está fuera, que no ha entendido que el bien está con nosotros, de nuestro lado, que nosotros somo la verdadera “gente del bien”. De esa posición a la cacería de brujas, tanto hacia adentro como hacia afuera, no hay muchos pasos más. No es raro que los amantes de la verdad encuentren alguna forma de hipóstasis de sus deseos a la cual obedecer.

Sí, nuestro deseo es político, como nuestros placeres, nuestros goces, nuestros cuerpos, nuestras identidades. Eso, a esta altura, resulta obvio. El problema reside en si es posible la libertad sin un plan de experimentación propio, que asuma los peligros de ese terreno oscuro y por construir, que asuma alianzas aberrantes que incrementen las potencias de acción, que nos haga monstruosos. Es imposible salir de la obediencia a través de la obediencia, tampoco lo es a través de construcciones que entiendan la realidad en términos binarios y morales que refuercen formas nuevas de microfascismos. Nadie, ni siquiera los movimientos políticos más radicales, está exento de eso. Como dice Foucault, el principal enemigo es siempre el fascismo: “No solamente el fascismo histórico de Hitler y Mussolini –que supo movilizar y utilizar muy bien el deseo de las masas– sino también el fascismo que reside en cada uno de nosotros, que invade nuestros espíritus y nuestras conductas cotidianas, el fascismo que nos hace amar el poder, y desear a quienes nos dominan y nos explotan”.  

Creo que un camino posible es el que encontró Foucault al leer el Anti-Edipo de Deleuze y Guattari:

  • Despoje la acción política de toda forma de paranoia unitaria y desarrolle la acción, el pensamiento y los deseos por proliferación, yuxtaposición y disyunción, antes que, por subdivisión, y jerarquización. 
  • Libérese de las viejas categorías de lo Negativo (la ley, el límite, la castración, la falta, la laguna) que el pensamiento occidental, desde hace tanto tiempo, ha considerado sagradas en tanto formas de poder y modo de acceso a la realidad. Prefiera lo positivo y lo múltiple, la diferencia antes que la uniformidad, los flujos antes que las unidades, los agenciamientos móviles antes que los sistemas. Considere que lo productivo no es sedentario, sino nómada.
  • No imagine que es necesario ser triste para ser militante, incluso si la cosa que se combate es abominable. El lazo entre deseo y realidad es lo que posee fuerza revolucionaria (y no su huida hacia las formas de la representación).
  • No utilice el pensamiento para dar a una práctica política un valor de Verdad: ni la acción política para desacreditar un pensamiento, como si éste fuera mera especulación. Utilice la práctica política como un intensificador del pensamiento, y el análisis como un multiplicador de las formas y de los dominios de intervención de la acción política.
  • No exija de la política que restablezca los “derechos” del individuo tal como lo ha definido la filosofía. El individuo es producto del poder. Es necesario “desindividualizar” por medio de la multiplicación y el desplazamiento, el agenciamiento de diferentes combinaciones. El grupo no debe ser el lazo orgánico que une los individuos jerarquizados, sino un generador constante de “desindividualización”.
  • No se enamore del poder.