Algún tiempo atrás, apareció en la red social del odio #Twitter un “hashtag” una tendencia, muy particular, #CatamarcaNoExiste. Intentar ensayar la explicación de un chiste o de una ironía, aburre tanto al escritor como al lector, a la ves que es un imposible. La cuestión es que la cuenta de Turismo de Catamarca, entendiendo todo, respondió (no cito textual) “Catamarca no existe, ah re que si, los invitamos a conocerla”. Repito: entendiendo todo lo que hay que entender, y que es imposible de explicar.

Lo que también es imposible, es que un pequeño pueblo de agricultores del norte de Italia llamado #Maglione, a una hora de Torino, exista. Este pueblo es -o sería- un Museo de Arte Contemporáneo al Abierto (MACAM), con siete u ocho calles que se entrecruzan de laberinto previsible, y con obras de arte en todos los lugares posibles.

Una de las situaciones más extrañas e íntimas, de las muchas que suceden en Maglione, se da que, cuando por casualidad aparece una ventana hermosa: y es hermosa porque sí. Una ventana única y cualquiera, se nos pre-senta (bella, ya lo dije) y es sólo una ventana, no una obra. O en realidad sí es una obra, pero de un “mero artesano”, bueno de un, no sé cómo llamarlo, un artista al fin.

En esas experiencias, surge una nueva confrontación con lo museístico, ahora no sólo que el arte no esta dentro de los museos, sino que tampoco fuera. Al menos, todo lo que esté dentro del “artefacto museo” nos hace tener indicios – y pagar la entrada es uno de los más fuertes- de que me debo preparar para “sentir el arte”.

El sentir es especularmente opuesto, mientras que dentro del museo uno se pregunta como el observador lúcido, que es ese turista casual devenido en excelso crítico de arte, por cinco minutos de imbécil gloria: “¿esto es arte?”, “Esperaba más de Rafael”, “Da Vinci se drogaba”, etc. En Maglione uno se pregunta “¿por qué esto no es arte” ?, “¿Es, también arte esto?”. Y yo en particular, me alegro de que nadie se dé cuenta aun de este mágico lugar, al momento que también me pregunto ¿Cómo nadie se ha enterado de este oasis? Pregunta válida para Catamarca, en caso de convenir que Catamarca exista.

En Maglione, el artista es quizás el pueblo, también inexistente, que pinta -junto con el sol y con el frio- el momento, la experiencia, el temblequeo de mirar la ventana, la puerta o el cielo, da igual.

Sucede que, como las obras están en el camino, el paseo, pasa. El detenimiento es el gesto artístico siempre, pero, ojo que la obra estará allí mañana, “luego la veo bien”. Cuidado, el tiempo pasa para todos, la obra se corrompe -embellece-, luego se degrada (sublime ruina) y luego desaparece, en 10 años todo el museo gratuito y al aperto es un mismo museo-otro. Es decir, las obras han cambiado siendo las mismas. El pueblo no cambia, pero en su eterno mantenerse, muere en una agonía infinita. Visiblemente decadente. Decadente en el mejor de los sentidos, quizás en el único, las obras de hecho: “caen”, se desmoronan, la gravedad opera sobre ellas también, siendo obras aun no terminadas, muriendo. Algo bastante humano.

Es decir, lo que el museo afirma como arte, el arte al aire libre lo discute, pero a su vez discute con la ventana, con la puerta, con el cartel de “atenti al cane”, con la señal de tránsito, con la señora perfecta y su ademán perfecto, y con la sombra del ademán en la pared que no tenía obra aún.

Quizás todas las obras sean esa sombra original, y lo real, la copia, o la esperanza de realidad.

Maglione se halla a mitad de camino entre el museo y el grafiti. El grafiti delictivo, se vuelve inenarrable, inhallable, capa tras capa, un mero recuerdo confuso, mas interesado en el autor (si es que existe) que en la obra, a menos que la obra sea el autor, o su nombre.

Lo que también sucede es que mi propia decadencia, me recuerda esa belleza, una belleza de algún instante olvidado de felicidad, muy similar a la perfección. O a esa perfección posible del ser, del bello muriente. O simplemente imaginé Maglione, imaginé que mis ancestros habían vivido allí, quizás solo fue una necesaria pulsión de imaginar, un impostergable y silencioso grito, convertido en sueño. Imaginé el cementerio en la colina mas alta del pueblo con una lapida con mi nombre, pero con una foto que no se le correspondía, ni al nombre ni a mí. Ni al texto, ni a Maglione, pero que, de alguna manera, era exactamente igual a la lápida que necesitaba ver para despertar.

En el entramado antedicho, también se encuentra Catamarca, los apellidos, los cementerios y los museos, y la posibilidad de explotar el turismo “sustentable”. Un turismo y un tipo de museo, que esté en el límite de una explosión que vuelva a la ciudad inhabitable de tanto habitante, y un sano conocimiento que la haga crecer. Las grandes ciudades europeas y de las otras, se encuentran implosionando, estamos a tiempo de encontrar un equilibro, entre el anonimato egoísta y el de la ambiciosa magalopolización de Catamarca. Repito, en caso de que todo esto no sea un sueño.


Nota del autor: El texto fue “gestado” en enero de 2020 casualmente en Italia y antes de las problemáticas pandémicas del coronavirus. A la luz de las nuevas posibles interpretaciones de adentro-afuera, libertad-cuarentena, turismo-circulación, etc, la nota puede llevar a profundizar aspectos que el texto toca simplemente de costado, y de casualidad. La “cultura al abierto” con museos, músicas y arte en general al aire libre, aparece como una de las respuestas a los males de época.