Placenti leyó un cuento, o un fragmento de uno de sus retratos malditos, en el ciclo “Estaciones”, que Gito Minore organizó en el centro cultural El Surco de Boedo en febrero de 2020, cuando la pandemia estaba lejana, cuando las amenazas cotidianas todavía seguían gestándose en cada esquina, en cada recodo del barrio, detrás de la mirilla de las puertas que nos cobijarían del fin (eso que llamamos ASPO). Esa fue la primera vez que me acerqué a su obra y a las aristas que propone su galería minimalista del mal. Clara Beter y su colección “Tinieblas” −y el nombre, además de remitirnos a Castelnuovo y su ética de lo maldito, nos acompaña en todos los relatos de Placenti− le dio albergue a Mi maldito gen polaco, ópera prima de Analía Placenti.

Analía le comentaba a Gito Minore el editor que la foto de tapa del libro está sobrecargada de una urbanidad que se empieza a observar en el relato “Apuntes”, en el cual, además, hay un uso poderoso de la crónica literaria. Al menos sí lo he leído.

                                                      

Contame, ¿cuál es el peso de lo urbano a lo largo de tu vida personal que se puede traducir o refractar en la vida de los retratos que vas creando en esta ópera prima?
Mi conexión con la construcción (la hechura de mis relatos) siempre quiso estar más ligada al periodismo. Esto que vos señalás como “lo urbano” es un intento de trabajar con las historias que suceden en la calle. Disfruto mucho salir a la calle, encontrar el mundo, mirarlo y relatarlo. Viví treinta años en Bernal Oeste, trabajé muchos años en Retiro y estudiaba en Almagro. De esa época recuerdo especialmente todo lo que sucedía en los colectivos: la solidaridad de un chófer que dejaba las luces prendidas para yo pudiera leer mis apuntes, mientras los otros pasajeros que volvían de sus trabajos dormían, y esa luz que a mí me ayudaba les interrumpía el sueño, o escenas donde no te paraba el bondi y una pasajera sacaba empanadas para convidar a medianoche. Lo mejor y lo peor pasa en las calles. Me gusta mirar eso.

En las “Palabras preliminares”, presentás un tratado minimalista de escritura, de lo que para vos es escribir y, puntualmente, lo agenciás con la idea o posibilidad de “exorcizar tus demonios”. ¿La escritura es entonces sublimación o expulsión de lo profano, de lo molesto, de lo disciplinar?
Creo que todo eso que me preguntás sucede con la escritura. Me parece que los relatos están más logrados cuando los habitás desde distintos puntos de vista. Por ejemplo, “Judas” es el relato de una mujer que extraña a su esposo que no es ni más ni menos que el violador de su hija. Y ella está detenida ahí, tanto que no termina de dar fe y quiere odiar y no puede.  A todos nos han traicionado alguna vez: parejas, padres, amigas, todas las relaciones humanas tienen eso. Depende la relación que hayas establecido no es tan fácil odiar al traidor. Para mí, era importante transitar el momento de la duda. Con el dolor que eso provoca sin juzgar a esos personajes. Y hay momentos en ese cuento donde la hijita parece que tuviera más valentía que su mamá. Hay niñes que son pequeños adultos. Me gustaba pensar esos ejes.

Los personajes femeninos de tus relatos cruzan vulnerabilidades, valentías y misantropías fluctuantes. Pienso en Lucy, Ema, Verónica, Mimí… Algunos más laterales, otros más redondos, presentes, digo. ¿Cómo dialogan esos personajes con el clima de época que transitamos, sobre todo en la Argentina, respecto de cierto lugar políticamente correcto sobre el rol emancipador de la mujer dentro de la literatura? Y, al mismo tiempo, ¿cómo lo vivís vos como escritora? Me refiero a si te sentís o te sentiste condicionada respecto de lo que sí se puede decir en la construcción de un personaje femenino y de lo que no se puede decir al respecto.
No me siento condicionada “conscientemente” a la hora de escribir, pero tengo copiada en mi agenda (aún uso pequeñas agendas de papel, ¡Qué vintage!) una frase de Virginia Wolf que dice: “Durante la mayor parte de la historia Anónimo era una mujer” y, en ese sentido, me parece importante tener una voz. Mis personajes están peleando todo el tiempo con el ideal romántico de los lugares asignados a la mujer, en Vena amoris, el personaje quiere ser una mujer que se va a casar, pero no, no es solo eso. Me parece que es muy importante visibilizar los micromachismos, los menosprecios de los pequeños espacios al tiempo que se van ocupando lugares políticos con posibilidad de modificaciones concretas sobre el lugar de la mujer. Celebro que las mujeres cobremos visibilidad cada una con sus estilos. Y más importante que sucedan modificaciones económicas concretas. En la educación: la mayor parte de las actividades son llevadas a cabo por mujeres, pero los lugares de poder sindical los ocupan hombres. ¿Por qué? Y además, ¿a nadie le parece importante la mirada de una mujer? Mirar tu biblioteca y decir: che, compré cuatro libros la última semana ninguno de mujer, ¿no me hace ruido? Tenemos mucho para aprender hombres, mujeres y no binarios. La literatura, el periodismo, los discursos sociales,  tienen que poder decir algo y que no sea anónimo.

Leyendo El viaje del provinciano de Laura Estrin encontré algunos ecos de esa lengua sonora de Zelarrayán o Hebe Uhart, de esa lengua que está del otro lado de la General Paz. Y más vos, que sos oriunda de Quilmes dato no menor. ¿Te sentís entre dos tierras, entre dos lenguas cuando hibridás el pueblo, los suburbios y la ciudad?
No leí El viaje del provinciano, lo voy a buscar a ver si resueno ahí. De Hebe, me gusta su manera de contar, pero sobre todo su posición como escritora a mi modo de ver “austera” (todo lo dicho tiene una función no hay nada superfluo) y su búsqueda de encontrar la voz de sus personajes. Sobre lo de estar entre dos tierras, tengo una anécdota: una vez mi amiga Mariana Calvo me invitó a su casa en Glew y recuerdo que le pregunté si llegar en tren era peligroso, no voy a olvidar su voz, cuando me respondió, ¿te olvidaste a todos los trenes que te subiste? ¿Qué te pasó Anita, te aburguesaste? No, no es peligroso, acá paraíso fiscal y alta moda. Y era verdad, siempre estuve (y llevo 12 años viviendo en Capital) cruzando puentes. Si tuviera que estar en algún lado, te diría que estoy del otro lado del Puente Pueyrredón más que de la General Paz. Yo tengo mi corazón mirando al sur y  mi mirada es de una escritora suburbana. Creo además que el lugar donde vivís es circunstancial.

 

Hay muchos guiños a Arlt, a la épica mágica de Arlt: las sociedades, los pactos, las traiciones, la astrología, el Estado, las ruinas de la modernidad. ¿Te hallás dentro de ese realismo duro boedista? ¿Qué lectura hacés de las corrientes o de los movimientos de escritura en la escritura argentina contemporánea?
Me gusta mucho Arlt y es un halago tus menciones a esos textos y temáticas. Yo tengo una obsesión por las series de conocimiento. En Ciencias de la Comunicación, Aníbal Ford nos incitaba a discutir sobre la racionalidad instrumental que guió el Proyecto Moderno y dejaba otras series de conocimiento que forman parte de la comprensión de la sociedad. El problema hoy es que el estallido de la redes hace que esas series de conocimiento cobren más visibilidad de la esperada. Creo que eso tiene que ver con la caída de los grandes relatos al punto de que los estatus de verdad, legitimidad, estallaron y nos ponen en riesgo social. Como ciudadanos de Argentina, sabemos que siempre estamos al borde del abismo. Sobre los movimientos de escritura, a mí, me gusta mucho la movida política y estética que se da en torno de las Ferias de Editores Independientes o de las pequeñas editoriales. Leo también autores “consagrados” (me gustan Mariana Enríquez, Samanta Schewblin, Pablo Ramos, Enzo Maqueira, Julián López, hay muchos) pero mi mayor interés es poder escuchar las nuevas voces y, también, los nuevos formatos para la escritura: que sea lectura en voz alta en las calles, podcast, comics, realidad virtual, booktrailers, y los que vayan surgiendo. Sobre las corrientes o movimientos de escritura, ¿quién entra y quién queda afuera? Esa es una pregunta política, necesitaría más información para responderla.

Al leer “Asedio” me hiciste conectar con otras lecturas: “Acecho”, de Convertini y, desde ya, “Casa tomada” de Cortázar. Hay algo de la intimidad invadida, hostigada en tus relatos. ¿Considerás que es una marca ostensible de tus relatos: cómo volver a lo privado sin dejar de ser un gesto político?
Hay en ese texto una marca citadina. “Asedio” tiene que ver con el modo de “estar ausente” de las personas en la Capital y en los intercambios cotidianos. Cómo es posible que escuche a un nivel de intimidad total todo lo que hacés en el departamento de al lado y cuando me cruzás en el ascensor o en el palier no me mirás, no me saludás o hacés que no existo. ¿Qué quiere decir esto políticamente? En mi opinión, hay marcas indelebles del proceso que son mucho más profundas: es el gesto de los niñes que son maltratados a mi lado y no intervengo, las personas en situación de calle que duermen en el pavimento, el desprecio de la ancianidad, el ninguneo de las preocupaciones adolescentes, el padecimiento mental, los femicidios, entre muchos otros. Que todo eso ocurra sin un mínimo de interpelación a mi lugar como ciudadana/o/e creo que nos hace minotauros (esos monstruos míticos) que habitan en grandes palacios solos y asedian o son asediados. ¿Triste no?