Cuando todavía no se han acallado los ecos, voces y los discursos de la Cumbre de Cambio Climático de Copenhague (COP 15), el mundo sigue sin entender qué fue lo que pasó o cuáles fueron sus logros, si es que existieron.

Las noticias, sesgadas, intencionadas, contradictorias en muchos casos y casi siempre dependiendo del color del cristal con que se la mire, no han ayudado al esclarecimiento de cuál fue el resultado de casi dos semanas de debates, discusiones, búsquedas de consensos y protestas variopintas. Muchos afirman que no es bueno hacer análisis o balances sobre caliente, por cuanto se pierde perspectiva; no obstante, intentaré desde mi óptica o mi subjetividad, volcar algunos aportes a la confusión general.

Las últimas informaciones que se conocen dicen más o menos lo siguiente: La Conferencia no logró colmar las expectativas;  Sólo se alcanzó un frágil acuerdo climático; La Declaración final sólo fijó metas generales, no vinculantes.

A la luz de esas noticias, podemos afirmar que las frustraciones, el sabor amargo y la impotencia han marcado la regla y que todas las esperanzas y los esfuerzos puestos por distintos sectores para intentar hacer un mundo un poco más “vivible”, se han ido por la borda. Quienes como muchos, creyeron ingenua o esperanzadamente que los ideales, los principios, las urgencias y la racionalidad, en este mundo pragmático y utilitarista, podrían pesar o valer más que los egoísmos, mezquindades y la avidez de los señores feudales del Planeta, indudablemente que se equivocaron. Se engañaron, también, los que creyeron que podían esperar las soluciones a los problemas del Planeta de los mismos que lo han llevado a esta situación de crisis terminal. En similar error han caído los que pensaban, que la corrección del planteo, el voluntarismo o las declamaciones inflamadas, eran suficientes para torcer el brazo de los que tienen poder de vida y de muerte en el mundo. Si nos atenemos a palabras de Obama, mandatario de uno de los países que mayor responsabilidad tiene en el tema, cuando dice que lo obtenido  “no es suficiente para luchar contra la amenaza del cambio climático”, no podemos menos que ser pesimistas. La frase sintetiza en forma dolorosa y cruel lo que fue la Cumbre, una verdadera crónica de una muerte anunciada, más allá de todos los maquillajes e interpretaciones que se le quieran hacer.

Como solemos afirmar los abogados, a confesión de parte relevo de pruebas. La Cumbre ya es historia, vienen nuevos y más difíciles tiempos. Tiempos de construcción, de encuentros, de consensos entre los pares, entre los que piensan y sufren en similar y que son los excedentes, los descartables y las víctimas de los poderosos del  mundo. Tiempos de oposición, de diferenciación, denuncia y de lucha. Los espartanos de la tierra tienen que hacer oír su grito por la vida y por otro mundo posible.

Si hay algo que ha quedado absolutamente claro en Dinamarca, es que los ejes del debate han cambiado, se profundiza la existencia de una nueva confrontación, superadora de la vieja antinomia Este-Oeste, que se materializa en el conflicto Norte-Sur y más precisamente entre países enriquecidos y países empobrecidos. También, dentro del territorio de cada uno de ellos, se multiplica esta disputa, ya que en todos lados hay pocos que comen mucho y muchos que comen casi nada. Aclaro, que me resisto a repetir hasta el hartazgo esos clisés que hablan de países ricos y pobres, o desarrollados y emergentes o en vías de desarrollo, ya que son conceptos falsos y artificiosos. ¿Cree Usted por ventura que islas perdidas en el mar del Norte o en el Océano Pacífico, como son Gran Bretaña y Japón, o una cordillera montañosa que penetra en el mar Mediterráneo, como Italia y tantas otras naciones del Norte, son territorios ricos? Y como contrapartida países como Bolivia, Perú, Costa de Marfil, Somalía, Paraguay, Nigeria, Argentina y decenas más, ¿son zonas pobres? Nada de ello, en el mundo y en cada país existen sectores enriquecidos y sectores empobrecidos. Para que algunos se enriquezcan, otros deben perder y empobrecerse. Ésta es la cruel fotografía de la realidad mundial.

¡Vaya, qué casualidad! Son esos grupos enriquecidos los que se niegan sistemáticamente a hacer algo en beneficio, no ya de algunos grupos, sino de toda la humanidad. Esta actitud es la que ha quedado patente en la recientemente fenecida COP 15 y que prolonga en el tiempo la angustia y la desesperación de miles de millones de personas sobre la Tierra. Las cosas que muchos se negaban a aceptar se empiezan a poner en blanco sobre negro, se terminó la hipocresía y los discursos vacíos. Ahora todo depende de los sectores que tradicionalmente han sido excluidos del banquete global y fundamentalmente de su capacidad de organización e inteligencia. Debemos aprender que nada se puede esperar de las promesas de migajas de fondos o tecnologías, que casi nunca llegan y si llegan son productos de condicionamientos políticos, productivos e invariablemente de ajustes económicos en beneficio de aquellos, que por otra parte nunca se ajustan el cinturón.

Lo que también ha quedado claro es que este modelo capitalista a ultranza, basado en la avidez, el egoísmo, el lucro rápido, el consumismo irracional, la destrucción del patrimonio común y el descalabro social es inviable, imposible de mantenerse y homicida. No comulgo con los que afirman que la actitud de los poderosos es suicida, lejos de ello, nada indica que esa sea su conducta o su intención. Todo indicaría por el contrario, que sí están dispuestos a eliminar una gran parte de los seres humanos que por justicia tienen derecho propio a la vida, su calidad, el ambiente y el futuro, aunque aquellos sectores no lo entiendan así. En este aspecto Copenhague trajo luz, pero como el dicho popular expresa: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Roguemos para que las dirigencias, los actores sociales y los pueblos empiecen a ver y se den cuenta de que nadie da nada gratis y se animen a convertirse en protagonistas y artífices de sus propios destinos. Soy optimista en la medida en que la sociedad planetaria se anime al cambio, la valentía y sobre todo al heroísmo de construir un mundo distinto, con racionalidad, cooperación, solidaridad y justicia global.

Más allá de lo anecdótico, de las luchas de intereses, de las cegueras, las ambigüedades y de todo el folklore que reinaron en la Cumbre, estoy seguro de que hay “un día después de mañana”, en el que nada será igual en la conciencia planetaria y podremos hablar sin temor a equivocarnos de “una verdad incómoda” que refleja un posicionamiento post COP 15, en el cual, pese al maquillaje en contrario, Obama y sus soberbios socios fueron derrotados y despreciados por toda la humanidad.

Por último podemos afirmar y escribir: existió un día y un lugar en que todos nos dimos cuenta, y éste es el gran éxito de Copenhague■