El mapa mundial impone a Latinoamérica la obligación de aplicar políticas integracionistas. Para ganar una independencia real y explotar las ventajas coyunturales, la región debe anteponer la integración a cualquier otra estrategia en materia de política exterior. 

 

La razón de la urgencia encuentra una explicación relativamente sencilla: en la arquitectura político económica actual una Latinoamérica unida tendría las mayores reservas energéticas y de agua dulce; sería el primer productor mundial de alimentos; contaría con una industria pujante, y tendría un mercado de unos 500 millones de habitantes. En la arquitectura actual, no es lo mismo que la Argentina negocie un acuerdo por sí sola, que lo haga integrando una alianza subcontinental con el potencial mencionado.

En los últimos años, un conjunto de gobiernos sudamericanos entendieron la importancia de la integración y trabajaron seriamente para conseguirla. Crearon la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) y sumaron algunos triunfos políticos de relevancia, como la solución del conflicto boliviano o la crisis entre Colombia y Ecuador tras el ataque a las FARC en territorio ecuatoriano o la creación de un consejo de defensa. Los grandes impulsores del proceso fueron gobiernos denominados de izquierda o progresistas, con dos actores destacados en particular: Brasil y Venezuela. Ambos países empujaron al resto hacia este tipo de políticas, inéditas para una región que jamás gozó de independencia real.

Sin embargo, la autosuficiencia latinoamericana no es exactamente un negocio que convenga a las potencias, en especial a Estados Unidos. Latinoamérica fue históricamente el patio de atrás para la Casa Blanca desde la Doctrina Monroe de principios del Siglo XIX (“América para los americanos”). Esa proclama sentaría las bases de Estados Unidos en cuanto potencia mundial: primero lideramos nuestro continente, y después vamos por el mundo. Por tal motivo, perder Latinoamérica significaría un golpe duro para la política exterior estadounidense.

En este juego, al ascenso de gobiernos denominados de derecha supone en principio un peligro para la región, porque históricamente este sector político se caracterizó por su facultad entreguista. Siempre trabajó en función de las necesidades externas antes que proteger los intereses propios. Y en una primera impresión, esa tendencia histórica no perdió actualidad: la Colombia de Álvaro Uribe es definitivamente un operador proestadounidense. Metafóricamente, Colombia sería una especie de lanza incrustada en medio del proceso integracionista. Su profunda alianza con Estados Unidos y los acuerdos recientes y en carpeta (básicamente, el pacto militar con el Pentágono y la firma de un TLC con la potencia) constituyen piedras en el proceso de integración sudamericano. Otro gobierno que sigue los mismos pasos es el peruano de Alan García. Perú operó, por ejemplo, a favor de la oposición boliviana sirviendo de vía de escape para dirigentes acusados de delitos de lesa humanidad o de graves actos de corrupción. Asimismo, suscribió su propio acuerdo con Estados Unidos y actúa al margen de las políticas sudamericanas.

Desde este punto de vista, la asunción de gobiernos de derecha en la región supondría un retraso en el proceso integracionista, o incluso su destrucción. La consecuencia sería un regreso a la década del 90, con países vecinos pero sin relaciones internas y supeditados totalmente a las necesidades de la potencia dominante.

Por todo esto el desempeño del chileno Sebastián Piñera, último representante de la derecha en conquistar una presidencia, será fundamental. ¿Profundizará el proceso iniciado con acierto por Michelle Bachelet o regresará a la costumbre reciente chilena de hacer su juego con Estados Unidos? Quizá la primera prueba de fuego sea el respaldo al chileno José Miguel Insulza para su reelección como secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Pero la verdad se sabrá después del 11 de marzo, cuando asuma sus funciones. En principio, las declaraciones del mandatario electo dieron a entender que no habrá variaciones considerables con respecto a Bachelet. Piñera se deshizo en elogios hacia Luiz Inácio Lula da Silva y aunque ya tuvo algunos roces con Hugo Chávez no rompió relaciones con él y señaló que trabajaría en pos de la Unasur. Claro que por ahora fueron declaraciones, y habría que aguardar los hechos.

En definitiva, el juego está claro: la integración es una necesidad intrínseca para los países latinoamericanos que se pondrá a prueba con la probable asunción de gobiernos de derecha en numerosos países y la actividad constante estadounidense para romper la unidad