Nuestros amigos del blog de psicólogos de Buenos Aires generosamente nos han permitido la publicación de la ponencia inédita del Dr. Luis Darío Salomone, especialista en el tema, que luego de 10 años sigue siendo de una pasmosa actualidad por lo que asevera y deja entrever. Al autor y a nuestros amigos que nos cedieron la exclusiva nuestro agradecimiento por la colaboración.

1- El Otro y el silencio

Una de las cuestiones que más preocupan a los interesados por la salud mental son las toxicomanías. Según Eric Laurent la salud mental existe pero, paradójicamente, poco tiene que ver con lo mental y muy poco con la salud. Guarda  más rela­ción con el Otro y el silencio[1]. Por eso Jacques-Alain Miller plantea que la salud mental es cuestión de orden público, teniendo como propósito el reintegrar al individuo a la comu­nidad. El orden público guarda relación con el amo, y el moderno se preocupa por la medida, por eso le agradan las encuestas, y por eso en ocasiones no mira con buenos ojos al psicoanálisis. Sin embargo, contamos con una interesante ca­suística en la cual el psicoanálisis ha probado su eficacia. Por supuesto que bajo ningún punto de vista podemos probar su eficacia en todos los casos.

A la salud mental, como lo plantea Miller, le interesa que el sujeto ande bien por la calle. Esto me recuerda a un paciente que, luego de consumir cocaína, se subía a su auto para viajar a Mar del Plata a doscientos kilómetros por hora. Cuando llegaba, sin demorarse, regresaba. A veces lo detenían, pero entonces no le im­portaba a quienes lo hacían su salud mental, sino su aporte económico.

El concepto de respon­sabilidad resulta esencial en la cuestión de la salud mental, el orden público y el psicoanálisis. Sin embargo, el psicoanalista no se presenta como un trabajador de la salud mental. ¿Cuál es su parte en el desconcierto social donde las toxico-manías resuenan con fuerza, y donde la salud mental apunta, en tanto atentan contra el orden público?

Puede pensarse en cierta articulación: el concepto de respon­sabilidad resulta esencial en la cuestión de la salud mental, el orden público y el psicoanálisis. Sin embargo, el psicoanalista no se presenta como un trabajador de la salud mental. ¿Cuál es su parte en el desconcierto social donde las toxicomanías resuenan con fuerza, y donde la salud mental apunta, en tanto atentan contra el orden público? Debo decir que, desde que este sujeto del cual hablaba antes, se analiza, ya no se lanza a la ruta, ha sido capaz de plantearse su propósito suicida, su afán de venganza por haber contraído sida, y algunas tantas otras cosas que lo han tornado un tanto más responsable. Ahora anda bien por la calle, y por la ruta. El propósito no fue tanto que lo haga, aunque es verdad que no dejaba de inquietar, sino de que responda por lo que hacía.

Y es en esa compleja dialéctica donde el psicoanálisis puede tenderle una mano de cierta utilidad. En esos puntos donde la salud mental no puede con ese real que al psicoanáli­sis ocupa. Se ve claramente cuando el psicoanálisis fracasa en las cuestiones preventivas que se reclaman; sin embargo, las publicidades a las que se recurren suelen empujar, paradójica­mente, al toxicómano al consumo. No nos cansamos de escuchar que las propagandas incitan a los adictos, ya que la propuesta de un viaje sin retorno los excita, lo mismo que al remarcarle su nexo con la muerte no hace otra cosa que darle consistencia. Se burlan de quienes lo conciben como «dibujados». Un psicoanálisis no incurre en estos errores, simplemente porque no desconoce los efectos de la pulsión de muerte en el sujeto.


2- El secreto del psicoanálisis

Por eso Miller concluye con respecto a la relación del psi­coanálisis con la salud mental que: «el psicoanalista como tal no es un trabajador de la salud mental y quizás sea ése, precisamente, el secreto del psicoanálisis. A pesar de lo que pueda pensar y decir para justificar ese papel en términos de utilidad social, el secreto del psicoanálisis es que no se trata de salud mental. El psicoanalista no puede prometer, no puede dar la salud mental.»[2]

Sin embargo, la posición del psicoanálisis no se plantea como la de una simple exclu­sión con la salud mentad, sino más bien como una compleja dialéctica, siempre teniendo presente de que la salud mental no tiene utilidad para nosotros como criterio clínico.

Por otra parte, los psicoanalistas suelen ocupar un lugar en las instituciones destinadas a prodigar la salud mental, y sabemos que frecuentemente cumplen con las expectativas de quienes tienen una relación más bien de sospecha hacia esa prác­tica que le resulta ajena a lo esperado. El psicoanalista se ocupa de que emerja una dimensión nueva del sujeto, pero «no por ello él tiene que presentarse como los suscriptores ausen­tes cuando el hospital, incluso la universidad, lo lla­man. Puede dar testimonio ahí acerca de lo que él hace y sabe de la práctica que le es propia, sin reticencia ni complacen­cia, respetando lo que constituye la consistencia de discursos diferentes.»[3]


3- La incidencia del psicoanálisis

Hay un papel que el tóxico cumple, ya se trate de un sujeto neurótico o psicótico, un papel que podrá estar vincu­lado, por ejemplo, al deseo o al delirio, y las incidencias que el psi­coanálisis puede tener se juegan en relación a ese punto. Como lo plantea Eric Laurent en la conferencia que dictó en las II Jornada sobre Toxicomanías y Alcoholismo del Instituto del Campo Freudiano, «la incidencia del psicoanáli­sis estará en tratar de despertar, al dar la palabra al in­consciente (ya sea por la vía del deseo o por la vía del delirio en sí mismo) que el trabajo del delirio o el trabajo del deseo ponga en su lugar a la presencia del tóxico. Es esto lo que permitirá al sujeto separarse del tóxico.»[4]

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Por otra parte, como ha sido planteado tantas veces, la cues­tión del consumo de tóxicos en el fin del siglo no es ajena a la inci­dencia del discurso capitalista, con el conse­cuente rechazo de la castración, rechazo que implica que no hay barrera alguna con respecto al goce.[5] Lacan presentó a la posición del analista como una salida al discur­so capitalista. Lo hace después de, en Televisión, referirse a la posición del analista a partir de lo que en el pasado se llamó ser un santo. Entonces dice: «Cuan­tos más santos hay, más se ríe, es mi principio, véase la salida del discurso capitalista -lo que constituirá un progre­so-, si solamente es para algunos.»[6] Se trata entonces de la salida posible del discurso capitalis­ta, pero ése «si solamente es para algunos», nos pone en la pista de que no es para todos. Ése «no para todos» no cumple con un reclamo de la salud mental, con un ideal de «para todos», pero que, como tal, encontrará su límite. De todas formas, como Eric Laurent lo plantea, es una de las responsa­bi­lidades del analista el operar más inteligentemente y eficazmente contra la pulsión de muerte. En ese sentido debe trabajar cómo se las arregla para incidir en un goce, parti­cularmente en las formas de presenta­ción que este goce va cobrando en este fin de siglo. Es la chance que le queda para sobrevivir en el siglo veni­dero, porque como sabemos, a diferencia de la religión, el psicoanálisis no tiene su porvenir asegura­do.

En «Psicoterapia y psicoanálisis»[7] Miller plantea que es lo que puede decirse al público y al Estado con respecto a los deberes del psicoanalista. El primer deber del psicoanalista, no está demás decirlo, es ser psicoanalista. Un segundo deber es advertir al público lo que no es un psicoanalista, aquello que no sabe ni puede prometer. Si hay algo sobre lo que el analista no sabe es sobre aquello que le falta a alguien en tanto distinto de un otro. El psicoanalista no es un vendedor de milagros, no promete la felicidad, tampoco la armonía, no asegura el orden público. En todo caso trabaja para poner en claro el deseo del sujeto, ayudarlo a descifrar aquello que insiste en su existencia. Miller señala un tercer deber: que nos hagamos responsables de proporcionar los efectos analíti­cos que el sujeto sea capaz de soportar.

Dijimos que el secre­to del psicoanálisis es que no es un trabaja­dor de la salud mental. Sin embargo, debemos decir que si hay algo que puede resultarle saludable al sujeto, eso es el deseo. Es el remedio más eficaz para la angustia, así como la culpa­bilidad suele no ser ajena a la renuncia del deseo. No obstante, aunque el deseo puede presentarse como contrario a la homeostasis, al bienes­tar general, es la oportunidad para que un sujeto deven­ga ético. El psicoanálisis tiene una inci­dencia precisamente sobre este punto. Lo cual no es poco.

 

(Trabajo presentado en las I Jornadas del Servicio Nº 3 del Hospital Dr. José T. Borda: «El Psicoanálisis y la Salud Mental en el Fin de Siglo», 10 y 12 de Diciembre de 1998)

 


[1] Laurent, Eric. «¿Mental?». En Pharmakon 6/7. Plural. La Paz, 1998.

[2] Miller, Jacques-Alain. «Salud mental y orden público». En Pharmakon 6/7. Plural. La Paz, 1998. Pág. 93.

[3] Miller, Jacques-Alain. «Alocución inaugural del Servi­cio Jacques Lacan». En Malentendido Nº 3. Buenos Aires, 1988.

[4] Laurent, Eric. «Conferencia». En Del hacer al decir. La clínica de la toxicomanía y el alcoholismo. Sujeto, goce y modernidad. Nueva serie. Plural. La Paz, 1998.

[5] Véase al respecto el trabajo de Jorge Aleman: «Discurso capitalista y ética del psicoanálisis», en Sujeto, goce y modernidad II, Instituto del Campo Freudiano, Atuel-TyA, Buenos Aires, 1994. Daniel Sillitti ha desarrollado cuestiones relati­vas al tema en clases del seminario del TyA (Instituto del Campo Freudiano).

[6] Lacan, Jacques. Televisión. Editorial Anagrama. Barce­lona, 1977. Pág. 99.

[7] Miller, Jacques-Alain: «Psicoterapia y psicoanálisis». En Clínica Psicoanalítica «Psicoterapia-Psicoanálisis». Insti­tuto del Campo Freudiano. Sección Clínica de Madrid. Madrid.