Apenas pisé el suelo de Los Beatles, de Shakespeare, de la princesa Diana y su Carlitos, de nuestros enemigos en la guerra cachivache (como todas) que podemos llamar “contemporánea”, di lugar a mi primera asociación libre y completamente ilícita: sentí que estaba en alguna parte de la costa atlántica, mas precisamente Pinamar. ¿Por qué me fui a aquellas playas? Supongo que porque en ellas veraneé muchos años hospedada en el departamento de mi amiga Dana y porque era allí donde me sentía como en casa (con la familia de mi amiga, con mi amiga, con el mar, mi adolescencia a un micro de distancia de mi cama y mis petates), pero de vacaciones (es decir, mil veces mejor). En ese momento, ante tanta extrañeza, ante tanto océano cruzado, ante tanta velocidad, necesitaba creer que conocía aquel país que era completamente ajeno para no querer esconderme debajo de una cama.

Londres se imponía, tenía carácter, buena presencia y un currículum de primer mundo que alimentaba expectativas. Pero no fue Londres por Londres lo que me movilizó hasta allí, no fue una decisión individual: que se entienda, yo decidí abordar aquel avión y no el equipo del M16 (ª), pero lo que me motivo fue un otro, de nombre conocido y amado en aquel entonces. Deposité en esa experiencia tangible, concreta (como dice Fito en uno de los temas de su mejor disco) “la cima del amor”.Y en ese abril se comenzó a cortar el tomate, la lechuga y a mezclar las verduras y aderezos para esa ensalada de sensaciones que viviría en los próximos meses que me determinarían inmigrante, forastera en ese sitio.

Hay algo esencial, primario, que la mayoría tenemos (admiro a quienes no, porque siento que viven más ligeros), que es la necesidad de asentarse, aferrarse. De alguna manera, cuando damos la primer bocanada de aire fuera del líquido amniótico, creo que todos somos extranjeros. Nos expulsan a un terreno completamente extraño, lleno de sonidos –  ruidos, olores, de luces y oscuridades después de evolucionar y vivir nueve meses (¡es mucho tiempo!) flotando en un lugar, sin duda, muchísimo mejor. Arranca la cuenta: tu primer trauma (imposible que sea de otra forma, sino traumático). Entonces, te aferrás a esa señora que te gestó en su cuerpo, a su olor, a su cara, a su piel a partir de ese momento y para toda la vida (bueno, después la idea es que despegues un poco), pero ella es tu “primer territorio conocido”, ella es tu tierra.

Te encontrás frente a la primera posta de una carrera de personas, lugares y abstracciones varias que necesitás, que te completan, que te dan origen y te hacen “ser”, “pertenecer”. El suelo, la nacionalidad, las costumbres van casi de la mano con tu salida al mundo: te anotan en una libretita, te dan un nombre y una procedencia determinada por el país donde desembarcaste sin escalas desde esa vagina al mundo. Así te identificas ante los demás y todo lo demás (himno, bandera, costumbres, paisajes, idioma, cultura, comida, gente, etc.) te identifica a vos.

En ese tiempo, caminar por las calles del pedazo de territorio en el viejo continente, era una búsqueda de coincidencias constante, porque de ese modo no me invadían las vueltas del pensamiento (como un ovillo de lana, que temo que si no se para a tiempo, puede llevar a algún grado de locura) en donde podía tomar cada vez más conciencia de lo lejos que estaba de mí. Porque, si lo que me definía en buena medida era todo lo que había quedado al otro lado del globo, yo era allí un recién nacido sin su madre.

Y así fue como éramos mayoría de argentinos entre los amigos. Y todo lo argento, tomaba una ridícula dimensión 3D: el dulce de leche, la yerba, las chocolinas y los palitos de la selva (glorioso fue encontrar el “Mercado Argentino”, una página de productos comestibles típicos de mi idiosincrasia). Mi experiencia de inmigrante (como todo cuando no está pegadito a las narices) me hizo conocer “el alma” de las cosas o “la cosa en sí misma” (Platón con un ataque de hígado en el paraíso, mientras otros sabios le hacen risitas burlonas a sus espaldas por este tipo de uso de sus profundas reflexiones). Suspicaces lectores: el alma de la choco torta es el mínimo exponente, el modelo, la premisa en la cual me paro para dar inicio a este valorar lo que está a mano, cuando está efectivamente a mano. La añoranza es una sensación esclava del inconformista, del pequeño burgués (y ahora son Marx y Platón descompuestos).

Mi experiencia como inmigrante fue caprichosa, consentida. Estas líneas por supuesto que hablan desde la enorme fortuna que tuve por, primero no tener que huir, y segundo que el impulso hacia un lugar extraño no haya sido la persecución, o la muerte golpeando salvaje, o el hambre despellejando. Pero, con estas grandes ventajas, sólo fui una inmigrante anhelante por dejar de serlo.

Y fue una parte del amor que me cautivó y me ubicó un tiempo lejos mostrándome quién era, lejos del aroma a domingo y sobremesa extensa de mis porteños y “villacrespenses” días■

(ª): servicio secreto inglés.