El stencil, una técnica que ha ganado terreno como medio de expresión de múltiples voces con diferentes matices. Una cultura de resistencia, una emergencia urbana y una bienvenida “molestia” a las calles argentinas.

Una de las grandes necesidades y derechos del ser humano: expresarse. A viva voz, con un gesto o a través de la creación artística. En este sentido, el arte resulta un buen vehículo. Pienso por ejemplo en las peores épocas de obligado silencio, de políticas que delimitaban que se podía decir, cómo, cuándo y dónde. Recuerdo también numerosos artistas eludiendo con astucia la censura para decir lo indecible. Elogiables gambetas, su detalle para otra ocasión. Aquí otra cualidad del arte asoma: su poder simbólico. El símbolo, incluso a modo de herramienta de representación de lo irrepresentable, una silueta vacía, una máscara blanca… suficientes para encarnar la figura del desaparecido. Dos fotografías, el mismo escenario, en una de ellas falta alguien o algunos, entonces la peor ausencia se nos hace visible[1]. Dos ejemplos contundentes.

El arte a veces sale a la calle. Teatro callejero, artistas en los semáforos, músicos en el subte, retratistas en plazas y parques, entre otros. Ninguno goza de los monstruosos escenarios que los gobiernos saben construir para las ocasiones en que les resulta pertinente hacerlo y seguramente tampoco de la paga de los artistas que suben a estos. Otra variante del salir a ganar las calles se viene dando desde hace varios años ya, una técnica “invade” las calles argentinas: el stencil. Derivado del grabado y del graffiti ha sabido ganarse terreno, llamar la atención de nuestros ojos a cada paso y cumplir diversas funciones, pues hay imágenes que nos cautivan por su ingenio y composición, otras que denuncian, algunas aconsejan y otras nos invitan a no olvidar. El escenario – bastidor: las paredes, las veredas. La puja: el uso del espacio público. Recuerdo entonces una frase que no es de mi autoría y que sin embargo se convirtió en una de esas verdades que alguien deja caer en tu oído y te la apropias por verdad indiscutible: No es verdad que la calle (léase lo público) no sea de nadie, pues es de todos. Entonces la libertad, pero también la responsabilidad.

En la contratapa del libro 1000 STENCIL se explica con absoluta claridad el espíritu stencilero: “STENCIL: (Del lat. Scintilla, chispa, centello.) Técnica de impresión que ha encontrado en la Argentina 2000 (más que en ninguna otra parte) las condiciones óptimas de luz y temperatura para proliferar por las calles como el medio de expresión más propio de artistas urbanos, artesanos y militantes.

Herramienta florescente al servicio de múltiples propuestas y mensajes con diferentes objetivos, a fuerza de expresión el stencil ha logrado legitimarse en todo el país, sin por ello legalizarse.

Los stencils re-hacen, re-formulan, re-significan, re-producen, re-contextualizan y re-inventan el rostro de la ciudad, convirtiendo la calle en foco de re-acciones espontáneas” [2]

De allí en más, el stencil cubre la amplia gama, desde la expresión casi instintiva de quien responde a un hecho que lo moviliza como los que han suscitado las desapariciones de Jorge Julio López y Luciano Arruga o el reciente asesinato del joven militante Mariano Ferreyra como complejos recortes en los que se superpone y convive la escala cromática en su mayor amplitud. Arte que busca y encuentra su espacio, justamente allí donde sirve para interpelar al distraído (o no) transeúnte.

Agrupados, en solitario, devenidos expositores (ha habido varias muestras colectivas), siempre un poco al margen de la ley, admirados por unos, detestados por otros (los poseedores de las paredes) los stencileros intervienen la ciudad como esa presencia incómoda, pero necesaria, abriéndose camino entre tanta gráfica publicitaria y tanto afiche de candidatura que atestan nuestras calles, ellos sí legales■


[1] Referencia a la muestra fotográfica de Gustavo Germano

[2] Indij, Guido. “1000 Stencil. Argentina graffiti” Buenos Aires, Colección Registro Gráfico, La Marca Editora, 2007.