Sin forzar mucho la mirada histórica, se podrían buscar líneas y trazos que conectaran -o atravesaran- las últimas 3 décadas de democracia en nuestro país. Esas líneas, podrían mostrar problemas que se han prolongado durante estas tres décadas, que si bien han mutado y se han adaptado a las distintas realidades históricas, no han perdido un punto de contacto. Una de esas líneas, o de esos problemas, podría ser la crisis de la dirigencia política.

Uno podría preguntarse, con total seriedad y sin ironía, en qué momento de los últimos 30 años de democracia, no ha habido algún episodio que nos hiciera hablar de la “crisis política”, o de la “crisis de los políticos” o de la “crisis de la institucionalidad” o de la “crisis del Estado”… Bien, dejando esta introducción poco estricta, digamos que la siguiente nota intentará mostrar un problema que puede rastrearse a lo largo de los últimos 30 años (tarea que se invita a realizar a cada uno de los lectores), problema que si la explicación es convincente, subyace, con

stituye, ¿produce?, todas esas distintas “crisis”. Quien nos guiaría a través de este camino, quien oficiara de Virgilio para estas reflexiones será el filosofo español José Ortega y Gasset, y las reflexiones esbozadas en su libro de 1922, España Invertebrada. Bosquejo de algunos pensamientos históricos.

En resumidas cuentas, tres son los problemas que aquejan a España y que producen su invertebración. El recorrido del libro va del primer problema, que es el más superficial, al último, que es el más profundo y grave, y para llegar a éste, es necesario en reiteradas ocasiones, hacer un cambio de perspectiva histórica, sociológica; redefinir qué se entiende por Nación, por masas y clases dirigentes, cómo es el dinamismo entre ellas, etc.

Primer problema: “los errores y abusos políticos, los defectos de las formas de gobierno, el fanatismo religioso, la llamada incultura, etc., ocuparían la capa somera, porque, o no son verdaderos males o lo son superficialmente”.

Cambiar la perspectiva histórica en este primer problema significa para Ortega que no hay que caer en el error de creer que los fenómenos sociales e históricos son los fenómenos políticos, y que las enfermedades de un cuerpo nacional son enfermedades políticas. En España, dirá Ortega, el daño no está tanto en la política como en la sociedad misma, este daño no consiste, como se podría creer a primera vista, en la  Inmoralidad Pública; esto es, en la falta de justicia en los tribunales, o en el hecho de que la prensa y parlamento dirigen la atención de los ciudadanos hacia esos delitos como a la causa de la progresiva descomposición. Estas cuestiones se engloban en lo que se llama “Patología Nacional”, pero como decía, éste es el primer mal y no el más radical.

Este segundo problema es llamado por Ortega particularismo: La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte y, en consecuencia, deja de compartir los sentimientos de los demás. Y agrega: “cuando una sociedad se consume víctima del particularismo, puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse particularista fue precisamente el Poder Central”[1].

Este particularismo nos lleva a un problema aún más grave. Dice Ortega: “diríase que nuestra aristocracia, nuestra Universidad, nuestra industria, nuestro Ejercito, nuestra ingeniería son gremios maravillosamente dotados y que encuentran anuladas sus virtudes y talentos por la intervención fatal de los políticos” (cursivas mías). Este razonamiento para nuestro autor, está lleno de insinceridad e hipocresía, “ningún gremio nacional puede echar nada en cara a los demás. Allá se van unos y otros en ineptitud, falta de generosidad, incultura y ambiciones fantásticas”; pero esto es lo de menos, préstese particular atención a lo que viene a continuación: “la causa decisiva de la repugnancia que las demás clases sienten hacia el gremio político me parece ser que éste simboliza la necesidad en que está toda clase de contar con los demás”[2].

Tan sencillo y atroz como eso, lo que nos irrita es tener que contar con los demás, y a este respecto, dirá Ortega, que más se odia al parlamentario que al político, porque es el parlamento el órgano de convivencia nacional demostrativo de trato y acuerdo entre iguales. Recuerde usted que estas palabras se escribían en España y en 1922. Por último, este particularismo y este desprecio, nos lleva a la acción directa: “La única forma de actividad pública que al presente, por debajo de palabras convencionales, satisface a cada clase, es la imposición inmediata de su señera voluntad, en suma, la acción directa”[3].

En este caso, el problema se extiende a la historia de los últimos tres siglos de España. Para Ortega, el particularismo no sólo es de gremios sino también de regiones, con lo cual para comprenderlo cabalmente hay que remontarse a la constitución misma de España en la unión de Castilla y Aragón. Como dice Ortega: “En estrato más hondo se hallan todos estos fenómenos de disgregación […] (estos) constituyen verdaderamente una enfermedad gravísima del cuerpo español. Pero aun así no son el mal radical”. Lo mismo podríamos hacer con los últimos dos siglos de nuestra historia, piénsese por ejemplo en los años de lucha entre Federales y Unitarios.

Descartados entonces los problemas básicos políticos, los de “Patología Nacional”, descartados los problemas de fondo histórico, de constitución ideológica y étnica… ¿qué podría quedarnos?

Al comienzo de la segunda parte de España Invertebrada (la primera lleva por título “particularismo y acción directa”), donde Ortega se dispone a entrar en el problema de fondo, encontramos la primera clave: “puede contribuir este estudio a dirigir la mirada a estratos más hondos y extensos de la existencia española, donde en verdad anidan los dolores […] se trata de una extremada atrofia en que han caído aquellas funciones espirituales cuya misión consiste precisamente en superar el aislamiento, la limitación del individuo, del grupo o de la región”[4].

A lo largo de los siete apartados que recorren esta segunda parte, Ortega despliega una dinámica de análisis, que refleja a su vez la dinámica de toda sociedad y bajo la cual debe entendérsela; esta dinámica es la articulación entre una masa y una minoría selecta. Entre ambas deben constituir la Nación, cada una cumpliendo diversas funcionas. La masa debe crear el entorno apropiado para dar lugar a las grandes personalidades, la “acción pública es de tal carácter que el individuo por sí solo, cualquiera que sea el grado de su genialidad, no puede ejercerla eficazmente. La influencia social, emana de energías muy diferentes de las que actúan en la influencia privada que cada persona puede ejercer sobre la vecina… un hombre es eficaz por la energía social que la masa ha depositado en él”; a su vez la clase dirigente debe convertirse a sí misma en un ejemplo que inspire la perfección de cada hombre. En lo que respecta a la falta de una minoría selecta, de una clase directora, Ortega sitúa el problema ya en los orígenes históricos de España, en la ausencia del feudalismo (tema aparte). De todos los problemas en torno a la masa y a la clase directora, llegaremos a la conclusión de que ninguno de ellos es el más grave como ya se ha dicho; entonces, llegamos a la conclusión: “Peor que tener una enfermedad es ser una enfermedad. Que una sociedad sea inmoral  es grave, pero que una sociedad no sea una sociedad es mucho más grave […] la raíz de la descomposición nacional está, como es lógico, en el alma misma de nuestro pueblo. La norma histórica es que los pueblos degeneran por defectos íntimos”.

Esta conclusión la hago mía, más allá de la inmoralidad pública, de la corrupción, de la rivalidad violenta que exhiben nuestros políticos, de su incapacidad para dialogar, más allá “del campo”, de los piqueteros, de las clases medias de los cacerolazos, de los ricos y pobres, de los trabajadores honestos… lamentablemente, más allá y en lo más profundo, escondemos un defecto horrible, una enfermedad destructiva, básicamente la de no ser una sociedad, la de detestarnos unos a otros, usted y yo, la de no poder actuar, vivir, convivir juntos.

Si bien Gasset no da ninguna solución al problema de España, uno podría remarcar una idea que aparece varias veces y que reproduzco aquí para finalizar: Lo realmente esencial en un dogma nacional, es un proyecto sugestivo de vida común […] El objetivo de integración a un Estado no sólo puede ser para estar juntos sino para hacer algo, crear una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No es por un ayer común o un haber tradicional que una nación nace y se mantiene sino que se forma porque tiene un programa para el mañana […] un ideal esquema de algo realizable, un proyecto incitado de voluntades, un mañana imaginario capaz de disciplinar el hoy y de orientarlo[5].

¿Podremos curarnos el alma y el espíritu o continuaremos hasta destruirnos y consumirnos unos a otros en el odio?…■

  


[1] Ortega y Gasset, 1922, España Invertebrada, Revista de Occidente en Editorial Alianza, pp. 48
[2] Ídem, pp. 60
[3] Ídem, pp. 61
[4] Ídem, pp.70
[5] ORTEGA Y GASSET J., España invertebrada. Bosquejo de algunos pensamientos históricos, Biblioteca Nueva,  Madrid, 2007, p.122.