Hay algo que diferencia a una política social del maná que cae del cielo en la historia bíblica. Una política social, para serlo no debe ser unilateral. Acaso uno de los mayores errores de la etapa kirchnerista sea no haber sabido/podido dar un paso más allá de aquella entelequia duhaldista que pretendió universalizar los planes sociales.

La creación del ingreso universal a la niñez que en los últimos meses implemento Cristina Fernández acaso haya sido un paso en esa dirección, pero la incapacidad de su gobierno de acordar con las distintas fuerzas de la oposición una medida consensuada que abriera las puertas a una política de Estado echó por tierra aquella esperanza en el horizonte. El reparto de los fondos a dedo, por la razón que sea, a través del método que sea, desvirtúa aquella política que más transparente debería ser. ¿Por qué? Porque nunca en nuestra historia pudo concretarse una política de ayuda a los más necesitados que incluyera a todos los sectores en un mismo mecanismo y con un mismo objetivo. Su transparencia es requerida por la buena fe de los que dan el dinero como por los que lo reciben.

El gran salto adelante del primer peronismo (y por el que pasará a la historia de la humanidad) fue interpretar la necesidad de una política no sólo de ayuda sino de inclusión de las masas postergadas; no obstante, el grado de opacidad, de irritabilidad que generó en ese entonces, (y salvando las distancias) como se genera en el presente, es fruto de sus formas imperativas, poco atinadas a la hora de tratar con la voluble clase media. Se puede argumentar a su favor, y con cierta justicia, que ninguna de las clases pudientes verá nunca con buenos ojos cómo se disminuye su poder adquisitivo a favor de quienes no son sus iguales, de quienes no se esforzaron lo suficiente, de aquéllos a los que les gusta ser pobres y comer promesas. Es decir, nunca los dueños del dinero se lo darán a los pobres sin pelear ni patalear todo lo que fuera necesario para evitarlo. Y es cierto que en circunstancias así las buenas maneras tienden a estar de más.

Ahora bien, plantear la realidad social como una antinomia irreductible a la lucha de pobres contra ricos no sólo deja fuera un universo de matices necesarios para la interpretación de la realidad sino que también genera un clima de violencia de la que sólo sacan ganancia los pescadores de ríos revueltos. Para evitarlo, la verba inflamada del matrimonio presidencial debería ser dejada para los ámbitos privados y la obligación de dialogar, cumplida. El viejo león herbívoro dijo alguna vez que tenía la obligación de aparecer en las fotos con gente despreciable. Los Kirchner han ido más allá muchas y documentadas veces. Han pactado con canallas, se han aliado a ellos, los han sentado en su mesa y les han dado poder, acaso por necesidad de la política cotidiana. No está mal en política hacerlo, pero esto mismo también tiene que hacerse con la oposición por despreciable que sea. Ninguna política social puede articularse por completo si no suma a quienes tienen algo que decir al respecto, y su fortuna depende de ello. De otro modo solamente un monumental aparato estatal podría saciar las necesidades de una sociedad que no hace mucho tiempo tenía un %50 de pobres. Y no es el caso■