Pasajero de Andén: antes de detenerse a mirar el paisaje por la ventana de esta página, lo invito a informarse de lo que va a ver, no solo el contenido de la misma, sino que de ahora en adelante cada vez que camine por las calles de su barrio.

Catedral Metropolitana de Buenos Aires

En 1580 Juan de Garay refunda la segunda y definitiva Buenos Aires. La ciudad estaba inicialmente conformada por 250 manzanas. Se destinó, como era obligatorio, un terreno para construir la Iglesia, que resultó el que hoy la alberga. Sin embargo, en 1585, el Templo fue edificado en donde actualmente se ubica el Banco de la Nación Argentina, construido por Bustillo.

La Iglesia se mantuvo allí hasta el año 1603 en que el gobernador, Hernando Arias de Saavedra, la traslada a su ubicación definitiva.

En 1616 se tuvo que cambiar el techo por encontrarse en mal estado. El resultado de los arreglos desencadenó en el derrumbe total del templo. Hernán Darias se ocupó de la reconstrucción. Los trabajos comenzados en febrero de 1618, quedando concluidas el 18 de junio.

En 1618, es designado -en reemplazo de Hernán Darias – Don Diego de Góngora, el Primer Gobernador Independiente del Paraguay, quien da comienzo a una época de progreso para la Catedral.

En 1620, Buenos Aires se convierte en Sede de un Obispado, titulándose la Diócesis «Santísima Trinidad del Puerto de Buenos Aires». Elevada a catedral, la Iglesia fue mejorada, aunque las goteras provocadoras del primer derrumbe, insistían en no faltar a la misa.

El tercer Obispo fue el Fray Cristóbal de la Mancha y Velazco, quien se dedicó a construir un edificio que estuviera más acorde con la importancia que iba teniendo el obispado. Soñando, como era de esperarse, con alguna de las majestuosas catedrales europeas.

Así es que, en 1667, nombró a Jacobe Ferreira Feo y Juan Maciel para proyectar las obras. En 1671, se inauguró el nuevo templo. Sin embargo, las ortodoxas goteras practicantes de la Fe cristina sumadas a peligrosas rajaduras, comenzaron a acudir diariamente a la misa.

En 1680 el Obispo Fray Antonio de Azcona Imberto manda a construir un horno de ladrillos para construir la futura nueva Catedral. Trece años más tarde, la obra está erguida pero no terminada. Es de ladrillo y cal. Poseía, a diferencia de la actual, un pórtico con dos torres. En 1695 finalmente se terminan las obras.

En 1724, arribaron los Jesuitas Andrés Blanqui y Juan Bautista Premoli. Dos eficientes arquitectos.

Blanqui, fue el encargado de continuar con el constante mantenimiento de la Catedral. Las cosas, sin embargo, no cambiaron demasiado ya que la  Catedral se derrumbó, permaneciendo en pie la fachada y las torres.

Para la ejecución de las obras de la nueva reconstrucción se contrató al Arquitecto turinés Antonio Masella, quien llegó a Buenos Aires en 1745.

Las obras se iniciaron recién en 1755 y pasados catorce años las cosas parecían encaminadas.

En 1770, por problemas de construcción, hubo que rehacer la cúpula, recayendo sobre Masella las responsabilidades. Lo reemplazó en las obras, Manuel Álvarez de Rocha el mismo año.

El 16 de noviembre de 1774, el Gobernador Juan José de Vértiz, cree oportuna la demolición del frente y las torres (sobrevivientes al derrumbe de 1752) por no corresponderse a lo que se había reconstruido desde 1755. Para 1778 dejaban de existir.

Así fue que la Catedral se quedó sin campanarios y sin fachada por otros casi cincuenta años.

En Buenos Aires, por esos días, la viveza criolla imponía el dicho «más largo que la obra de la Catedral».

En 1822 se encargó el proyecto y ejecución de la fachada al Ingeniero francés Próspero Catelin, dejando de lado las torres. Catelin había arribado contratado por el lúcido y excelentísimo Bernardino Rivadavia para hacerse cargo del Departamento de Ingenieros. El ingeniero francés tardó dos años en terminar las obras contando con la colaboración de Pierre Benoit y de José Santos Sartorio.

El peristilo se corresponde con el modelo neo-clasicista. Consta de doce columnas, rematando en un frontis que permaneció, siguiendo las costumbres en la obra, casi cuarenta años inconcluso.

En 1860, aprovechando la presencia del escultor francés Joseph Duibourdieu, junto al Ingeniero y Pintor Prilidiano Pueyrredón (afectados por entonces a la remodelación de la Plaza de Mayo y su Pirámide), se encarga al  francés la obra del frontispicio.

La Catedral alberga el Mausoleo del General José de San Martín. Junto al Libertador se hallan los restos de los Generales Juan Gregorio Las Heras y Tomás Guido, y la del Soldado Desconocido de la Independencia.

Sobre la pared de la fachada del templo se lee la frase: Raquel marca

«Aquí descansan los restos del Capitán General
D. José de San Martín

Y del Soldado Desconocido de la Independencia
¡Salúdalos!”

 Palacio Borbón, actual Asamblea Nacional de Francia

Fue construido entre 1722 y 1728 por Luis XIV a pedido de su hija, la duquesa Luisa de Bourbón.

Fue encargado a Giardini y Cailleteau, quienes fallecieron prematuramente, dando lugar  a Aubert Gabriel, hasta su finalización. Es un edificio de estilo Gran Trianón de Versalles.

En 1791 fue confiscado y declarado bien nacional. En 1794 albergó a la Escuela Politécnica, antes de ser afectado en 1795, como sede del Consejo de los Quinientos, para lo cual se emprendieron remodelaciones, a cargo del arquitecto Fontaine.
Napoleón I encarga a Bernard Poyet la remodelación de la fachada, agregando doce columnas al estilo griego, que trazan una simetría con las columnas de la Iglesia de la Madeleine.

Tras modificaciones en el interior, el palacio pasó a ser sede de las diferentes Cámaras de Diputados durante la Restauración y el Segundo Imperio, para finalmente convertirse, en 1879, en la sede de la Asamblea Nacional de la República Francesa.

Descriptas estas dos obras, analicemos… Le propongo empezar con algunas dudas que cualquiera se podría plantear.

 ¿Qué “conexión” encontramos entre estos dos majestuosos edificios? Mejor aún, ¿cuáles son sus fundamentos, su razón de ser?, ¿bajo qué “idea” se rigen? ¿Qué los lleva a ser a ser lo que son?

 

Estimado lector, no se anticipe a las conclusiones. Detengámonos en la esencia de ellos por un instante.

 

 Figura número1.

Palacio realizado en Francia en el siglo XVIII bajo mandato de Luis XIV para su hija la Duquesa Luisa de Bourbón. Correspondiéndose con los cánones arquitectónicos de la época, aún su posterior modificación se apoyó en los mismos cánones y asistió de manera acertada a su entorno como ya fue mencionado.

 

 

  Figura número 2.

Iglesia Metropolitana de la Ciudad de Buenos Aires. Comenzadas sus obras en 1603,  luego de las demoliciones y reconstrucciones,  finalmente en 1822, se da a un francés la finalización de la obra. Éste último gesto, encargado por el ya mencionado lúcido y excelentísimo Señor Bernardino Rivadavia, es la demostración de que el “cholulaje” (permítaseme la expresión) argentino, influenciado por todo lo proveniente del otro lado del charco, ha hecho mella desde los inicios de este país.

Pero no nos quedemos en la crítica por criticar y leamos el mensaje que, para quien no ha elegido disfrutar/sufrir la hermosa carrera de arquitectura, puede no estar tan claro.

¿Considero que la Catedral es un monumento cultural e histórico argentino? No, no lo considero, y hasta estaría de acuerdo en volver a demolerlo si se fuese a encarar de manera autóctona su reconstrucción.  ¿Y por qué no lo considero así? Por el mismo motivo que un europeo no considera un monumento histórico y cultural a un rancho de adobe y paja, tan desubicado en París como este “Palacio Bourbón” en mi Buenos Aires.

Pero no se quede desanimado; a favor de la Catedral hay que mencionar que se corresponde con su entorno de incongruencias disfrazadas bajo el llamado “estilo ecléctico de Buenos Aires”.

Le dejo planteada una inquietud para que Usted vea que no es cosa del pasado sino que somos contemporáneos de genialidades como éstas. No hay que caminar mucho, sólo bajar una cuadra por la calle Rivadavia hasta la esquina con 25 de Mayo. Allí encontramos el espléndido Banco de La Nación Argentina encargado al ganador del concurso, Alejandro Bustillo en 1940 y terminado para 1955.

En cambio, doblemos por la calle Reconquista y caminemos una cuadra más. En la esquina de la nombrada y Bartolomé Mitre encontramos el antiguo Banco de Londres, actual Banco Hipotecario, encargado a Clorindo Testa en 1960 terminado para 1966. No le cuento más. Si no conoce los edificios lo invito a visitarlos. En caso de no contar con esa posibilidad, googleelos y dese el tiempo de digerirlos. El primero es otro ejemplo de Palacios Bourbones, correspondiéndose a tendencias olvidadas incluso en el viejo continente. El segundo es uno de los principales referentes del movimiento mundial arquitectónico llamado “brutalismo”, en América Latina.

Sea crítico, que lo viejo por viejo no sea mejor y lo nuevo por nuevo tampoco lo sea. Se trata simplemente de ser coherente con las costumbres y usos de los espacios a la hora de diseñarlos, para que en un futuro sean considerados monumentos históricos y culturales de nuestro pueblo■