Aquí algunos fragmentos de clases sobre el Día de la Memoria, tomados del diario de un maestro de tercer grado en la Escuela 15 DE 13, en el barrio Samoré, Villa Lugano, Ciudad de Buenos Aires.

De cómo la literatura y las palabras compartidas pueden luchar contra el miedo y la amnesia programada, evocando no el recuerdo amarillado del horror y sí los sueños olvidados de aquella generación perdida.

Martes 18 de marzo

Se acerca una fecha puñal de la historia latinoamericana y resulta que con el tiempo decantado podemos institucionalizar la memoria: la fecha es feriado y el tema se “baja” a las aulas. El cuadernito azul, impersonal manera de recibir directivas, ayer decía: “el 19 de marzo se realizarán en las aulas charlas alusivas al Día de la Memoria”. Extraña manera de obligar sin el imperativo. Si se enuncia que sucede, entonces sucede…

Pero algunos todavía no creemos en fosilizar la memoria. Nos gusta esa que resiste, se agita y transforma. Nada de mármoles ni sermoneos; sí vientos peregrinos hacia el horizonte claro. Entonces vamos a recordar hoy, mañana y todo el año. Vamos a trabajar siempre por la memoria y contra la dictadura.

Hoy empezamos una primera conversación sobre el tema. Les cuento un pedacito de esa historia. Les cuento que la Dictadura vino y prohibió. Prohibió que la gente se reuniera y que soñara en conjunto; prohibió libros y canciones, hasta cuentos y cantos para niños, muchos de los que ellos conocen. Y enseguida surge la mágica y necesaria pregunta: ¿Por qué? Ellos quieren saber por qué. Erik, por ejemplo, escribe en su cuaderno:

En esa época prohibían música, cuentos, todo. ¿Por qué lo prohibían?

Erik escribió “todo”. ¡Claro! Porque música y cuentos es todo el alimento espiritual de su mundo infantil. Sin eso, imagina Erik, no hay nada para ser y crecer.

 Entonces contesto con una de las razones de la prohibición:

 – Porque los consideraban peligrosos…

 – ¿Y por qué un libro o una canción pueden ser peligrosos? –pregunta Melisa hablando el silencio atento de los demás. Misma pregunta que a lo largo de la mañana irán reformulando, comprendiendo la sinrazón de los genocidas, o mejor dicho, la razón perversa de los asesinos de todo pensamiento y rebeldía.

 Con ellos respondo lo que ya saben. Un cuento como los del Chiribitil o una canción como las de Vinicius pueden ser peligrosos porque invitan a soñar, a imaginar, a crear y a pensar que las cosas merecen ser distintas. Es así que no prohibieron todos los libros y canciones. Prohibieron algunos, los que nos dan lugar a un mundo diferente, los que convocan a reunirse y pelear contra la muerte.

 Todo esto vamos diciendo de a poco, en conversación, en su idioma sencillo y profundo.

 Así brotan las preguntas ávidas de entender ese pasado tan presente. Hablamos, preguntan, dibujan y escriben.

Noemí maneja la alquimia de convertir palabras en imágenes conmovedoras. Luego de sus apuntes ella dibujó su síntesis de la tiranía, reducción de la Ley a caprichos personales.

 Vemos en su cuaderno todo un cuadro. Arriba a la izquierda, una madre con un cochecito lleva cabello verde. Debajo, en el centro de la escena, dos hombres corpulentos, también con pelo verde, sostienen a una pequeña personita –tal vez un niño– que grita desesperadamente “NO NO NO”. Ocupando toda la derecha de la imagen vemos una gran torre desde la que se alza la voz de un hombre, quien ordena desde su ventana: “Les dije que vengan con el pelo verde”.

Noto maravillado que Noemí ha elegido, no casualmente, pintar de marrón el cabello del dictador. La ley es capricho, antojo irracional del que viola hasta lo que pregona.

Les cuento que a pesar de que las prohibiciones, muchos valientes se negaron a guardar o a quemar libros. Así los siguieron leyendo y prestando para que otros los lean. Así llegaron hasta hoy. Gracias a esos valientes, yo hoy les narro las bellas historias de La torre de cubos y de Un elefante ocupa mucho espacio.

Se despiden de los personajes con un aplauso furibundo, pidiendo otra vez. Mañana volveremos, prometo yo, deseando que la reiteración de la lectura sea un símbolo de la historia próxima de nuestro querido continente.

Miércoles 19 de marzo.

 Ayer les había pedido de tarea que pregunten a sus adultos sobre los tiempos de la dictadura: recuerdos, experiencias, anécdotas. Les dije que escribieran sólo lo que entendieran, nada más que lo que pudieran contar.

No me sorprendió constatar que pocos pudieran traer algo. Parte de la victoria de los asesinos es la del olvido social, amnesia colectiva para convertir el pasado en imposible.

Rescato unas notas muy interesantes de Noemí, quien me comenta que su padre no sabía nada porque vivía en Bolivia, y que por eso fueron a preguntar a sus vecinos.

El presidente Jorge R. Videla era malo, ordenaba matar a personas con sus soldados y desaparecieron 30.000. El 24 de marzo se recuerda el día de la inteligencia.

Leo y me detengo, pienso y lo comparto con ella. Su ágil intuición infantil pudo asimilar la idea de “memoria” a la de “inteligencia”, sabiendo que quien recuerda no come vidrio.

Me alegra ver que la historia ha calado hondo en el alma de Agustín. Tan inquieto siempre, tan saltarín, nunca para de escaparle al reposo, como si detenerse convocara al peligro, tal vez porque la paz es debilidad en la vida de la villa donde él vive. A pesar de la cáscara que le obligan a construirse, coraza para sobrevivir al desamparo, Agus ha escrito un sentimiento personal:

Hablamos sobre el 24 de marzo. Es un día muy triste porque desaparecieron 30.000 personas.

Natalia comparte pasillo con Agustín en la villa cruel. Comparte también ese vértigo para vivir, lanzando azotes de grito y esquivando su propia paciencia. Sin embargo, puede escribir una pregunta tan sencilla como tajante, con lo irreverente de la duda que arranca temores en cualquier autoridad:

¿Por qué hay que hacerle caso al capitán?

Y luego, pequeña y perdida entre los blancos renglones de su cuaderno descuidado, otra pregunta. Natalia encierra entre signos su grito de dolor y compasión, su llanto infantil por la sinrazón genocida:

¿Por qué secuestraban a los niños?

Jonathan, hijo de policía, ha escuchado por ahí algo sobre Madres e Hijos perdidos. Lo trae a nuestra clase. Pregunta como puede; le contesto como me sale. Nombro a las madres paridas por sus hijos, furiosas semillas de sus vientres.

Más tarde Jonathan escribe por su cuenta en el cuaderno:

Me gustó cuando las mamás lucharon por los hijos.

Nicolás nos cuenta una historia que le regaló su abuela, relato que hace años Eduardo Galeano escribió para los pueblos. Lo cuenta con claridad y todos atienden, mientras yo dibujo en el pizarrón. Resulta que durante la dictadura los presos políticos no podían recibir dibujos de mariposas, estrellas ni pájaros. Estaban prohibidos. Un domingo, una niña de cinco años fue a visitar a su padre, que estaba preso. Le llevó un dibujo de pájaros. Los guardias se lo rompieron a la entrada de la cárcel. Al domingo siguiente, la nena le llevó un dibujo de árboles. Los árboles no estaban prohibidos, por eso el dibujo pasó. El papá le elogió la obra y le preguntó por los circulitos de colores que aparecían en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas: “¿Son naranjas? ¿Qué frutas son?”. La niña lo hizo callar –“Ssshhhhh”– y en voz bajita le explicó: “Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas”.

Nico lo cuenta con lujo de detalles y tonos, con tanta emoción que los cuadernos del resto se pueblan de pájaros y árboles y ojos frutales, “símbolos de la libertad” como nos explicó a todos su portavoz. Ariana, por su parte, lo narra con toda ternura en su cuaderno, cambiando la belleza de los dibujos por la infinita poesía de la palabra escrita:

Ariana:

Una nenita al abuelo le hizo un dibujito con un árbol y pajaritos. Y como no lo aceptaron porque los pájaros simbolizan la libertad, entonces le hizo un árbol con puntitos.

En la última hora nos juntamos en el salón de música con los otros terceros. Casi 80 miradas y voces ansiosas por lo inusual. Les cuento que nos reunimos para hacer lo que hace 32 años nos prohibían hacer: juntarse, leer y conversar. Les leo La planta de Bartolo y El caso Gaspar. A pesar de la multitud y la hora, escuchan todos atentamente, más todavía los que ayer ya lo han escuchado. Nuevamente corean con Bartolo la resistencia, nuevamente triunfa el aplauso.

Veo unas manos que se levantan aunque no hayamos preguntado nada. Erik nos dice:

 – Ese cuento estaba prohibido porque decía cosas que a los militares les molestaban, como que los cuadernos se regalen y no se vendan.

Ariana toma la posta y comenta ante el auditorio:

 – Además lo prohibieron porque muestra que si la gente se junta puede hacer que las cosas cambien.

Durante el resto del día no puedo más que agradecer a todos los grandes artesanos de la fantasía por las bellas armas que nos legaron, fusiles literarios para hacer más felices los días en esta trinchera libertaria que es la escuela popular■