En las últimas semanas, la sociedad argentina ha sido testigo y víctima de uno de los episodios más cruentos en la batalla por la información. El caso Papel Prensa enfrenta sin cuartel al gobierno nacional, al grupo Clarín y a todos sus pequeños satélites como La Nación y la oposición parlamentaria en un fuego cruzado que ha sobrepasado la media de lo que venía dándose.

Tanto por un poco de papel

Papel Prensa esconde secretos y dobles intenciones desde su fundación. Al menos, eso es lo único que queda claro si se intenta desideologizar todo lo dicho hasta el momento. Quienes hayan seguido el tema habrán notado que por derecha e izquierda se ha disparado munición gruesa que hace pie en los años más duros de la historia argentina reciente. La apelación a esa época es ariete de los bandos en pugna para mellar la credibilidad del oponente antes que constituir un argumento lógico o jurídicamente válido que les permita presentarse ante el grueso de la sociedad como el mal menor. Eso desnuda que no hay inocentes de por medio.

La trama se despliega en múltiples escenas e incluye sangre. Y los datos son difusos en virtud de la virulencia. ¿A quién se le debe creer? ¿Quién tiene la posición más sólida? No lo podemos saber por cuestiones ajenas al hecho en sí. Tanto el grupo Clarín como el gobierno nacional tienen intereses millonarios en juego. Es irrisorio mencionarlo. Unos tienen el control de la producción y precio del papel que determina desde su origen el tipo de noticias y línea editorial que se hará circular. Y pretenden como sea conservar esa prerrogativa aun a costa de explicitar su falta absoluta de objetividad.  Otros desean hacerse con ese botín apelando a  una democratización en la forma de hacer circular la información que esconde la intensión de hacerse con el mismo poder de forma discrecional. Los voceros de ambas partes, el teatral Guillermo Moreno y el filoconspirador Héctor Magnetto obran de adalides de la libertad de prensa. Que personas con intereses tan disimiles sostengan posiciones tan encontradas sobre un mismo hecho deja relucir una cuestión fundamental: la interpretación crea realidad. No es lo mismo poner el acento en un detalle que en otro. Cuando se hace mención al hecho de que David Graiver recibió dinero del grupo guerrillero Montoneros se pretende decir algo. Cuando explícitamente se dice que su viuda Lidia Papaleo fue secuestrada – desaparecida y que en esa condición fue obligada a firmar la venta de la empresa, se pretende otra cosa. Sea cual fuere la interpretación que se sostenga, sea el informe Papel Prensa que la Presidenta Cristina Fernández presentó ampulosamente o la colección de editoriales de Magnetto, Fontevequia y los Mitre, la realidad resultante puede ser distinta.

Al otro día de la cadena nacional donde se presento el informe, Jorge Lanatta hizo una de las reflexiones más lúcidas sobre el tema :

Dijo “son viejos pasándose facturas” y acertó en lo fundamental. Un problema de negocios entre grupos fue maximizado hasta el punto de transformarse en un tema de urgencia nacional. Se montó una prioridad allí donde antes no la había. Porque la mayoría de la gente hace diez años desconocía los entretelones de Papel Prensa aunque ya había monopolios mediáticos que ejercieran presión sobre los gobiernos. Pero nadie en la política nacional desconocía esto. De buenas a primeras la sociedad entera se vio instada por la Presidenta y por los medios que le respondieron a tomar partido cuando ninguna de las dos posiciones las tiene todas consigo. Si se apoya a uno, se es enemigo del otro. Se intentó y se intenta cotidianamente que se acepten los errores y las vergüenzas de uno de los bandos en pos de destruir al enemigo. Apelando a viejos idearios y concepciones de lo político ya caducos se trajo al presente la diada “ellos o nosotros”. ¿Por qué debe ser así? Lanatta lo resume bien. ¿Por qué si se es progresista se debe adherir al proyecto de quienes no lo son realmente? ¿Por qué si se es progresista, sea lo que fuere que esto signifique,  se debe adherir a la intentona de quien está más preocupada por el qué dirán de los diarios que por el hambre y la sensación de inseguridad de la gente? ¿Por qué, si no se hace, se está de parte de un monopolio? Ahora bien, ¿se está en contra de la libertad de expresión y la libertad de prensa si se considera que el papel es un producto de bien público? ¿Se es autoritario y “chavista” si se pretende que aquello que es un mercado monopólico deje de serlo?

Construir una realidad así es empobrecerla. Y esa pobreza le exige al espectador de eso que se muestra a pensar tranquilo. A dar y darse la libertad de pensar fuera de los cánones de lo políticamente correcto, porque esto se ha vuelto una trampa. ¿Dónde está la corrección hoy día? ¿En los editoriales de una mujer sospechada de apropiación de menores o de un matrimonio sospechado de enriquecimiento ilícito? ¿En los reclamos de inocencia de un hombre que subejecuta presupuesto y avala el espionaje o en los espasmos místicos de una mujer incapaz de generar consensos mínimos dentro de las fuerzas que ella ha fundado? Porque ni Clarín, ni La Nación, ni Pagina 12 ni la secta fundamentalista de 6,7,8  describen la realidad tal cual es. Todos ellos tienen intereses, a todos les va el bolsillo en ello. No es sólo ideología, es también dinero. Y no está mal. Lo que está mal es querer montar una realidad de magnitud nacional sobre algo que jurídicamente tiene un nombre: falsedad ideológica■