La ocupación temporaria del Parque Indoamericano que aconteció recientemente desnudó el problema de la vivienda y la cuestión de la tierra de un modo sopresivo, violento e indisimulable. Pero también evidenció las particularidades de las transmisiones televisivas que cubrieron dicho acontecimiento con una nitidez que dejó al descubierto su trasfondo ideológico, económico y cultural.

Hace unos días, los medios televisivos nos revelaron algunos aspectos ocultos del paisaje que identifica a la Ciudad de Buenos Aires: un paisaje de características urbanas que trasluce la presencia y la influencia de una multiplicidad de elementos heterogéneos y, por momentos, contradictorios. En este caso puntual, nos abrumaron con imágenes que estuvieron relacionadas con el problema de la vivienda y, por lo tanto, con la cuestión de la tierra: algo que explotó de un modo sorpresivo, violento e indisimulable como consecuencia de una pluralidad de causas que actuaron conjuntamente y que, además, generaron un espectáculo de caracteres sensacionalistas y xenófobos que provocó las reacciones más diversas. Tal diversidad —reflejo de una sociedad civilizada, moderna, contrastante e injusta que alberga, por un lado, a quienes viven en casas o departamentos amplios, cómodos, elegantes y lujosos y, por el otro, a quienes sobreviven en casuchas precarias o, directamente, en plazas, veredas y calles— motiva a más de un análisis, más de una reflexión y más de un comentario.

Sin lugar a dudas, y acorde con las miserabilidades que aparecen en la superficie de la sociedad, cada vez que los pobres se enfrentan entre sí, protagonizando hechos dolorosos e irreparables como la ocupación del Parque Indoamericano, es decir, la usurpación de un espacio público que estaba abandonado, aunque algunos funcionarios porteños digan lo contrario, contó con la colaboración de individuos que perseguían un beneficio político, económico o de otra clase. Pero, la intervención de estos individuos con los fines expuestos no modifican la verdad que yace detrás de lo sucedido o, por lo menos, no la modifican de una manera sustancial. Quienes ocuparon temporariamente la superficie del parque, más allá de su instrumentación o no por parte de dichos personajes, procedieron de esa forma, una forma extrema y desesperada, a raíz de un mal que afecta desde tiempos inmemoriales a un sector importante de la población: la falta de viviendas. Previsiblemente, las cámaras de televisión, salvo algunas excepciones honrosas, no exhibieron con seriedad la problemática de esos pobladores. Y, en cambio, sólo se limitaron a realizar una transmisión efectista que, en más de una ocasión, alimentó las inclinaciones morbosas y las opiniones racistas de una parte de la audiencia.

La presentación de la pobreza y, en particular, de algunos aspectos de ella desde una perspectiva estigmatizante por parte de las empresas que tienen a su cargo las emisiones televisivas, es algo que no provoca ninguna sorpresa. Sin embargo, la difusión de su imagen durante las veinticuatro horas del día, sin ningún instante de respiro, por obra de los adelantos de la tecnología comunicacional, resulta algo novedoso o, en su defecto, infrecuente. En medio de este panorama, la posibilidad de ingresar en el mundo de los pobres, tanto de los que tienen poco como de los que no tienen nada, desde la comodidad de un sillón, con una cerveza fría en la mano, es un beneficio de la vida burguesa que se encuentra al alcance de cualquiera… de cualquiera que se encuentre en condiciones de disfrutar dicho beneficio, por la circunstancia de pertenecer a la categoría de los que observan, en lugar de integrar la especie de los que son observados. Asimismo, la posibilidad de ver a los pobres «tal como son» o, dicho de otro modo, tal como son presentados por la televisión con la objetividad que la caracteriza, es un agregado que permite opinar con la sapiencia de un experto en cualquier momento y en cualquier lugar. Aquí, en este punto, la transformación de un grupo de pobres que abandonaron una villa y ocuparon un predio, en un espectáculo que resalta o tiende a resaltar los aspectos más desagradables de su pobreza con el fin de captar el interés del público y, por ende, de derrotar a los canales de la competencia, plantea la necesidad de abrir un debate sobre la eticidad de los medios de comunicación y, en especial, de los programas informativos.

A lo expresado, debemos agregar el contenido ideológico del mensaje que fue transmitido con la excusa de reflejar la crudeza de la realidad, sin ningún tipo de intermediación. Tal mensaje, reiterado hasta el hartazgo por los comunicadores y los analistas «independientes», exhibió a los ocupantes del Parque Indoamericano como los integrantes de una horda atemorizante que actualizaba el recuerdo de los malones y, por esa razón, la imagen de la barbarie: de esa barbarie que atraviesa la historia argentina y reaparece periódicamente en el escenario cotidiano, para despertar el horror y sembrar la devastación, según la mirada de quienes consideran que están en la vereda opuesta o, con más exactitud, en el lado de la civilización.

De un modo impiadoso, tanto de día como de noche, los medios mostraron a los vecinos de Villa Soldati —generalidad que incluyó a los extraños que llegaron a esa zona con el propósito de apedrear o balacear a los ocupantes del predio y que, llamativamente, excluyó a los conocidos de la «Villa 20» que irrumpieron en ese espacio verde y olvidado que no tiene el aspecto de otros espacios públicos de la ciudad—, con una actitud que —al combinar el espanto, el desconcierto y la indignación—, despertó la compasión, la simpatía y el apoyo de la gente. Al respecto, corresponde aclarar que nadie cuestiona la disconformidad de los que percibieron la ocupación de un espacio que les pertenecía en parte, por el hecho de reunir los caracteres de un ámbito abierto y público. Mas, esa disconformidad, lamentablemente, acompañó actos de violencia verbal o física que despertaron los fantasmas de la xenofobia y el racismo: dos males que degradan a las sociedades, a los sectores y a los individuos que los padecen.

Por otra parte, la alimentación de esta clase de reacciones y, por su intermedio, de la inquietud general, a través de las pantalla de los televisores, por un Jefe de Gobierno que agravió a los inmigrantes, exigió la intervención de la Policía Federal o de la Gendarmería Nacional con el propósito de garantizar la represión de los intrusos y reclamó la presencia del Estado olvidando que él es su representante desde que asumió la administración de la Ciudad, evidenció otra faceta de los medios de comunicación masiva que merece más de una observación. A raíz de lo dicho, debemos entender que la cobertura periodística de los acontecimientos que se produjeron en Villa Soldati —ocupación del parque por un número importante de familias indigentes, producción de enfrentamientos entre los que defendían la ocupación de ese espacio público y los que cuestionaban tal ocupación, intervención de personajes con intereses oscuros, actuación de efectivos policiales que procedieron con una violencia extrema, presencia de grupos armados que accionaron contra ambulancias, móviles periodísticos y personas que quedaron muertas o heridas, etc.—, respondió a una lógica económica y, en última instancia, a una lógica política. Sostener, a esta altura de los acontecimientos, que dichas lógicas no estuvieron presentes implica, lisa y llanamente, una muestra de estupidez, ingenuidad o cinismo que no habla muy bien del portador de ella■