Desde la opinión pública hasta cualquier programa de TV, pasando por profesionales y pseudo-entendidos, la cuestión de la “escalada delictiva” que está atravesando desde hace años el país, aunque de una forma más concreta y dramática en la actualidad, mezcla diversos aspectos de un complejo panorama vernáculo.

Opiniones encontradas se debaten diariamente en una búsqueda afanosa por encontrar soluciones a corto plazo que mitiguen el clamor “popular”, en vez de respuestas transformadoras reales: desde un pedido de mano dura, una reducción de la edad de imputabilidad, un anhelo -por suerte cada vez más minoritario-, del regreso de las fuerzas militares, hasta la pena de muerte.

Luego de un periodo de endeudamiento, una falsa realidad del 2×1, hasta el fin de la fiesta con De La Rua, atravesamos una de las mayores crisis económica, social y política que registre la historia, eso es indudable. Quizás debamos para analizar esta problemática conformada por diversos planos apelar a algo que suele dejarse en desuso: la memoria.

Tal vez sea esta la causa del fenómeno, quizás solo ella y un análisis profundo -sin intereses oportunistas- sean necesarios para entender lo que nos pasa y buscar soluciones coherentes, más allá de la demagogia reinante.

De Lombroso a las Juntas Militares y el gatillo fácil: como construimos nuestro sistema punitivo/represivo y paralelamente nuestro olvido.

Los ojos pequeños y falsos, la frente huidiza, largos brazos peludos, la cabeza grande, y sobre todo los maxilares muy desarrollados que imprimen al hombre un aspecto bestial. 
Lombroso
Según Tiscornia, “no existe en Argentina una tradición sociológica importante de estudios sobre violencia, o sobre criminalidad, o inseguridad urbana. Los estudios han estado hegemonizados por las ciencias jurídicas y penales pero, incluso, la criminología jurídica tampoco ha alcanzado un desarrollo similar al del derecho penal…adolecen de gravísimos problemas metodológicos y solo sirven como argumentos variables para demostrar, según la ocasión, la disminución o el aumento del delito y pedir, según quien las utilice, leyes más duras y menos garantías procesales”.

Muchos plantean que lo que necesitamos es ante todo más mano dura y una reducción de la edad de imputabilidad, debido al incremento actual del delito durante la infancia y adolescencia, como hoy por hoy se está discutiendo.

En relación al primer reclamo, es importante no olvidar que los argentinos sufrimos durante el periodo militar, sin lugar a dudas, una fuerte y cruel dosis que aún resuena de mano dura. Miles de desaparecidos en medio de la suspensión de todas las garantías constitucionales, torturas, muertes, detenciones, apropiación de menores, persecuciones, censuras, prohibiciones.

Quizás algunos disientan la apelación histórica, pero ¿cómo podemos entender el estado actual de violencia en que vivimos y la policía que tenemos si no revisamos primero los errores y horrores del pasado? ¿Acaso no fue también el sistema policial co-partícipe y cómplice de las torturas? ¿No forman parte también de la mayoría de los delitos de alta envergadura?

Pareciera que ciertos sectores valoran dicho periodo trágico y siniestro como un periodo de tranquilidad donde “se podía salir a la calle”; para otros constituye aún hoy una herida que poco a poco intenta curarse -desde los juicios hasta la revalorización social de aquellos que hoy ya no están junto a nosotros-; herida que inexplicablemente vuelve a abrirse con cada Julio López, con cada Luciano Arruga.

Haciendo un poco de historia y remontándose a periodos anteriores, el aparato policial y punitivo del Estado se constituyó bajo una concepción positiva -de tradición lombrosiana- como puede notarse en textos de José Ingenieros, con arquetipos del delincuente que tal vez ahora parezcan cómicos pero que si uno revisa el ideario policial, o al menos los motivos expuestos por detenciones o, incluso si uno revisa el material de estudio de los policías en formación, son principios que aún siguen vigentes, quizás de un modo más sutil.

Si más mano dura implica aumentar los poderes del sistema policial o introducir a gendarmería a las calles, como lentamente se intenta, uno debería pensar en manos de quién estamos otorgando semejante responsabilidad.

Pensemos que a un policía de la provincia de Buenos Aires, luego de algunos meses de preparación, se le entrega un arma reglamentaria, legal, y sale a la calle. ¿Qué clase de formación se le puede dar a una persona en tan solo algunos meses como para otorgarle un arma, para darle la responsabilidad de salvaguardar vidas y arremeter contra la de otros?

Los arquetipos de antaño lamentablemente siguen hoy vigentes: el sucio, el desaliñado, el negrito, el “bolita” o el peruano siguen siendo el objetivo de las detenciones por averiguación de antecedentes. Es normal y bien visto -prueba de accionar eficiente- que se detengan colectivos en el conurbano para requisar gente, claro está que esto nunca sería bien visto si se realizara en pleno Palermo donde muchas veces las banditas de “chicos bien” atacan en sus noches de “sana diversión” a otros por su no membresía  o simplemente por diversión.

Apelando a lo sucedido en el indoamericano, y la continua criminalización de los inmigrantes de países vecinos, es bueno recurrir más a los datos concretos que a especulaciones fantasmagóricas: tan solo el 10% de los presos en el país son inmigrantes, de los cuales solo el 5% es de países limítrofes, el resto son europeos por cuestiones vinculadas al trafico de estupefacientes.

Muchos enarbolaron la ficción (no porque sea imposible, simplemente porque no se la quiere llevar a cabo) de la depuración en el seno de la estructura policial, incluso se introdujo el estudio de derechos humanos como curricular de la formación, mientras miles de casos de detenciones ilegales, apremios y torturas seguidas de muerte en comisarías, así como enfrentamientos fraguados, se denunciaban y se denuncian aún hoy por familiares y agrupaciones como la CORREPI (Coordinadora Contra la represión Policial e Institucional). Seamos claros, no se puede vivir sin un Estado (poseedor legitimo del uso de la violencia/fuerza) que garantice la seguridad, pero tampoco podemos continuar sosteniendo el ideario del “algo habrán hecho”.

Arquetipos de las víctimas en los medios: la profesión y el barrio de origen rankean más en las tragedias

Para ciertos sectores, esta ola delictiva es un buen pretexto para poner en marcha nuevamente discursos de derecha, altamente autoritarios que pugnan por un Estado para pocos, con un brazo represor más amplio y fuerte para la mayoría, los otros.

Se pide pena de muerte, como paliativo o agente disuador de la delincuencia quizás. Pues la realidad nos muestra que en los países en donde esta es aplicada la tasa de reincidencia o comisión de delitos no ha sido alterada, en algunos casos hubo un recrudecimiento de estos, lo cual nos lleva a plantear: ¿está nuestra desbordada y cuestionada justicia preparada para ello? Realmente lo pongo en duda. La justicia dista de ser expedita, y en muchos casos equitativa. La pena de muerte no bajará por si misma jamás los índices de violencia, es una solución efímera, solo enquistaría mayor violencia a nuestra sociedad. Con la pena de muerte, no se buscan causas ni procesos para intentar transformar la sociedad, solo hacer desaparecer lo indeseable,  o al menos trata de recrear esa ficción. No soluciona la exclusión ni la pobreza, no soluciona la discriminación ni el olvido, mucho menos la cuestión carcelaria, que de tanto en tanto ancla en las discusiones de la sociedad.

Nadie se plantea seriamente una reforma del sistema penitenciario, tan solo sigue siendo ese deposito en donde los “inadaptados” terminan de hacer su “master en delinquir”, donde muchas veces transan con las propias autoridades para hacer la diferencia o mínimamente tratar de sobrevivir. No existe una reincorporación real. Si no piense qué haría usted si necesitara un empleado y se presenta un ex convicto. Definitivamente están excluidos, aun habiendo cumplido su deuda con la sociedad, mientras otros que formaron y forman parte del poder siguen en la calle.

Es muy difícil para la sociedad hacerse cargo de la situación actual sin antes señalar, buscar en su coyuntura e historia la causa de la ola de violencia en donde todos son participes. En una sociedad donde, a pesar de algunos avances, amplios sectores siguen quedando fuera y siguen constituyendo el arquetipo, en donde no se pueden generar expectativas, es muy difícil bajar los niveles de delincuencia y menos en la juventud, que se ve cada vez mas a sí misma sumida en la no esperanza de un futuro real, con una variedad de drogas baratas al alcance. Y entonces sí, se “entiende” que es más fácil criminalizar al niño que darle el lugar y respeto que se merece durante su desarrollo.

Siempre existirán los que rompen el pacto social (a la fuerza o por voluntad propia), la cuestión estriba en cuánto somos capaces de hacer para modificar el todo y no aliviar las partes que solo nos competen, cuánto somos capaces de sacrificar a largo plazo para un futuro más inclusivo.

Sigue siendo una cuestión social, es innegable. Desde los medios, el tratamiento de los casos de la delincuencia suele estar atado a las credenciales sociales de las víctimas y la baja calaña de los damnificados: “Asesinaron al hijo del ingeniero”, “Asaltaron al médico”, y el resto en la mayoría de los casos, bien gracias.

Justamente se trata de resaltar esto no como una cuestión de combate clasista sino para que reaccionemos y dejemos de consumir aquello que nos corroe como sociedad, retroalimentando la diferencia y exclusión.

¿Se puede hacer algo realmente sin caer en extremismos superfluos?

No intento justificar la delincuencia, no puedo tratar de justificar a alguien que quita la vida de otro por un par de zapatillas o por resistirse. Solo trato de pensar cómo un chico de cinco o seis años, que vive en la calle, “colocado”, olvidado, golpeado, sin familia o con una familia abusiva, puede valorar su vida o la de los demás y no terminar en la delincuencia ¿Qué posibilidades reales puede tener? En esta sociedad, de seguir así, ninguna. Es por eso que para el que nunca tuvo nada sino violencia, hambre y olvido, para aquel que vive sumido en el limbo del paco, para aquel que siente que su vida no vale nada, nada tiene que perder si muere, y entonces es más fácil entender cómo puede matar por un celular o un auto.

Tampoco se trata de estigmatizar la policía ni proponer un Estado sin un aparato que garantice seguridad y el cumplimiento del pacto social.

Creo que al menos para intentar ensayar algunas respuestas (nunca serán suficientes), primero hay que subsanar ciertos olvidos del pasado, empezar a reparar el daño. Por ejemplo, juzgar a aquellos que por su membresía de poder aún circulan libres, los responsables ideológicos de Darío y Maxi, de Fuentealba, de Mariano…

Para plantear una reforma total, habría que comenzar desde el Estado, la policía, los poderes…lo que sería virtualmente imposible. Pero no entremos en un callejón sin salida o en aquel viejo latiguillo de que los DDHH son solo para los delincuentes. Los DDHH son para todos.

La educación no es un slogan de campaña, no es un dato estadístico más. La revalorización y jerarquización es un paso seguro y fuerte para brindar mejores herramientas a la comunidad. El respeto y la dignidad del ser humano deben ser componentes naturales de nuestra cotidianeidad.

Los abusos de autoridad, ya sean pedidos de coimas o detenciones ilegitimas, no deben ser tolerados. Si miramos para un costado poco se podrá hacer al respecto.

La memoria debe seguir siendo revalorizada, para aprender de los errores del pasado, y si se planteara un cambio del sistema policial, habría que replantear todo su cuadro de formación así como brindar posibilidades dignas para poder suprimir el propio círculo delictivo.

Las leyes penales no pueden ni deben reformularse por oportunismos políticos. Se necesita un consenso social, consultar a expertos no solo criminólogos sino historiadores, sociólogos etc., quienes pueden brindar importantes herramientas en el análisis profundo de la situación actual, en lugar de opinólogos.

Estar atentos ante todo a los clientelismos políticos de muchos medios quienes irrumpen y bombardean constantemente las pantallas con noticias poco cuidadas en su tratamiento alentando el morbo y la violencia, tampoco podemos dejarnos encantar por las fantasías de soluciones inmediatas de políticas y derechas en ascenso. Estos discursos ahondan en el pensamiento por sus slogans de soluciones tajantes y radicales como única fuente de seguridad.

Las soluciones nunca podrán ser a corto plazo si se quieren soluciones reales y concretas. Debemos atravesar un largo proceso si realmente estamos dispuestos a buscar otra forma de vida, no solo para los que están adentro sino sobre todo para dejar pasar a la mayoría que queda tras el alambrado. Y sobre todo debemos repensarnos a nosotros mismos y tratar de comprender lo que vivimos, recordarlo y hacernos cargo de una vez por todas de las omisiones y errores cometidos■