Si no se cuenta El cumpleaños de mi mejor amigo, película de muy bajo presupuesto realizada en 1987 y de la cual se conserva sólo un montaje de 30 minutos, se debe nombrar a Perros de la calle (1992) como el primer largometraje que realiza Quentin Tarantino. A partir de la fascinación que les causó la lectura del guión, el productor Lawrence Bender y al actor Harvey Keitel producirían la película que daría el puntapié inicial y definitivo al cine de la década del 90.

De niño Tarantino robaría de un mercado cercano a su casa un ejemplar de la novela  de Elmore Leonard The switch. Por este acto sería detenido por las autoridades del local y acompañado por la policía hasta su hogar. Elmore Leonard influenció al director en los largos diálogos sobre nimiedades que sus personajes sostienen y que sirven como herramienta narrativa para introducir al lector en la historia. Años después Tarantino adaptó una de sus novelas, Rum Punch, en la película Jackie Brown. Por lo tanto he aquí dos modos absolutamente contrarios de apropiarse de un mismo objeto que apasiona: de niño inflinge una ley y es detenido; de grande, se apropia de las leyes del cine al lanzarse a la titánica tarea de filmar una novela.

 En la historia de los grandes artistas existe la presencia de un punto cumbre, un momento determinado en donde nada falta, como quizás en las producciones anteriores a su aparición, y nada sobra, como probablemente suceda en las posteriores. O sea, la condensación justa de los temas de un artista, tanto a niveles de forma como de fondo. Si bien existió una rendición total de público y crítica frente a Pulp fiction se sostiene que la auténtica obra maestra de Tarantino es Kill Bill, justamente por tener la característica citada. Si Tarantino filma aquello que ama, es en esta película en donde esta intención aparece de mejor forma. Sus tres primeras producciones representaron un camino para llegar a contar la historia de La novia. Posteriormente tanto A prueba de muerte (extraordinaria) como Bastardos sin gloria seguirían la misma línea aunque sin llegar a la perfección de la película co-protagonizada por David Carradine.

 La madre de Tarantino, Connie, dio a luz a su hijo a los 16 años. Le puso el nombre Quentin debido a un personaje que Burt Reynolds interpretaba en una serie de televisión llamada “Gunsmoke”. Una madre trabajadora y de fuerte carácter que se hizo cargo de la crianza de su hijo de manera solitaria ya que su pareja, un actor de poca monta, la abandonó sin enterarse del embarazo a los dos meses de casados. Connie se casó a los 15 años por decisión propia y probablemente de su personalidad advenga el típico rasgo que comparten los personajes femeninos de las películas de su hijo: la fortaleza.

En sus inicios debido a su trabajo en “Video archives” Tarantino fue catalogado por la crítica como un director proveniente de “las cintas de video”. Aunque fue a partir del desarrollo de su carrera que se comprobó que eso fue nada más que un pequeño capítulo de su vida, probablemente una reedición. Cuando niño, la madre de Quentin trabajaba y dejaba a su hijo en los “Grindhouse” [1] donde pasaba gran parte de su tiempo. Tarantino confesó tiempo después haber tenido en esa época una obsesión con la película Abbot y Costello contra los fantasmas (1948, Charles Barton); varias veces su madre tuvo que llevarlo a ver esta cinta en donde se hacía una sátira de los míticos monstruos de la Warner.

 En los sujetos existe un momento en donde el lenguaje todavía no es ordenador, un momento más bien mítico, primitivo. Probablemente esto no ocurra nunca de esta forma por estar inmersos desde siempre en el lenguaje. Se propone entonces una metáfora: considerando la situación planteada quizás se puede pensar que en un cine, en donde todo es mirada gozante, nada ordena. Es casi como si un niño quedara prendido a la propia imagen en el espejo sin que nadie lo saque de allí, por medio de la voz, del lenguaje, que es aquello que ordena el caos de puro goce. A Tarantino la cuestión le pasó por el mirar. El goce estuvo en la mirada y allí se estableció su modalidad gozante. Debido a la novela familiar en la que el director estaba inmerso se podría decir que el cine fue, en palabras lacanianas, un nombre del padre, un factor ordenador. Ordenó y al mismo tiempo determinó un modo de goce. Tarantino quedó por siempre en esa sala junto a su madre, junto a Abbot y Costelo, junto a los fantasmas.

 

El cine de Tarantino es un cine fetichista. Kill Bill posee una belleza visual muy elaborada y cientos de homenajes. La lista es interminable pero se pueden nombrar algunos: la colección de anteojos de colores en el auto del sheriff al inicio del primer volumen son una réplica al interior del auto del personaje principal de la película de H.B. Halicki Gone in 60 seconds; gran parte de la música corresponde a las bandas sonoras de algunos de los mejores Spaghetti westerns jamás filmados, tales como El gran duelo o Navajo Joe. Actores de culto como Sid Haig (quien lo utilizaría de un modo definitivo Rob Zombie en 1000 cuerpos y su secuela Los renegados del diablo); auténticas rarezas, como el animé de “El lobo solitario y su cachorro» en el final del volumen 2 y la presencia del mundo del cómic en el gran monólogo que Carradine realiza sobre Superman. Hasta aquí las referencias. Es grande la tentación de enunciar todas las que se pudieron reconocer a lo largo de los dos volúmenes pero se necesitaría al menos de dos artículos más para poder hacerlo.

Es curiosa la frase que el director dijera en alguna oportunidad: “Dios es mi patrón y las películas mi religión”. Tarantino filma poco y según él es debido a nombrarse a sí mismo como un director al que le gusta mirar películas. Es decir que vuelve, una y otra vez, a ese momento primigenio de goce absoluto anteriormente nombrado.

Pero Tarantino supo pasar de la mera repetición a un saber hacer con su modo de goce, realizando un rito que no es lo mismo que quedar preso de la repetición.

La cuestión pasa por saber trastocar la mera repetición y convertir a la cosa en un ritual, en donde lo simbólico ordene y aparezca una decisión de repetir para así poder disfrutar realmente de ello.

Entonces, ¿cuál es en definitiva la religión de cada individuo? Desde aquí se propondrá que es el síntoma de cada uno, el modo de goce que cada sujeto posee y que una vez reconocido lleva a un pasaje de la repetición al ritual religioso.

Algunos no saben que hacer con su modo de goce. Tarantino podría haberse quedado toda su vida mirando la tele por la noche luego de un trabajo de varias horas, podría haberse quedado mirando malos partidos de béisbol en los estadios o simplemente convertirse en un fisgón. Pero supo convertirse en un gran director de cine.

 Así como Nietzsche recurrió a Mahler para dar cuenta de la cara festiva de la vida, hoy se toma a Tarantino. No se lo trae en este caso para cuestionar la moral imperante tal como Nietzsche lo hizo en su momento sino para aprender del camino que Tarantino traza: localizar el punto de goce de uno, trastocar el quedar víctima de él en una repetición para poder pasar al rito, que es la repetición buscada desde una posición conocida. Es decir, saber disponer y saber hacer con el goce de cada uno.

Menuda tarea, muy compleja, casi como filmar una película

 


[1] Los Grindhouse eran salas barriales en donde se proyectaban películas de supuesta calidad “inferior” debido a su poca producción y la “explotación” de determinados temas tales como el sexo o la violencia.  De allí derivó el llamado cine de “explotación”, esto se refería al uso de determinadas temáticas veladas en la televisión. Surgieron así sub-géneros tales como el “Blaxploitation”, “Sexploitation”, “Spaghetti westerns”, películas de artes marciales, de nazis, giallos, etc. Generalmente se pasaban en funciones dobles. Tarantino hizo un homenaje a tal modo de hacer cine en su película Death Proof, díptico montado junto a Planet terror de Robert Rodríguez. Ambas fueron estrenadas en EEUU bajo el título “Grindhouse”. La aparición del video dio lugar a la desaparición de tales salas.