Percibo un tono elevado y asimismo coyuntural de la discusión sobre la NES. Este tono tiene como destinatario (¡una vez más!) un adversario eternamente despreciado por la filosofía occidental. ¿Es éste el camino?

Presento ahora en dos puntos mi posición (pido disculpas por lo esquemático y me refugio en el poco espacio disponible):

1. Preferiría no tomar las motivaciones coyunturales como línea argumental general de la discusión pública sobre la NES. Tales motivaciones, además de cortoplacistas, me parecen insuficientes, parciales y, llevadas las cosas al extremo, casi una objeción en contra de la obligatoriedad de la filosofía en la NES.

Para iniciar la discusión pública, nuestra corporación gremial filosófica o una parte de ella –en táctica nada innovadora, creativa y menos aun crítica ha elegido la posición idealista o, mejor, espiritualista standard. Se ensaña con un adversario bajo que la filosofía occidental construyó desde su origen griego: el rústico que, al querer razonar en términos de utilidad, no sabe que la utilidad también es idealidad y, para colmo de males, no distingue entre Sócrates y un cerdo satisfecho. Suponemos de entrada que nuestra discusión es con el cerdo satisfecho. Subestimamos. La idea (o el espíritu) equivale al filósofo (que yo soy) y el cerdo es quien se opone al emisario tal idea: “La depreciación del espacio de la Filosofía deja al descubierto la orientación general de un proyecto que amenaza con desplomarse en el cambio cosmético y el vaciamiento de sentido, de modo que la Nueva Escuela Secundaria termine constituyendo un retroceso que ahonde las deficiencias de un ámbito que espera transformaciones profundas”[1]. ¿Estará ligada esta apocalíptica con la coyuntura política y con las próximas elecciones de agosto y octubre? Probablemente. Incluso los organizadores de la presente discusión incluyen entre sus preguntas una inquietud interesante, pero formulada también de modo archi-coyuntural: “Las modificaciones en cuestión [de la escuela secundaria en la C.A.B.A], ¿se corresponden, entran en tensión o directamente son contrarias al «espíritu» de la nueva ley de educación promovida por el gobierno nacional?”.

Me concierne nuestra exasperación (la del discurso filosófico actual) al vernos interpelados (amenazados, cuestionados o impugnados) por inútiles o acusados de impertinencia curricular y/o irrelevancia cultural. Me parece entrever que nuestra argucia espiritualista, además de demodée, no es más que el envés de un reclamo corporativo. El reclamo me parece perfectamente legítimo, pero puramente particular. Y en la medida en que se trata de un reclamo, es decir, de una demanda social, el lenguaje espiritualista o la bizarra postulación de un derecho a la formación filosófica son aliados poco convenientes. Creo en cambio que ésta es una oportunidad para pensar si la filosofía o, mejor dicho, los que de un modo u otro la practicamos tenemos algo que decir y ofrecer a la “sociedad” y al “Estado”. Esto me lleva al segundo punto.

2. Creo que la filosofía tiene que estar presente en el curriculum de la escuela secundaria. El sentido de este enunciado depende con todo del enlace de los términos “filosofía”, “presente” y “curriculum”. Supongo que algunas de las preguntas que conducirían a algunos enlaces significativos serían las siguientes:

¿Qué problema estamos discutiendo: el lugar del filósofo, el de la filosofía, el de la asignatura en la NES o nuestro puesto de trabajo? O mejor: ¿qué mediaciones establecemos entre lo existencial, lo profesional, lo gremial y lo disciplinar?

El prediseño curricular, ¿lesiona necesariamente intereses (existenciales, profesionales, gremiales) de los filósofos?

¿Es la filosofía la única instancia de pensamiento crítico?

¿Puede la filosofía afirmar o ser algo más que crítica?

Si se pregunta a un músico, un matemático, un biólogo si la disciplina que practican debe estar presente bajo un formato escolar en la educación primaria y secundaria, seguramente dirán que sí. A los filósofos profesionales o docentes de filosofía, cuando se nos pregunta lo mismo, respondemos de igual manera. Pero las razones que damos son mucho menos claras y concretas y, para colmo de males, arrancamos del saber absoluto como de un pistoletazo. En ese sentido, lejos de afirmar que lo “claro” y “concreto” sean más (o menos) importantes, me pregunto cómo podemos discutir de modo político en la esfera pública con quienes no son profesionales de la filosofía. Éste es nuestro problema eterno, al menos mientras dure. ¿Cómo conversa el discurso filosófico experto con la “sociedad civil” (a la que en términos generales desprecia porque la sociedad civil intercambia)? ¿Cómo lo hace con “el Estado” (al que en términos generales subestima porque el Estado es el reino de la obediencia y/o la burocracia)?

Centrar la “defensa” de la filosofía, es decir: de los puestos de trabajo de profesionales de filosofía, en la escuela secundaria enarbolando el concepto “ciudadanía crítica” o “crítica” es perder en lo político, lo profesional, lo existencial, etc. El inmovilismo espiritualista o la indignación criticista son obstáculos epistemológicos y políticos en el plano profesional y público. Soy conciente de que no puedo esclarecer aquí esta posición de modo suficiente, pero prefiero afirmarla y aportar insuficientes argumentos que acaso pueda desarrollar en otro momento.

Con la “crítica” no se come, no se cura ni se educa. En el escenario contemporáneo, ¿quién podría tomarse en serio que sin filosofía no hay crítica? Sociología, psicoanálisis, crítica literaria, antropología, ¿no son acaso saberes críticos? ¿No desmontan lo “naturalizado”? ¿No “deconstruyen las prácticas”? En el caso de que nuestro paladar negro nos hiciera proclives a tolerar únicamente la crítica filosófica, el argumento cambia. La filosofía puede ser un espacio de exploración de diversos modos de sentir, pensar y actuar, pero no se desentiende de las condiciones político-institucionales que los hacen posibles. La crítica, desde Kant en adelante (la filosofía anduvo bien sin ella previamente) está al servicio de otra cosa. Al servicio de esa posibilidades de existir y no de la crítica misma. La crítica es sierva de la libertad.

Cada cual sabe al servicio de qué figura de la libertad trabaja. Ahora bien, si no trabajamos a favor de ninguna figura, ¿qué sentido tiene la crítica? Flaco favor nos hacemos entonces cuando reaccionamos, nos indignamos, nos enojamos y finalmente nos defendemos en lugar de atacar, es decir: de imaginar (no ahora, sino a cada momento) en qué otros espacios, además del tradicional (curricularmente protegido), podemos estar y aportar■


[1] Infofilosofía, número extraordinario, junio 2013. El portal de la SAPFI se pronuncia en la misma línea e incluso atribuye el surgimiento de la asociación a la resistencia ante “otros intentos históricos de excluir la Filosofía del plan de estudios de la escuela secundaria, sea por criterios economicistas de reducción de gasto público o por enfoques tecnocráticos o prejuicio utilitarista no fundado” (http://sapfi.org.ar/index.php?option=com_content&;view=article&id=16&Itemid=23).


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