Este editorial surge a dueto con el siguiente interrogante: ¿Hay alguna alternativa de centro izquierda y progresista que puede llegar a constituirse como un frente a un peronismo de tibia centroderecha?

Comencemos este espacio analizando dos datos. Uno bien concreto; el otro, un poco más abstracto. En primer lugar, el próximo año será la primera experiencia –desde el regreso de la democracia– en que un gobierno peronista deba gobernar sin una clara mayoría en el Congreso. En segundo lugar, en un clima político no muy claro, el Gobierno kirchnerista se ubica a sí mismo como la centro-izquierda de nuestro país. Todo lo que está al costado de Néstor Kirchner y Cristina Fernández aparece –a su entender– como la derecha (o, como dijo D’Elía, a la izquierda del kirchnerismo hay una pared). Así, quienes en las Cámaras se venían oponiendo a proyectos de ley o a determinadas políticas no se admitían como alternativas progresistas, sino oligárquicas.. 

A partir de la renovación de las bancas, hay nuevos espacios que surgen y que poseen una oportunidad histórica para confluir. Un desafío que supera cada individualidad y los ubica ante una verdadera propuesta de centroizquierda progresista. Entre ellos, pueden destacarse ciertos sectores de la Unión Cívica Radical, de la Coalición Cívica, de Proyecto Sur, del Partido Socialista, ARI, entre otros. En el trascurso de la semana, este periódico tuvo la posibilidad de dialogar con varios de sus líderes y, a pesar de las excelentes perspectivas que plantean estos nuevos espacios, vale preguntarse cómo actuarán en el contexto de la Agenda parlamentaria y cómo será la actitud del kirchnerismo ante ello.

El principal interrogante es el propio oficialismo. El sistema de alianzas es aún más nebuloso que el anterior. Antes que volcarse a la estructura pura del PJ –debiendo ceder espacios a los compañeros “históricos”–, parece que Kirchner se orienta a consolidarse en otros sectores (en “la militancia”, con toda la pompa y la mística que eso implica). Se pueden ver algunos movimientos, pero hasta el momento constituyen un interrogante. Veamos un ejemplo: la presencia del matrimonio presidencial en al acto de Moyano con la CGT puede dar un indicio sobre dónde busca hacer pie este proyecto (por llamarlo de algún modo) ¿Buscará consolidarse en una estructura de trabajadores formalizados? La CGT es, precisamente, eso: la asociación de trabajadores formalizados. ¿Buscará impulsar al líder camionero para el 2011?, ¿para qué cargo?, ¿presidente, gobernador, intendente?

Si este el kirchnerismo camina por este sendero farragoso, ¿cuáles deberían ser los núcleos duros de una propuesta progresista?, ¿qué prioridades deberían tener en cuenta para confluir a pesar de las eternas diferencias?; y nuevamente, ¿el oficialismo va a apoyarse en la estructura del PJ (determinando una nueva derrota política de una fuerza que podría haber sido emergente) o reavivará la trasversalidad? Aunque, en realidad, parece que la oportunidad de reactivar la trasversalidad ­–incorporando sectores políticos de la oposición– recibió una dura estocada con el cierre del diálogo. Sumado a ello, el plan de cooperativas profundizó la crisis con los movimientos sociales díscolos. No obstante, vale decir que con el gobierno nunca se sabe. Dado que es indiscutible que va a querer continuar en el poder, deberíamos preguntarnos qué nuevo (si lo es) sistema de alianzas va a formar.

Pero esta confusión no es patrimonio exclusivo del oficialismo. Y cuando esto sucede, los antecedentes trauman. Rememorar la última confluencia de sectores no peronistas dejó una lección histórica dura: el progresismo del Frepaso fue anulado políticamente por el neoconservadurismo del radicalismo afín a De la Rúa; el saldo es por demás conocido. Esa es el principal callejón que tienen las fuerzas que se arrogan el rótulo del progresismo: el peso relativo que pueden tener en un régimen de alianzas de estas características. Unirse sólo por el espanto (o no fijarse en los aliados) no constituye –si es que aprendimos la lección– una salida lógica. Para finalizar, entonces, cabría preguntarse: ¿cómo se puede constituir una política progresista coherente, sólida y políticamente viable?

En Andén abrimos el debate, sin ánimos de cerrarlo de un portazo■