Este número de Andén es muy particular. Acaso porque el tema lo amerita y todos los participantes nos quedamos con la sensación de que hay mucho no dicho, no por omisión sino porque sus aristas son muchas y complejas. El lector se dirá que no quisimos trabajar, que hicimos un número así nomás; y la verdad es que si llega a esa conclusión luego de leer el presente no tenemos mucho que agregar al respecto. Pero no nos resignamos a nuestras propias limitaciones, porque así como dedicamos este número a los trabajadores y a sus devenires del mismo modo nos dedicamos este número -sabrán disculpar la egolatría- a nosotros mismos.


En América latina la situación del trabajador no es distinta a la de otros países del mundo aunque sí más acuciante. Otras realidades más amables con el obrero le brindan redes de contención social de las que nuestra región carece. Sin embargo, no siempre ha sido así, un ejemplo claro y distinto es la controvertida figura de Juan Domingo Perón que creó prácticamente desde la nada misma un sistema de ampliación de derechos laborales inédito en el mundo. Sin dictaduras del proletariado. Sin fascismos ni de facto ni de iure. Aquellos que gustan de mirar la historia con un solo ojo dirán otra cosa, y razón no habrá de faltarles. No la tendrán toda consigo.

La argentina no puede obviar, al tratar cualquier cuestión vinculada a lo laboral, la figura del primer peronismo como mojón insoslayable de los derechos de los trabajadores más desprotegidos. Tampoco puede saltearse, así sin más, su concepción industrialista que permitía la existencia de esos mismos trabajadores. Claro que no es este un editorial en defensa del viejo león herbívoro (que los dioses lo tengan en la gloria y no lo suelten) sino una semblanza (pequeña) sobre el contexto histórico donde surge el tema que hoy nos reúne en la argentina moderna.

El miércoles 17 de mayo de 2010, la presidenta Cristina Fernández al visitar una cooperativa en el barrio porteño de Mataderos dijo: “siento que la Argentina es también una gran fábrica recuperada, una gran fábrica que en algún momento se cerró”; y a pesar de sí misma, la expresión es lúcida y acertada. La gran fábrica Argentina que se inició con el peronismo al que ella pertenece y soñó con ser grande bajo la presidencia de Frondizi en algún momento quebró y desplomando sus techos sobre millones de trabajadores propició el surgimiento de movimientos de desocupados que idearon o acertaron en crear mecanismos de supervivencia inéditos. Ese fenómeno que tantos intelectuales en plan turista vinieron a estudiar tuvo entre sus objetos a las fábricas recuperadas, fábricas sostenidas por la necesidad de comer de sus eslabones más pequeños, fábricas autogestionadas por la no resignación, por aquellos que valoraron recién allí, al borde del abismo, su condición proletaria.

El cronista de discos utiliza en su nota, de forma irreverente, como es su costumbre, aquella frase con la que Marx y Engels dan inicio a la que quizás sea la pancarta más movilizadora de la historia del movimiento obrero: “el manifiesto comunista”. Más allá de las implicancias políticas, ideológicas, sociales e históricas, esa frase da cuenta de un nuevo universo que hasta entonces no había sido pensado y justipreciado en su real magnitud, probablemente porque nacía con ella. El trabajador asalariado ya no era aquel que el gran George Duby describía en el fundamental Economía rural y vida campesina en el occidente medieval sino que se asemejaba más a lo que años después describiría Fritz Lang en su film Metrópolis, un engranaje absolutamente descartable y numérico del proceso de industrialización mundial. Entre aquella no tan idílica realidad de la Europa apenas poblada y la distopía futurista y en vías de globalización se encontraban los comunistas científicos del siglo XIX y nosotros.

En las orillas tecnológicas de ese cambalache se posiciona la nota de Giselle Méndez sobre los vínculos del Gobierno con el mundo de los blogs informativos presentando una costado cada vez más relevante de la batalla por la información. Cesar Maffei, un poco más tradicional, en la nota inicial nos da un shock de datos y fechas para tener presentes cada vez que uno se disponga a trata el tema con seriedad y precisión. Y la frutilla del postre laboral la dan los reportajes que realizaron Juan Ignacio Basso a Luis Coria y María Belén Morejón al antropólogo Andrés Ruggeri, quien dice, sobre los cambios en la mentalidad de los trabajadores, que “se dan, pero de ninguna manera son tan automáticos”.

Lo que Andén pretende con todo lo que dice y deja de decir es generar un avance, por diminuto que sea, en la reflexión de aquello que no es tan automático; propiciar, aun en sus críticas más descabelladas y en sus razonamientos menos razonables, un segundo de análisis en sus lectores. Lectores que no dejan de ser trabajadores por variopinta que sea su actividad. Lectores que, como todos los que trabajan para ganar su pan, deberían pensar el próximo 1 de mayo que en aquel fusilamiento de Chicago, aún sin nacer, también murieron■