Sobre la utilización de los fondos, el rol del congreso y el discurso oficial. El gobierno de Cristina Fernández se encuentra en una encrucijada, desde que perdió las elecciones del 28 de junio. Observa la perdida del control del Congreso como una caída libre de sus aspiraciones reeleccionistas y como una pérdida de la centralidad política. Con este diagnóstico la Presidenta de la Nación, tanto en términos discursivos como en la práctica, juega con temas caros a nuestra historia política.

Con un discurso de centro izquierda, arremete contra el Banco Central para pagar parte de la ilegítima deuda externa a la banca internacional, luego de haber sostenido por varios años a su Presidente, Martín Redrado, lo hecha por no acatar el decreto de necesidad y urgencia “progresista”. Con ello vulnera la autarquía del Banco Central y se gana un nuevo argumento de los sectores que no ven con buenos ojos al gobierno.

Esta semana el gobierno fue más allá, luego de haber manejado durante años al Congreso a su antojo, pierde la mayoría y los estribos. En un solo día realizó discursos y acciones que dañan profundamente al país, la misma presidenta que se jactaba de no haber firmado ningún decreto de necesidad y urgencia, ejecutó dos decretos con el objeto de pagar a los acreedores internacionales, denunció a miembros del Poder Judicial, al vicepresidente y a  la oposición de querer “desestabilizar” al gobierno. Incluso para ir mas allá dijo que no se acatará a los fallos judiciales, que no negociará con la oposición y hablo de golpismo.

Aquí tenemos varios elementos para pensar:

a)      Que una Jefa de Estado asegure que no acatará a un fallo judicial deja un funesto antecedente en nuestro estado de derecho. Si la Presidenta desafía y desconoce a la justicia, el mismo argumento puede utilizar cualquier ciudadano de a pie y uno de los poderes del Estado queda vulnerado desde uno de los poderes del Estado.

b)       Desde la asunción del nuevo gobierno, la Presidenta desconoce a su compañero de fórmula colocándolo en un rol inexistente, es decir, lo utilizó para las elecciones y cuando llega al gobierno lo descarta. Uno puede pensar que esto es lógico después de la resolución 125, pero si repasamos las acciones anteriores al voto “no positivo” esto es más una consecuencia que una causa del alejamiento del gobierno. No contento con hacerle un vacío político, hoy lo acusa de desestabilizar al gobierno.

c)      La no negociación con la oposición, luego del espaldarazo electoral que sufrió el 28 de junio marca una ceguera política y da mayor lugar a la acusación de ser un gobierno autoritario. Es verdad que hay una porción de la oposición que tiene posiciones radicalizadas con respecto al gobierno, pero siempre quien detenta el ejecutivo le cabe la mayor responsabilidad.

d)      Por último, y lo que me parece más grave y de una irresponsabilidad superlativa, hablar de golpe de Estado en un país donde todo el siglo XX estuvo signado por gobiernos militares, en una coyuntura en donde se consumó el golpe de Estado en Honduras, es realmente grave. Máxime cuando el consenso, no sin contradicciones, ganado en la sociedad argentina en torno a la democracia como forma de dirimir los conflictos es general. No existe ningún argumento racional que pueda sostener la posibilidad de un golpe de Estado en nuestro país.

Todo esto se inscribe en la dinámica de la política argentina, en donde la mayoría de los actores políticos piensan más en su posicionamiento personal que en el beneficio de la mayoría de la población. En el medio, la ciudadanía común es víctima de la fauna política, que busca dar el mayor zarpazo.

El hombre no
puede renunciar nunca a
los sueños, el hombre no
puede renunciar nunca a
las utopías. Es que luchar
por una utopía es, en
parte construirla…