Aunque el debate en el congreso en  torno a la aprobación del matrimonio civil haya finalizado,  se nos presenta la oportunidad para seguir discutiendo qué entendemos por familia y por “normal”.

Salimos del closet

El catorce de julio pasado ocurrió un hecho histórico, no sólo para nuestro país sino también para América Latina al aprobarse en el Congreso la ley que permite a personas del mismo sexo contraer matrimonio. Una vez más, nuestro país es pionero en la región en el tema de ampliar los derechos civiles (buscar voto femenino y divorcio).

Pensar en estas reformas implica, más allá de lo meramente formal, un cambio en la  apreciación cultural de los homosexuales.  Así como sucedió en otros avances importantes como el voto femenino o la ley del divorcio, esta medida tomada desde el Estado ayuda a visibilizar actores que  antes permanecían ocultos o bien eran abordados la mayor parte de las veces desde el prejuicio y la ridiculización.  Hace medio siglo, ser hijo de madre soltera provocaba vergüenza y desprecio; hace treinta años, tener padres divorciados era lo peor que podía pasarle a un chico. Hoy en día, estas situaciones están lejos de ser condenadas socialmente y se asumen con total normalidad. Así, es probable que dentro de pocos años los matrimonios homosexuales y sus hijos sean vistos como una variante más entre las diferentes formas de familia que existen en nuestra sociedad.

Definiendo la normalidad

Los ejemplos citados anteriormente son útiles para ayudarnos a pensar como definimos lo “normal”. La  apelación a lo “natural” y “normal”  fueron de los argumentos favoritos entre quienes se oponían a la nueva ley de matrimonio, pero no es exclusivo de estas circunstancias. Este razonamiento es identificable cada vez que se intenta modificar el estatus de un grupo.  No era natural que los negros tuvieran los mismo derechos que los blancos, tampoco que las mujeres voten o aspiren a ser independientes económica y emocionalmente. Sin embargo, éstas y muchas otras situaciones de desigualdad fueron rebatidas y los cambios incorporados a nuestro sentido común. Lo “normal” en cada sociedad se va construyendo a lo largo del tiempo, es un terreno en disputa.

¿Cómo se lo explicamos a los niños?

Durante el debate en el Congreso, varios Senadores expresaron su preocupación acerca de las posibles consecuencias de la nueva ley. Como sosteníamos antes, el hecho de reconocer públicamente la existencia de personas homosexuales que encima tienen los mismos derechos que nosotros, “los normales”, iba a demandar explicarles a los chicos de qué se trata la homosexualidad. ¿Seré que nuestros legisladores no tuvieron un compañerito, maestra, vecino, amigo o conocido sospechado de tener inclinaciones sexuales diferentes? ¿Será que muchos de nuestros conciudadanos recién ahora descubrieron la existencia de la homosexualidad?

Es verdad que los adultos tendrán que explicar o al menos nombrar lo diferente, y por eso mismo ésta es una excelente oportunidad para abordar las diferencias (no sólo en materia de nuestra sexualidad) desde una óptica que nos aleje del prejuicio y nos acerque a la compresión y aceptación del otro. Pero este debate nos ofrece también la posibilidad de problematizar aspectos tan naturalizados y por eso mismo tomados como hechos incuestionables. En definitiva, el nudo de este debate se centra en el rol que se espera que cumplan hombres y mujeres.  Así como nuestra sexualidad no puede ser definida solamente por la genitalidad, tampoco podemos condicionar nuestros modos de pensar y hacer simplemente por los órganos sexuales con los que nacimos, dado que el aspecto biológico es sólo una de las dimensiones que componen al ser humano. Como se señaló anteriormente, el aspecto cultural está continuamente en disputa. En ese terreno de lucha debemos seguir combatiendo  para avanzar hacia la igualdad■