Ayer mismo, mientras trabajábamos en una clase de piano, la primera de las Gymnopédies de Erik Satie, traté inocentemente de entusiasmar a mi alumno diciéndole que esta piecita es buenísima para levantar alguna minita. “Tocate una que sepamos todos” le van a decir en alguna velada festiva con piano incluido; y él, impávido, va a conquistar una damisela interpretando esta preciosa obra. Recordé entonces, que cuando tenía algunos años menos de los que tengo ahora, tocaba a cuatro manos la Danza húngara Nº 5 de Brahms con otro pianista -que en aquella época se ganaba el pan tocando música funcional al piano en un resto-bar-teatro muy cool del barrio de Almagro/Palermo/Recoleta-; recordé además, que cada vez que tenía ganas de recibir unos aplausos sin demasiado esfuerzo, me apersonaba en el citado bar de la calle Mario Bravo para enardecer a las masas con este hitazo de la música clásica. 

En la citada clase, luego de relatar estas escenas palermitanas, me levanté de mi silla para ir a escribir en un papel lo siguiente: “Música clásica para levantar el ánimo”. Finalizada la tarea educativa, me dediqué a explorar esta idea. Por mi cabeza pasaron Eine kleine Nachtmusik K. 525 y la Sonata en Do Mayor K. 545 de Mozart, La Primavera de Vivaldi, el Aleluya del Mesías de Haendel y otras tantas, pero eran opciones muy obvias para dedicarles algo más que una mención. El Pedro y el Lobo de Prokofiev merece un capítulo aparte, y no sé si califica como hitazo. Los valses de los Ballets de Tchaikovsky (op. 66a Nº 5 y op. 71a Nº 8) siempre tienen un lugarcito en los baúles memorables. Mientras más pensaba, más caía en lugares comunes y en otros bien propios, pero me alejaba de la selección musical levanta-ánimos, y me quedaba con otra de música clásica conocida y buena onda.

 

Entonces me dije: “Eliminemos las marchas fúnebres (como el tercer movimiento de la segunda Sonata para piano op. 35 de Chopin) y las canciones de cuna (como la op. 49 de Brahms); los enamorados a otra parte: que se lleven la Marcha Nupcial de Wagner (de Lohengrin) y la de Mendelssohn, que desaparezcan por los yuyos con ese Claro de Luna que escribió Debussy como tercer número de su Suite Bergamasque. Nada de desangrarse con el Adagio op. 11 de Barber. Me dije que no me interesaba las músicas lentas y parsimoniosas (como la marcha Nº 1 de Pompa y Circunstancia op. 39 de Elgar o el Also Sprach Zaratustra de Strauss[1])”. Prohibí las apariciones de piezas de miedito (como la Toccata y Fuga en re menor BWV 565 de J.S. Bach o A Night on Bald Mountain de Mussorgsky) y, por cuestiones políticas, le dije NO a las marchas militares (como las de Sousa y la Entrada de los gladiadores de Fucik). Me fui quedando con lo más divertido e interesante.

La Danza del Sable de la tercera suite del  ballet Gayaneh de Katchaturian inicia el listado oficial de hitazos pum para arriba de la música clásica.

 Los dibujitos animados. ¡Gracias a Bugs Bunny por la obertura de la ópera Il barbiere di Siviglia de Rossini, a Tom y Jerry por la Rapsodia Húngara Nº 2 de Liszt y a la grandiosa Fantasía, la de 1940 y la 2000 también por: la suite del Ballet El Cascanueces op. 71a de Tchaikovsky (completa), por la obra de música programática El aprendiz de brujo de Paul Dukas, por el ballet miniatura Danza Delle Ore de la ópera La Gioconda de Ponchieli, por el Finale de Le carnaval des animaux de Saint-Saëns, y otras tantas…! El gran Roberto Gómez Bolaños hizo lo propio cuando, como soundtrack de su más extraordinario personaje, utilizó la Marcha Turca por las Ruinas de Atenas op. 113 Nº 4 de Beethoven.

 

 

  La ópera: género que logró imprimir un sello indeleble en la memoria colectiva. Si discrepan, los desafío a que encuentren otro género que –al menos- le haga sombra. Si no, fíjense: La Habanera de Carmen de Bizet inicia la lista de hitazos operísticos. Verdi tiene dos: La donna é mobile de Rigoletto y Libiamo ne’lieti calici de La Traviata. Wagner aporta mucho con el preludio del tercer acto de Die Walküre. Rimsky-Korsakov, quizás sea más conocido por El vuelo del moscardón, interludio orquestal que cierra el tercer Acto de su ópera El cuento del Zar Saltán, que por otra cosa. Antes de terminar esta lista de celebridades operísticas, vamos a engrosarla con el gran Rossini, creador de tantos momentos musicales inolvidables: la obertura de La Gazza Ladra, el Largo al Factotum de Il barbiere di Siviglia y la obertura de Guillaume Tell (que recomiendo escuchen enterita). Para terminar bien, bien arriba, los invito a bailar todos tomados de los hombros el Infernal Gallop de Offenbach, incluído en la Opereta Orphée aux enfers.

 

“Tocate una que sepamos todos”, le van a decir; y él, impávido, va a tocar mucha música clásica■


[1] Richard que no es Johann, el de los valses vieneses (como el Danubio Azul, tan presente en casamientos y fiestas de 15)