Durante muchos años, cada 12 de octubre se celebró el Día de la Raza como signo de la llegada de los españoles a nuestro continente. La mentalidad colonialista nos hizo creer que lo foráneo era lo puro, lo mejor, lo superior. Y que lo originario, era el subdesarrollo, era lo troglodita. Hoy ya no se festeja ese “día de la raza” si no se evoca la invasión colonialista. En Bolivia se debate una Ley contra el racismo como parte de esa revolución que lideran Evo y los pueblos originarios.

 

La memoria es una jueza implacable. La memoria siempre te persigue. La memoria no te permite la impunidad. Perder la memoria es perder todo. El ser humano sin memoria es cosa, es nada, es ausencia, es inexistencia. La memoria cuando está viva, construye, libera, te permite pensar, analizar, amar, llorar, reír y valorar la vida y la historia.

Gracias a la memoria jamás olvidas. Por ejemplo, siempre recuerdas a la persona que te trató bien o que te trató mal. Cuando alguien te humilla, te pisa, te ignora, te basurea o te ningunea, lo grabas para siempre en tu mente y en tu corazón. No es resentimiento. Es memoria simplemente. Y no hay mayor humillación que el maltrato y la discriminación.

Uno de los grandes pecados y castigos de nuestra historia es el racismo. Es la maldita mentalidad de creernos que somos superiores ante el otro, que somos mejores frente al vecino, que estamos destinados por designio divino a mandar y que los otros, “los menos”, deben obedecernos y rendirnos honores.

La pobreza es posible enfrentarla. El hambre también se puede soportar. La historia de nuestros pueblos en América Latina nos demuestra que los humildes, los excluidos, los vilipendiados, los pisoteados, los escupidos, los apartados, los rechazados, los marginados han tenido el coraje de sobrevivir resistiendo.

Y sólo se resiste cuando se tiene dignidad aunque no se tenga dinero, comida, vestido, trabajo. La dignidad es la identidad cultural, es la conciencia que tenemos por dentro, es la decisión interior de no quedarse en el suelo cuando nos golpean y nos humillan. La dignidad es superior al color de la piel, a la religión institucionalizada, a la lengua, a la geografía, al estatus social, al dinero.

El mayor castigo que sufrieron nuestros pueblos, especialmente los originarios, los indígenas, los campesinos, fue el racismo. Por supuesto que tanto en la Colonia como en la República, los sistemas económicos fueron salvajes porque, además de quitarle el pan de la boca al pobre, los portadores del mal violaron, saquearon y entregaron nuestros recursos naturales. Pisotearon la sagrada Madre Tierra: La Pachamama.

Ejemplos de la humillación, del racismo y de la discriminación, existen en gigantes cantidades. Los racistas fueron paridos por un sistema colonial que invadió nuestras tierras y que violó a sus seres humanos. Empuñando una maltratada cruz evangelizadora, los barbudos europeos fueron los primeros racistas y discriminadores porque llegaron con la prepotencia, la soberbia y la impunidad.

Enviados por los inmorales monarcas -que nunca trabajaban para comer el pan del día sino vivían con la sangre de sus vasallos-, los misioneros y los invasores consideraron como animales sin alma a los originarios. Y hasta hicieron teología con esa mirada bárbara de la vida. No faltaron “santos padres”, es decir Papas, que echaron agua bendita a los criminales y humilladores.

El primer acto de racismo se dio de esa manera. El “indio”, según ellos, era el no ser, la nada, el instrumento de trabajo. Por lo tanto no debía recibir trato digno sino “domesticación”, “civilización”. En realidad lo sometieron, lo oprimieron, lo esclavizaron, lo discriminaron.

De ahí heredamos el racismo. Nos formaron con esa mentalidad invasora y soberbia. Por eso, inclusive los mestizos, los descendientes de originarios fuimos y somos racistas frente al humilde. En Bolivia –país en el que estalló un enorme debate por la Ley contra el Racismo y toda forma de Discriminación- para expresar el mayor insulto a un persona siempre se usaron las palabras “indio” o “t’ara” (ignorante). En tiempos republicanos, se institucionalizó de facto la diferencia entre “cambas” y “collas”. Es decir, los habitantes de la región oriental (llano) y occidental (altiplano).

Los unos: “blancos”, de elevada estatura, “limpios”, “lindos”, “inteligentes”, “católicos y romanos”; los otros: “negros”, enanos, sucios, feos, ignorantes y “adoradores” de objetos y no del “dios” de los invasores.

Cuando un originario estuvo a punto de llegar a la presidencia, los “hijitos de papá”  -como decimos en Bolivia a aquellos jovencitos que gozan de lujos gracias al dinero de sus padres millonarios- hacían miles de bromas como aquélla: “Mi papá dice que si el t’ara Evo gana la Presidencia…. nos vamos a ir a Miami… Entonces, yo voy a votar por el indio. Ya estoy harto de ver collas sucios…”.

Por eso, el mayor golpe al “Reino del Racismo” en Bolivia fue que un indígena sea Presidente en un país donde el colonialismo nos hizo creer que los blancos habían sido enviados por Dios para que manden a los negros o a los indígenas.  ¡Fue la gran revolución! El “Jacha Uru”, el Gran Día. El nuevo amanecer. El auténtico año nuevo. Y no por Evo sino por el acontecimiento.

Los originarios siempre fueron considerados “los menos” pese a que  eran “los más”, siempre fueron vomitados por la falsa sociedad de los “buenos y puros” (y vagos explotadores) pese a que los indígenas no sólo producían los alimentos sino que además daban su sangre en la mina, en las guerras, en las luchas por la liberación.

Nos hicieron creer que todo lo que venía de Europa era lo mejor; que los teólogos y filósofos de ese continente tenían la palabra divina y la razón pura. Por eso quisieron destruir la forma de pensar y sentir de los originarios, destruyeron sus monumentos como las huacas, templos originarios, creencias, sistemas de producción, de convivencia, música, tejidos. Pero no pudieron.

Los originarios fueron como los árboles fuertes. Les cortaron las ramas, los frutos, el tronco, pero no pudieron con las raíces. Y esas raíces son la dignidad, la sabiduría popular que se transmite de boca en boca, es la filosofía de la vida; y no aquel “conocimiento” de los filósofos europeos que además de ser repetidores de frases su pensamiento es parido por un laboratorio.

Para los patrones que estaban acostumbrados a someter a latigazos a los humildes, fue terrible ver que la torta se vuelque. No pudieron creer que un indio sea presidente o un aymara esté de canciller, no se tragaron ver a una empleada doméstica de ministra de Justicia, echaron su grito al cielo cuando el Parlamento, el Palacio, la Corte Suprema o las FF.AA. empezaron a tener olor a pueblo.

De la revolución boliviana, tal vez no sea lo más importante la distribución de la riqueza o los grandes logros económicos que está obteniendo un presidente indígena e izquierdista al que, además los “sabios mediáticos”, no le daban ni 6 meses de vida en el poder, sino la inclusión, el protagonismo, la visibilidad de los que fueron “ocultados”  por el sistema colonialista y republicano neoliberal.

Digan lo que digan los nostálgicos de la derecha y “embajadores” del colonialismo racista, ahora en Bolivia es difícil pensar en un gobierno sin tomar en cuenta a los que siempre fueron pisoteados. El gigante que estuvo dormido no sólo despertó, está caminando, tiene voz, trabaja, no está mirando de palco, no está de visita en Palacio, no está de adorno folclórico. Es un ser humano como todos, con derechos y obligaciones, pero especialmente con dignidad■