Hace unos meses, una amiga tenía que hacer un trabajo práctico. Tomar las fortalezas y las debilidades de un candidato. Eligió a Pino Solanas. En el intercambio empezamos a notar que había un problema: la edad del cineasta, 74 años; casi la misma edad que Yrigoyen y Perón cuando asumieron sus últimas presidencias. Empezamos a hablar de la debilidad que eso le generaba a su construcción política. ¿Qué pasaba si él moría? ¿Cómo quedaba el armado? ¿Cómo se apuntalaba, en pos del proyecto, a un referente de la segunda línea? ¿Quiénes se harían cargo de la sucesión, dado que –por ejemplo– Alcira Argumedo es de la misma generación? Quedan Claudio Lozano y otros referentes, pero no tienen la proyección nacional de Pino. Es un problema complejo de resolver: pese a las críticas que hace Proyecto Sur a las estructuras verticalistas, las reproduce por medio de un liderazgo fuerte y centralizado –que, a fin de cuentas, cobijaría la congruencia de la propuesta–. Genera un interrogante en el mediano plazo.

Recuperé este intercambio momentos después de la muerte del ex presidente Néstor Kirchner. Pensé que no era lo mismo: Proyecto Sur es, más bien, una fuerza emergente que tiene crecimiento en determinados puntos, mientras que el oficialismo tiene proyección nacional y está sustentado –sin dejar de lado la posibilidad de que entren en crisis de legitimidad, como ya han entrado anteriormente– en estructuras sólidas (el PJ y la CGT). Pensé en el cesarismo político como opción. Es un tipo de hacer política –en nuestro país, al menos– desde el gobierno de Hipólito Yrigoyen. Se interpela al pueblo desde el liderazgo centralizado. Es un movimiento que actúa de arriba hacia abajo (aquí no importa si es progresista o reaccionario, sino el modo de funcionamiento). El objetivo del impulso gubernamental es construir legitimidad desde la cúpula. Construir y conservar la hegemonía. Esa palabra demonizada por la derecha, como si ellos siendo gobierno no intentarían construirla. ¿Se puede hacer mediante el mero consensualismo?, ¿sólo con los acuerdos?, ¿sin conflictos? Parece un planteo infantil.

Diluir la cuestión problemática de la política es, sin duda alguna, neo-conservador. Es plantear que todo se puede solucionar llegando a un simple acuerdo entre partes, es tratar de solucionar algo específico sin siquiera bosquejar la cuestión de fondo. Las profundas desigualdades en una sociedad como la nuestra, con una concentración altísima en lo económico, no se reparan con la buena voluntad de los poderosos. La puja distributiva no tiene una solución mágica (a una medida redistributiva se le puede responder con una mayor presión inflacionaria, con el objetivo de erosionar los ingresos y aumentar –o sostener– el margen de ganancias). Se tiene que producir una confrontación entre los sectores en pugna. El proyecto del diputado Recalde, que impulsa la participación de los trabajadores en las ganancias que no son volcadas a la inversión, deja muestras claras de la decisión del capital concentrado de no ceder ni un milímetro.

Pensando la cuestión de la hegemonía (que me perdone Gramsci por la vulgata, o por ser demasiado lineal), pensé en cómo fue reconstruyendo el gobierno su capital político desde la derrota electoral de 2009. Por ejemplo, la ley de medios fue apoyada por sectores que no eran (ni son) afines al gobierno; el matrimonio igualitario también. Hubo resistencias al interior del propio oficialismo (el gorilismo peronista no enrolado en la fracción disidente), pero no se transformó en una diáspora –como la ocurrida luego del conflicto con las patronales agropecuarias–. Se apoyó en distintos sectores de la sociedad civil, lo que hizo que incrementara su capital político (aunque las alianzas se mantengan incólumes: el núcleo duro del PJ y la CGT). Ya no se puede caer solo en la denuncia de que el impulso del oficialismo proviene del asistencialismo y el aparatismo político (aunque sigan existiendo). El oficialismo siempre fue un espacio pluri-clasista, pero los sectores concentrados pueden soltarle la mano si otro espacio político ofrece mantener las condiciones actuales con un menor riesgo político.

Las muestras de apoyo y de afecto en la despedida al ex Presidente plantea interrogantes, teniendo en cuenta quiénes fueron los sectores más afectados por esta pérdida. En estos días se irá vislumbrando cuál es la decisión política del gobierno, cómo va a continuar su construcción política. Si se cierra sobre sí mismo o si sigue manteniendo la apertura a sectores de la sociedad civil. A un año de las elecciones presidenciales, es un fenómeno digno de interés■