¿En qué dirección está evolucionando el modelo sindical argentino? La respuesta merece una perspectiva histórica y conceptual. El sindicato es una institución esencialmente reformista, cuya naturaleza radica en la representación política y laboral de los trabajadores asalariados frente al Estado y en la relación con otros sectores económicos y sociales, para mejorar las condiciones de vida de sus representados. Luego de las últimas dos o tres décadas de transformaciones profundas en los modos de producción, la revolución tecnológica y la globalización económica, sumados a las políticas neoliberales, que trajeron como consecuencia la precarización laboral y desprotección de los trabajadores, es posible observar también importantes cambios en el papel que representan y pueden representar las asociaciones gremiales en una sociedad democrática.

Superada la etapa anarco sindicalista  (1890 1920), surgieron en Argentina dos grandes corrientes en el movimiento obrero. Una se correspondió con la hegemonía del socialismo revolucionario y el sindicalismo reformista. A sus márgenes y en correspondencia con el inicio de la industrialización sustitutiva en el país y la consolidación de la URSS en Europa, surge en Argentina el sindicalismo comunista en los años 30. Pero esa primera línea de fuerza se desarrolla acompañada por otra, de tipo político cultural, que se transformará en dominante a partir de 1930: la “nacionalización” del movimiento obrero y una concepción sindicalista propiamente dicha. Como lo han escrito reconocidos historiadores y sociólogos como Julio Godio, entre otros, este proceso se inicia con la presencia de banderas argentinas junto con las legendarias banderas rojas en los mitines obreros, y finalizará con la adhesión de la mayoría de los sindicatos al peronismo.

Ambos procesos en el interior del movimiento obrero tuvieron un denominador común: entre 1920 y 1930 hubo diferentes centrales sindicales socialistas y sindicalistas con participación de los comunistas. Desde 1930 hubo una CGT que se dividió en dos luego de la Revolución militar de 1943. Pero lo que nunca se dio, salvo raras excepciones, fue que un sindicato de rama o sector se dividiese internamente para optar por una u otra central nacional. Los trabajadores argentinos fundaron autónomamente el principio de unicidad sindical: un solo sindicato por rama, especialmente en industria, bancos y comercio. Este fenómeno progresivo es preexistente al peronismo y adoptará forma legal con el régimen de personería gremial  (derechos del sindicato más representativo) durante el primer gobierno de Perón dando lugar a lo que se da en llamar “sindicalismo de Estado”.

Se considera por ello comúnmente que el peronismo es la identidad político- cultural del movimiento obrero argentino desde 1945 hasta los tiempos contemporáneos. Pero esa matriz cultural no se explica solamente por principios corporativos sindicales, sino también por un principio de identidad más amplio: el reconocimiento de los trabajadores como ciudadanos por el Estado, y la garantía de que efectivamente lo son en la medida en que estén vigentes los derechos laborales y sociales.

Los sindicatos han tendido a identificarse mayoritariamente con el peronismo porque fue ese movimiento político el que los colocó como actores importantes dentro del Estado-nación como uno de los factores de poder. Con el peronismo se cierra el período de una clase social que todavía vivía entre dos mundos: entre sus orígenes extranjeros o rurales, y por las nuevas raíces nacionales formadas por la concurrencia de diferentes factores como fueron la industrialización, la escolarización, los matrimonios entre hijos de las migraciones, la unidad en la lengua castellana, etc. Peronismo y clase obrera nacional organizada han sido aspectos de un mismo proceso a partir de los años 40 del siglo pasado.

En este sentido, el modelo sindical peronista mantuvo su vigencia a lo largo de las distintas etapas y con independencia del tipo de gobierno. Hubo intención de modificarlo con la llamada “Revolución Libertadora”, mantenerlo bajo condicionamientos durante los períodos dictatoriales y transformarlo, tras la recuperación de la democracia, con el gobierno radical. El presidente Raúl Alfonsín impulsó sin éxito un proyecto de democratización sindical. El sindicalismo organizado como factor de poder sobrevivió a todos esos intentos. De tal modo, la implementación de las políticas laborales y sociales públicas, con eje en las negociaciones colectivas y el sistema de seguridad social, le permitieron colocarse como actor sociopolítico representativo frente a las asociaciones empresarias. El Estado encuentra en él un interlocutor para negociar salarios y condiciones de trabajo y los empresarios prefirieron siempre, en su gran mayoría, tener tratativas con un sindicato que con varios. Las impugnaciones más fuertes provinieron por lo general de los sectores conservadores y liberales.

Con la crisis de diciembre de 2001 parece cerrarse un ciclo que incluye más profundos replanteos en el modelo sindical. En primer lugar, porque la destrucción del aparato productivo produjo en forma inmediata una desocupación inédita superior al 20% y un 40% de la población en la pobreza. Los sindicatos y las empresas debían ser incorporados en el esfuerzo de reconstruir la economía, para lo cual, desde 2004, volvieron las negociaciones colectivas. Pero además, el desorden político también se expresa al interior del sindicalismo, potenciando nuevas corrientes o fortaleciendo otras. Ambos fenómenos respondían a una demanda de los trabajadores de reformulación de toda la estrategia sindical.

Si bien adaptado a las nuevas condiciones, el modelo sindical ha sobrevivido en sus fundamentos jurídicos, políticos y culturales. Se sigue manteniendo la ley de asociaciones sindicales que desde el primer peronismo postula un sindicato único por rama de actividad. Los trabajadores, por su parte, defienden las uniones y federaciones, aspiran a participar más en las empresas y reclaman más unidad en la base, es decir, transformar los cuerpos de delegados en instituciones que representen a todos los trabajadores y dentro de las cuales pueda funcionar un mayor pluralismo político sindical. La coexistencia de dos centrales o confederaciones como la CGT y la CTA da cuenta de ello. También, la coexistencia de dos culturas: la tradicional y verticalista, en vinculación directa con el poder político y la que impulsa una mayor democratización y descentralización de las decisiones y conducciones, con mayor autonomía respecto del Gobierno.

Representantes de los intereses de los trabajadores, los sindicatos se han constituido también, particularmente en tiempos de crisis, como formas de contención de la protesta y expresión controlada del descontento. No lo han sido, sin embargo, como agentes de una transformación más profunda en el marco de un modelo de desarrollo y a la altura de los desafíos de nuestro tiempo. Mucho se ha pensado, escrito y planteado a lo largo de la primera década del siglo XXI, acerca de la crisis de representación política reflejada en la debilidad de los partidos políticos y el exceso de personalismo, “caciquismo” y clientelismo. La crisis del sindicalismo tradicional y la vacancia de un modelo renovado de representación social de los trabajadores es, también, una de las asignaturas pendientes de esta Argentina del Bicentenario■