En estas jornadas que pasaron, se escucharon muchas voces; todas hacían hincapié en el dolor, en la tristeza, en la esperanza. Algunas menores, en el odio. Pero la referencia ineludible fue para la juventud que salió a las calles a darle respaldo a la Presidenta Cristina Fernández y la demostración de afecto por el líder perdido.

Algunos medios trataron de analizar prematuramente las razones por las que esta juventud tomó la plaza y levantó las banderas del kirchnerismo espontáneamente.

Hicieron hipótesis sobre la afección de los jóvenes por los mártires, otros de la idoneidad de un político de raza por “convencer” a estas mentes vírgenes (léase: lavarles la cabeza), otras, las mismas de siempre, subestimaron la capacidad analítica de los jóvenes militantes, simpatizantes o “gente común” que se acercaba a velar a Néstor Kirchner.

Pero lo que vivimos en esta semana fue mucho más que eso, quizás fue el punto más alto de una escalada que se venía gestando en nuestra sociedad hacía rato, y que se avizoraba en los movimientos de estudiantes porteños que tomaron los colegios secundarios, en repudio a las condiciones edilicias; en las movilizaciones por los juicios de la verdad, en los 24 de marzo; también en el asesinato de Mariano, el joven militante del P.O. durante una emboscada de la vieja burocracia sindical y sus grupos de choque.

En estos días hemos sido testigos presenciales de la pérdida del miedo. Un miedo que sembró la dictadura 35 años atrás, y que cosechó sus frutos en los 90 con una sociedad sedada por las compras en los shoppings de Miami, ante los abusos políticos de su época. Esta sociedad que marcaba a la política con un manto de prejuicio, y que la castigaba como a una mala palabra, engendró en nuestro país el desprecio por los valores militantes que nos llevó a la quiebra total de la Argentina en las fatídicas jornadas del Diciembre de 2001. Tuvieron que pasar largas generaciones para que el oscurantismo político en Argentina comience a dar paso a los rayitos de sol, hasta que por fin llegó el mediodía donde se presentó en sociedad un nuevo agente político, comprometido, participante y dispuesto a hacerse oír.

Los jóvenes que nos emocionamos hasta el llanto con la partida de Néstor Kirchner, estábamos celebrando nuestro nacimiento, la puesta en escena de la generación del 2000, por eso, entre las lágrimas del dolor, se filtraban algunas de algarabía; eran por este parto que nos costó la muerte de un hombre, cuyo mayor legado fue darnos ese espacio vital que necesitábamos para gritar a viva voz nuestro pensar, nuestro compromiso con una Argentina que nunca más será asediada por el miedo.

La politización de nuestro país necesito de un líder que encienda la mecha,  que contra todos los bomberos cobardes que se encargaron de tildarla de “crispación”, estalló rutilantemente el 27 de Octubre del 2010. El fuego que dejó se nutre de un futuro donde no tendrán lugar aquellos que soñaban con el retorno de una sociedad pasiva■