Día tras día, los medios masivos de comunicación nos machacan la cabeza con el flagelo de la inseguridad que asola a nuestro querido país. Una semana son los asaltos; la siguiente, las violaciones; la otra, los homicidios y siempre el narcotráfico, los que someten a la sociedad argentina a un carrusel orgiástico de inmoralidad, muerte y destrucción.

La imagen es conocida y es repetida incansablemente, de arriba hacia abajo, por los grandes medios hegemónicos, los especialistas de turno, los políticos opositores, los/as conductores/as de mayor rating, el tachero porteño, las señoras gordas de recoleta y la espantada clase media citadina. Todos al unísono exclaman que el país es un caos y que  ha caído preso de la delincuencia y la barbarie. Y todos al unísono señalan como responsables de la inseguridad a los sectores populares y a los inmigrantes de los países limítrofes, a quienes califican peyorativamente con múltiples epítetos como ser: pibes chorros, villeros, trapitos, bolitas, paraguas… y siempre, implícita o explícitamente, como negros de mierda.

 El corolario de este discurso hegemónico es la propuesta de mano dura como solución al problema de la inseguridad. Mano dura entendida como aumento excesivo de las penas, imposición de la pena de muerte, disminución en la edad de imputabilidad de los menores, negación a la excarcelación, incremento en el número de efectivos policiales, intervención de la gendarmería, criminalización de la protesta social, etc.

 Una propuesta que generalmente suele resumirse, por lo bajo, con la frase coloquial: “hay que matarlos a todos”. Según los heraldos de la mano dura, el panorama es desolador y como tal requiere soluciones drásticas que resuelvan el problema de raíz. Ciertamente, las estadísticas oficiales sugieren una situación bastante distinta, presentando al país como uno de los más seguros de la región; sin embargo, el discurso de la inseguridad y de la mano dura se muestra sumamente efectivo, y efectivo como pocos. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿cómo opera este discurso? ¿A qué se debe tal eficacia? ¿Cuál es la lógica subyacente de dicho discurso que lo hace tan atractivo y convincente para amplios sectores de nuestra sociedad?

Sobre este tema, lo primero que merece destacarse es que el referido discurso se viste simultáneamente bajo dos ropajes distintos, que aunque parecen antagónicos, no solo no lo son, sino que se fortalecen mutuamente. El primero de ellos, es el de la cientificidad y la anti-ideología. Desde esta perspectiva, el discurso de la mano dura se presenta como una doctrina objetiva, no contaminada por “delirios” ideológicos  de derecha o izquierda, y basada en teorías jurídicas, criminológicas, psicológicas y sociológicas con un supuesto  fundamento científico-social. Este declarado cientificismo, sin embargo, no le impide a dicho discurso presentarse, a la misma vez, como una respuesta casi de sentido común, una solución evidente y obvia frente al problema de la inseguridad, que sólo un necio se negaría a aceptar. De esta manera cientificismo y sentido común se apoyan mutuamente y le dan credibilidad y legitimidad a dichas teorías.

Consecuentemente con este pretendido cientificismo, el referido discurso opera con una lógica tecnocrática del poder, del Estado y de la política. Desde esta mirada, el complejo problema de la inseguridad debe ser resuelto por técnicos especialistas en la materia y no por políticos cegados por ideologías que les nublan la visión. Las respuestas que estos deben llevar adelante tienen que ser rápidas, eficientes y medibles cuantitativamente. Por ende, lejos de atacar las causas profundas de la inseguridad, dicho discurso apunta a las causas visibles e inmediatas y propone la represión policial, organizada desde el Estado,  como única solución burocrática al problema.

 Asimismo, un aspecto central de este discurso, es su lógica dicotómica. Lógica que implica dividir de manera antagónica a la sociedad y a los delincuentes, a los buenos frente a los malos, a los normales frente a los anormales, etc. Desde esta perspectiva, la sociedad y los delincuentes son entes separados y autónomos y el flagelo de la inseguridad no se debe a un complejo e intrincado problema social, económico y cultural, sino simplemente al accionar de  aquellos que por motivos culturales y psicológicos, se desvían de las conductas legales y normales atacando al órgano social.

 De esta manera, la sociedad es la víctima de la amenaza de un cuerpo extraño y enfermo que como un cáncer (siempre la metáfora del cáncer augura tremendas consecuencias) debe ser extirpado y aniquilado. Sin  embargo, lo más importante es que esta lógica dicotómica se basa a su vez en una antinomia fundamental, la de civilización o barbarie. En este relato de lucha a muerte entre dos polos enfrentados, los sectores medios y altos de tez blanca, descendientes de los europeos (el famoso y falaz lema: los argentinos descendemos de los barcos) aparecen como los representantes de la civilización y las instituciones estatales, los medios de comunicación, la iglesia y demás aparatos culturales oficiales como los garantes. Mientras que los sectores populares, de tez oscura, los negros de mierda, son la encarnación de la barbarie que con su incultura y su accionar amenazan con destruir los cimientos de la sociedad.

 Ahora bien, avanzando aún más en nuestro análisis, podemos decir que este discurso de la mano dura no responde únicamente a la particular deriva histórica de nuestro país, sino que está irremediablemente anclado en un esquema político, social, cultural y económico más amplio y profundo, que lo sobrepasa y lo contiene. Nos referimos a la colonialidad del poder y del saber, que desde el inicio de la modernidad/colonialidad se ha impuesto como una matriz global de poder, eurocéntrica, cientificista y racista, que sistemáticamente perpetua la subalternización de los sectores racializados y colonizados, aun después de concluida la colonización formal.

En este sentido, resulta patente que el discurso de la mano dura, con sus rasgos autoritarios, cientificista, tecnocráticos, eurocéntricos y racistas, representa la repuesta teórica y práctica de la elite neo colonial argentina, frente al problema de la inseguridad y por ello apunta siempre sus cañones contra los “cabecitas negras” y propone como solución la cárcel, la represión y la muerte. Es que desde esta mirada, con hondas implicancias coloniales, sólo los sectores blancos y civilizados, de clase media y alta, son ciudadanos argentinos, mientras que los morochos no sólo no forman parte efectiva de la sociedad nacional, sino que hasta tienen su propia humanidad en discusión. Los pobres, los subalternos, los racializados (en un país supuestamente no racista) son para la elite y sus intelectuales, por definición no ciudadanos, sujetos que deben ser estrictamente vigilados porque representan un peligro permanente para el orden social.

 Partiendo de esta hipótesis, resulta evidente que la asombrosa eficacia del referido discurso no se debe a su intrínseca veracidad, sino a la matriz cultural sobre la que está montado. Justamente es gracias a que nuestro sistema cultural y educativo (escuelas, universidades, medios de comunicación) está todavía fuertemente anclado en la matriz colonial de poder y del saber que el discurso de la mano dura logra difundirse y expandirse con asombrosa velocidad por nuestra sociedad. En otras palabras las coincidencias entre dicho discurso y el “sentido común colonial” en la Argentina son tan fuertes que el primero logra imponerse como absolutamente evidente, obvio e incuestionable para amplios sectores medios del país, que lejos de sentirse cómplices de la discriminación, la exclusión y la represión a la que son históricamente sometidos los grupos subalternos, se sienten víctimas inocentes de una amenazante barbarie que los acecha.

 Pero a pesar de todo, es posible encarar la problemática de la inseguridad desde otra perspectiva, desde el lugar de los morochos, los desheredados, los negros de mierda. Desde allí la inseguridad asume, una tonalidad muy diferente y ya no se refiere a una cuestión policial, sino a un problemática vital, cotidiana hasta ontológica. Dichos sectores, en países como el nuestro (que aunque ciertamente han comenzado a salir del infierno todavía le queda mucho por hacer), son realmente las víctimas, los que sufren múltiples y tremendas inseguridades sociales, económicas, laborales, jurídicas… al carecer de casi todo: un techo digno donde vivir, de un trabajo con el cual alimentar a la familia, cobertura médica, educación, protección jurídica efectiva…

 Es justamente desde esta perspectiva, desde la experiencia del otro subalternizado y excluido que se debe pensar el problema de la inseguridad, en sus múltiples dimensiones, si es que se quiere encontrar soluciones realmente efectivas a los problemas de nuestra sociedad. Desde allí es posible enfrentar al discurso hegemónico de la mano dura afincado en la colonialidad y abrir el camino hacia una descolonización de la seguridad, que garantice que un morocho no sea por definición un delincuente (en acción o en potencia) sino un hombre y un ciudadano con iguales derechos como los demás■