«Estaban todos los árboles verdes y llenos de fruta, y las yervas todas floridas y muy altas, los caminos muy anchos y buenos; los ayres eran como en abril en Castilla; cantava el ruyseñor…”. Así escribía Colón en su diario personal de viajes, el 13 de Diciembre de 1492. Maravillado por lo que pensaría como Paraíso Terrenal, luego finalizaría la nota enfatizando: “Era la mayor dulçura del mundo. Las noches cantavan algunos paxaritos suavemente, los grillos y ranas se oían muchas…”. Colón había llegado al Caribe, esos trópicos adyacentes a lo que hoy conocemos como el Golfo de México, y cuyas aguas, clima y viento tropicales comparten ambos.

I

La vinculación de todos esos territorios a Europa habilitará el punto de partida de la efectiva mundialización del mundo, de aquello que en la sociología histórica se ha dado en llamar “sistema-mundo” (Wallerstein, 1974). Con aquella vanagloriada imagen del “Descubrimiento”, extasiada de lo natural, se dará el inicio de un secular proceso de encubrimiento del “otro”, del americano (Dussel, 1993). Porque de allí en más, el Caribe no será lo que sus originarios habitantes pensaron de él, sino el Edén bíblico, luego las “Indias Occidentales”, luego el “Nuevo Mundo”. Y así, el “sistema-mundo” moderno será también colonial.

 Junto con una clasificación social racista, sustentada en las diferencias fenotípicas del color de la piel (Quijano, 2000), será también aquella representación de ecuatorial sobreabundancia de la “Naturaleza”, como el objeto pasivo que está ahí para ser tomado por el Hombre, la que refleje las construcciones ideológicas de un Renacimiento presto a colonizar lenguajes, memoria y espacio (Mignolo, 1995). A ese patrón de poder mundial, eurocentrado, lo llamaremos, entonces, colonialidad.

 Y será en esas aguas cristalinas, edénicas para Colón, donde cristalizará lo más oscuro de nuestro presente: una gigantesca, infernal, mancha de petróleo. Son esas aguas surcadas otrora por flotas de galeones, a veces con oro del pasado, las que hoy se ven tristemente maculadas por el denso oro negro del presente. Es precisamente ese mar el que luego de 500 años de colonialidad terminó por ensombrecerse.

II

Acaso una de las peores catástrofes ecológicas en mucho tiempo. Una empresa dedicada a la extracción de petróleo, llamada BP (ex British Petroleum), está dejando como saldo de su lucrativa actividad unos varios millones de barriles de crudo diarios, que se diluyen en las corrientes del Golfo de México. Flora y fauna marítima están siendo devastadas irremediablemente por el avance de la famosa mancha contaminante, lo cual puede llegar a generar –dada la vastedad de la zona afectada- una incidencia “en cadena” sobre otros ecosistemas.

 Mientras tanto, vemos en los periódicos y en la televisión a un presidente norteamericano arremangado, cuasi “descamisado”, visitando algunos lugares afectados, en la costa de Florida. Los titulares de cuanto medio de comunicación se ha encargado del tema afirman que Obama “se pondrá duro” con la empresa responsable. Pero ante los vanos intentos de BP de enmendar el problema, el “endurecimiento” de Obama y la farsa mediática, surge la ineludible pregunta: ¿se podrá poner fin a esa terrible mancha que avanza por los mares?

 Para sorpresa de muchos, la corporación BP “se ríe de la ley”, no sólo elaborando ella misma los “estándares de seguridad” que se le deben exigir desde la autoridad estatal, sino también evadiendo cualquier tipo de registro medianamente verificable, asentándose en uno de los tan mentados “paraísos fiscales”, las Islas Marshall, cuyas oficinas -no casualmente-, están en Reston, Virginia, a unas pocas millas de Washington (Ver Le Monde Diplomatique, Nro 133, Julio 2010). A escasas millas de la Casa Blanca, en que trabaja el descamisado, belicoso paladín de la paz, Obama.

 ¿Cómo deberíamos tomar esta escandalosa situación de “irregularidad”? Parecería que esta denuncia, que vincula a la mega-empresa petrolera con el delito y la ilegalidad, deja esta situación trágica fuera de lo racionalmente posible y esperable dentro del actual patrón de poder mundial, cuando en realidad de lo que se trata es de des-cubrir la trama profunda que habilita pensar esta tragedia ya no como un “estado de excepción”, sino como la forma normal en que opera la colonialidad del poder. No es que no haya que hacer una denuncia, sino que es preciso ir aún más lejos de los límites “eurocéntricos” de la crítica y desmontar completamente el imaginario colonizado de la “teoría del desarrollo”.

 Para ello, ante la premisa de los efectos benéficos del capital, la ciencia y la tecnología “bien aplicados” dentro del marco jurídico vigente, deberemos analizar detenidamente la conexión entre dependencia externa y explotación interna que sufren los países con economías “emergentes” (Escobar, 2010). La retórica del “desarrollo” no es más que otra de las caras que ha tenido la retórica de la “Modernidad”, ocultando siempre su lógica oculta, la de la colonialidad. Este desastre no es un efecto no deseado del desarrollo capitalista, sino el resultado de la lógica con que trabaja y se reproduce en el medio ambiente.

 En este sentido, deberíamos enmarcar esta catástrofe no en un mero “afuera de la ley”, sino dentro de la lógica de la colonialidad. Las relaciones de dominación, explotación y conflicto por la apropiación de los recursos naturales (así como de otros ámbitos básicos de la existencia social, tales como la autoridad, el trabajo, la subjetividad, el género, etc.) que aquella supone, están en la base de este grave problema ecológico: “Occidente” ha exportado al mundo un tipo de relación profundamente “cosificadora”, fetichizadora, de los recursos ambientales.

 No es ninguna novedad afirmar que la actual civilización mundial capitalista moderno/colonial no parece ser sustentable ecológicamente y mantiene hoy, como desde hace 500 años, una actitud fundamentalmente predatoria respecto al entorno y los recursos naturales, como lo hace con el resto de los ámbitos de existencia social. No hace falta ser muy radical para ver esto: sólo basta ver los alarmantes índices que provee el propio Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA – http://www.pnuma.org).

 Por lo tanto, más allá de que esta falla técnica que produjo el gran derrame de hidrocarburos sobre el océano sea solucionada, y se limpien los miles de km2 de aguas y costas contaminadas, no parece probable que el problema ecológico contemporáneo sea saldado.

Entonces, volvemos a cuestionarnos: ¿se podrá poner fin a esa terrible mancha que avanza por los mares? La mancha ya no es solamente petróleo.

 III

Como sostiene Enrique Dussel en sus 20 Tesis de Política, el “costo” ambiental -o ecológico-, no forma parte de la ecuación de costos/beneficios del inversor capitalista. Esto significa que, paralelamente, el contenido de las instituciones a nivel del campo político no cumple con las demandas provenientes de otras esferas, sean estas económicas, culturales o, como es este el caso, ecológicas (Dussel, 2006). Precisamente, en eso estriba la imposibilidad fáctica, a nivel “material”, de sostener no sólo una “reproducción ampliada” del capital, sino de la vida.

 La inclusión del costo ambiental debe ser el primer paso para comenzar a hablar de una economía política que pretenda ser alternativa. Para ello, sin embargo, no parece suficiente seguir afirmando, como ya se viene haciendo, la necesidad de contar con otras formas de energía, buscar fuentes renovables, reciclar materias primas, etc. Hay que tener presente que la ciencia occidental ha sido, en gran medida, mantenedora de esta conciencia fetichista y predatoria. Entonces, parece necesario -junto con lo anterior- deconstruir el complejo bagaje eurocéntrico que ha colonizado los imaginarios, las representaciones y los modos de saber y conocer el mundo, para de ese modo, tal como refiere Dussel, poder pensar en nuevas instituciones que puedan llenar de contenido las aspiraciones de reproducción de la vida misma en la Tierra, desde los diferentes campos, social, económico, cultural, etc. (Dussel, 2006).

 Pensar en instituciones diferentes implica, por supuesto, “desprendimiento”, imaginar un “paradigma-otro”, un horizonte en donde sea abolida la pretensión ecuménica y universal del actual patrón de poder y de sus diseños globales, ya sean en forma de cristianismo, ilustración o -más acá- neoliberalismo, para permitir la existencia de mundos-otros capaces de co-habitar.

 Ese “desprendimiento” se encuentra en marcha en la re-valorización de los saberes desterrados por la lógica de la colonialidad, en las formas de conocimientos-otros que han sido avasallados por el discurso de la ciencia y la epistemología moderna. Esa re-valorización está reflejada, por ejemplo, en acontecimientos como el reciente Encuentro de los pueblos por los derechos de la Madre Tierra, en Bolivia, en donde ya se encuentran funcionando nuevas formas de articulación de los legados culturales locales. Siguiendo las palabras de Arturo Escobar, “una reafirmación del lugar, el no-capitalismo, y la cultura local opuestos al dominio del espacio, el capital y la modernidad, los cuales son centrales al discurso de la globalización, debe resultar en teorías que  hagan viables las posibilidades para reconcebir y reconstruir el mundo desde una perspectiva de prácticas basadas-en-el-lugar” (Escobar, 2000). Nos referimos a un pensamiento que disloca el eurocentrismo y piensa la naturaleza desde otro punto de vista, desde otro particular locus enuntiationis. O, para decirlo en la forma de Quijano, a una descolonización epistémica