El cuerpo, biológicamente entendido, está organizado de modo tal que todas sus funciones y estructuras están estrechamente vinculadas. Esa tensión interna sostiene al ser humano en la existencia; no obstante ningún organismo puede desarrollarse sin un diálogo con el afuera. El mundo exterior, el puramente físico y el mundo cultural y de las subjetividades propias de cada cultura, recorta al cuerpo dándole un espacio, un modo de andar en él, un peso específico, un volumen, una sexualidad. El cuerpo y su dominio es, quizás, el primer y último campo de batalla del hombre. Desde los inicios del pensamiento organizado el dominio de las pasiones, los placeres y los padeceres del cuerpo ha quitado el sueño a moralistas y religiosos, médicos y pensadores de toda laya y condición.

 

El autogobierno, la sofrosine, la mesura en el ejercicio de lo placentero siempre ha operado como eje fundamental dentro del concepto de hombre y de civilización. Es el divisor de aguas entre lo bueno y lo malo, lo loable y lo sujeto a reproche y castigo. Ese concepto, que se refina y re significa con los siglos es lo que se debe poner en duda para poder desmontar los diversos aparatos ideológicos que lo sostienen. Toda definición de hombre, de mujer y de cuerpo arrastran tras de sí un ocultamiento, una visión sesgada de lo real que deja fuera otras identidades, otras formas posibles de relacionarse con la carne con la que todos estamos en contacto.

¿Un cuerpo es algo dado de una vez y para siempre el día del alumbramiento? ¿Si el cuerpo puede ser entrenado en las artes físicas, moldeado para la guerra y el placer, no es lícito, si se quiere y puede, llevarlo hacia el cambio total, asemejarlo a la idea que nuestra interioridad tiene de él? Hay toda una serie de hechos para reflexionar en torno a lo corporal. No se relaciona de la misma manera con el cuerpo quien padece una enfermedad autoinmune que alguien que desea cambiar su sexo. No tiene una misma idea del cuerpo quien padece anorexia que quien se hace un implante mamario. Hay algo difuso en la cuestión corporal de quien actúa en una película pornográfica y de quienes la observan. El cuerpo es un campo de fuerzas donde el deseo propio y el de los otros entran en conflicto. Donde lo que es, es siempre algo en cuestión, algo en constante redimensionamiento.

La modernidad segmentó al ser humano, lo mensuró, lo catalogó, lo dividió en órganos, en funciones como una maquina compuesta por pequeñas piezas. Y no le fue mal. Esa concepción dominó a todas las ciencias médicas hasta la actualidad y nada permite suponer que dejará de hacerlo en el corto plazo. Bajo esa concepción el cuerpo entendido como herramienta y objeto del proceso de reproducción capitalista inició su derrotero por la modernidad. Derrotero que lo llevó, felizmente, a través de la cura de enfermedades y dolencias milenarias pero también por la explotación en las minas de Potosí, el hacinamiento en las ciudades de la revolución industrial, las marchas de la muerte y los campos de concentración. El cuerpo como mercancía, como objeto de intercambio, como objeto de deseo, como instrumento de muerte pero también como procreador, el cuerpo como eso que puede conquistarse gracias al conocimiento, el látigo y la bala.

En América latina hay un largo historial de represiones haciendo foco sobre el cuerpo. Las distintas dictaduras en algún momento eligieron la tortura como herramienta de sus políticas. La vejación, el abuso, la violación y la muerte. Y el miedo a todo eso como elemento disciplinador para todos aquellos que sacaran los pies del plato del ordenamiento preestablecido. Quizás por eso la revolución sexual se presentó por aquí en forma tardía, el feminismo caló poco y las problemáticas homosexuales tardaron más que en otras latitudes en aparecer en las distintas agendas políticas. América latina es una región tradicionalmente machista, que aun mira con recelo la opción de vida homosexual, que siente asco por la transexualidad, pero que no impugna en modo alguno a las tecnomujeres exuberantes que pueblan los puestos de diarios y la programación televisiva, o el uso de drogas para los deportistas de alto rendimiento, que se preocupa más por el aspecto de sus políticos que en sus ideas. En América latina el aborto es tabú. La penetración es poder o debilidad (según el caso) y el cuerpo es un territorio político colectivo, sobre el que todos opinan, y todos juzgan. Miles de mujeres desaparecidas en Ciudad Juárez, los miles de desaparecidos de las dictaduras, la represión a los homosexuales incluso en los países de izquierda (reprimidos durante los 50 años de la revolución más progresista de occidente), desaparecidos y torturados en democracia. Un conjunto de sociedades del fetiche, falocráticas que avanzan sobre un ámbito tan privado como lo corporal porque no consiguen ahuyentar sus fantasmas represores ni consiguen asumir su vouyerismo moralizante. Y en última instancia, América latina es una región de cuerpos que son desaparecidos porque se obstinan en no corregir su diferencia.

Tal vez sea el momento, ahora que una serie de gobiernos pregonan aires de cambio, de comenzar a cuestionar a fondo lo que entendemos por cuerpo y lo que eso implica para poder diseñar verdaderas políticas inclusivas desde lo sanitario, lo sociocultural pero sobre todo desde óptica educativa que nos enseñe a comprender y a aceptar■