El cine Gran California, en la vieja Ciudadela; Los videoclubs del conurbano donde se alquilaban películas condicionadas de los setenta; viejas revistas en blanco y negro pegadas en las gomerías, los tan reveladores dibujos de los baños en la estación de Morón. Todos esos hitos recorridos por la pluma obsena y pegoteada de Gustavo Guevara quien – como muchos – se daba amor a sí mismo ilustrando su imaginación con las mujeres de Milo Manara, Altuna y José Olivera, autor de ese otro pajero incurable, Piturro.


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Egresado de la Escuela de Arte y Porro Manuel Belgrano, en donde siempre le dijeron que la historieta es una mierda; él se dedicó: a la historieta. Ha trabajado en muchas publicaciones muy importantes que no viene al caso mencionar dado que ninguna es tan importante como este periódico. Ha sobrevivido a la aridez económica que genera el medio gracias a que laburó en escuelas dando clases y allí podía comer las facturas que le daban los pibes para la merienda. Ahora zafa gracias a que creó la gran revista Catinga. Se vende o permuta, escucha ofertas.

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