En una novela de Kobo Abe, a la cual le robo el título para este ensayo, un cirujano plástico es víctima de un accidente que le deforma la cara y lo obliga a compararse con un hibakusha, un sobreviviente de la bomba atómica que quedó desfigurado de por vida. Esto lo lleva a forjar una máscara tan perfecta y precisa como un rostro humano con el propósito (o excusa) de reconquistar a su esposa, quien lo rechaza por su deformidad. Comienza así la historia de una extraña forma de adulterio que está repleta de reflexiones sobre la identidad porque, por supuesto, la máscara se va a adueñando poco a poco del personaje: “¿Acaso tener un rostro es un requisito tan importante?”, “Podemos sacarnos algunas máscaras, pero no todas”, “Lo que llamamos amor es en realidad el juego de desenmascararnos unos a otros”.

No sabemos si estas frases se cruzan hoy en día por las cabezas de aquellos que se someten a cirugías plásticas. Pero sí sabemos que la globalización de los estándares de belleza generó una multiplicación y perfeccionamiento de los más variados tipos de intervenciones, en unas de las cuales me quisiera detener: las operaciones para transformar características raciales o étnicas. En Irán, la rinoplastia es usada para eliminar rasgos faciales que son considerados demasiado asiáticos. En África y en India, las mujeres se aclaran la piel con tal de no verse como tercermundistas o pobres. En Brasil, la reducción de senos es popular entre las clases altas como forma de alejarse de las madronas vinculadas a la tradición esclava. Ni siquiera es algo nuevo; desde la segunda mitad del siglo XIX, los europeos usaron este tipo de cirugías para transformar sus narices y achicar sus orejas a fin de eliminar vestigios o parecidos con “el otro”, entendido este último en aquellos años como “el judío”.

Algunas feministas como Christine Overall se refirieron a este fenómeno como “transracialidad” y lo compararon con cirugías de reasignación de sexo, finalmente arguyendo que si aceptamos las últimas debemos también de aceptar las primeras. Pensadas de esta manera, la raza y el género serían elementos intercambiables del ser humano, como son la ropa o el peinado. Otras feministas como Cressida Heyes contradijeron esto último, argumentando que, a diferencia del género, la raza está determinada por el linaje y la historia cultural de las personas. Así, los intentos por modificarla estarían atravesadas por relaciones de poder que serían inmodificables. El debate de fondo, y también el núcleo de ciertos debates feministas (y es por ello que cito a dos académicas de dicho ámbito), sería: cuál es el límite de la alteración del cuerpo, hasta dónde podemos transformar una impuesta normatividad.

Además de las modificaciones de nariz, del aclaramiento de piel, de la liposucción y del rejuvenecimiento, surgió en Asia Pacífico otra intervención muy particular: las cirugías para des-orientalizarse los ojos. Su nombre es blefaroplastia asiática (o cirugía de párpado doble) y es un procedimiento sencillo en términos quirúrgicos. Es la extracción de una pequeña porción de los excesos de piel, tejidos subcutáneos y depósitos de grasa, para obtener así los tan codiciados ojos saltones. Popular en Corea del Sur, Japón y recientemente en China, Hong Kong y Taiwán, según datos de la Sociedad Internacional de Cirugías Plásticas Estéticas del 2016, fue la tercera cirugía más realizada en todo el mundo, justo después de la liposucción y la mamoplastia, pero superó las populares rinoplastias y los lifting faciales. También fue la segunda cirugía más frecuente entre los hombres asiáticos, dato que confirma que no es solo cosa de mujeres. En los últimos años ganó, asimismo, un impresionante terreno entre descendientes de asiáticos en Australia, Inglaterra y Estados Unidos.

Western Eyes, un premiado documental de Ann Shin, relata las experiencias de dos mujeres que se realizaron blefaroplastias: una coreana y otra filipina. Ambas acuerdan en que someterse a una cirugía de este tipo no es una decisión vinculada a la raza, sino que se trata, en cambio, de una búsqueda por una mayor aceptación laboral dentro de la sociedad en la que residen: Canadá. No sería un problema del campo de la identidad y esa es una diferencia fundamental con las operaciones de reasignación de sexo. Una de ellas incluso descree que sea algo que pueda tratarse a través de la psicología: “¿Quién tiene suficiente tiempo como para dedicarles dos o tres años a esas cosas en terapia?”. Ya sea en el quirófano o en el diván, sin embargo, para estas mujeres la norma social se mantiene inquebrantable. Y las preguntas que surgen son entonces las mismas: cuánto cedemos, cuánto entregamos, cuánto nos convertimos en la máscara (entendida esta como la demanda social por ser de tal o cual modo y por encajar).

Un caso reciente es aún más extremo: la coreana Lee Min-Kyong se sometió a una blefaroplastia con sólo 12 años. Su madre declaró a la prensa, sin ninguna reserva: “Ella no me lo pidió; soy yo la que quiere que se la haga. Creo que le va a servir. En esta sociedad uno tiene que estar por delante del resto. Y ella es mi única hija” (CNN). Al igual que las protagonistas del documental de Ann Shin, la madre de Lee está pensando en el mercado laboral y en las necesidades que esto impone. Para ella, la cirugía estética no tiene que ver con la identidad, pero tampoco se trata de un accesorio; es, en cambio, una herramienta para mejorar el desempeño social. Mientras tanto, el mercado sigue ganando: en las últimas décadas el negocio no paró de crecer. Y debe sumarse un dato aún peor: se estima que las operaciones ilegales y sin registrado de este tipo son tantas como las que muestran las estadísticas.

El protagonista de la novela de Abe sentía que su deformidad era comparable a la de una víctima de la guerra. También en su novela V, en un capítulo titulado “En el que a Esther se opera la nariz”, Thomas Pynchon nos introduce a un personaje representativo de esto: el cirujano Schoenmaker, quien se dedicaba a restaurar los rostros de los soldados durante la Primera Guerra Mundial, para luego abocarse de lleno a la industria de la belleza. Esta yuxtaposición de la necesidad y la estética parece ser común en nuestro entender contemporáneo de las cirugías. Pero resulta claro que ser occidental no es una necesidad o que no debería serlo; que se trata, más bien, de una consigna que nos venden como necesaria (solo a quienes puedan pagarla, de más está decir). Cabría preguntarnos si el abuso de los conceptos de autodeterminación y de lo self-made no juegan en realidad a favor de este hecho. Cabría preguntarse también si el deseo por ser otro no es también una maquillada, operada y transformada sumisión ante una norma. Preguntarse, en definitiva, si el rostro ajeno no es también una voluntad ajena.


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