El mundo, queridos desconocidos, se va irremediable, tropezona y desordenadamente al carajo.

Lo anterior podría ser la voz de una ambientalista desesperada, mientras charla con sus compañeros en una de las tantas celdas que aún permanecen llenas de detenidos en Copenhague, después de protestar por el vergonzoso encuentro sobre cambio climático.

Pero no. Es lo que susurra a lo largo de sus casi 300 páginas El fondo del cielo, la última novela de Rodrigo Fresán, que fue presentada en este mismo lugar (apenas unos andenes atrás). Aquella vez fue solo: “Hola, lectores del Andén, este es El fondo del cielo; El fondo del cielo, los lectores del Andén”, y los dejé a solas con él sin decirles nada, así que ahora trataré de contarles un poco más.

Para empezar, una refutación: desde que salió el libro muchos de los que escribieron sobre él y hasta el propio Fresán repitieron la misma frase: esta no es una novela de ciencia-ficción, es una novela con ciencia-ficción. La fórmula varió de pluma a pluma, pero esa es la esencia de la afirmación que acá se quiere acomodar. Está bien, El fondo del cielo está lleno de referencias a los primeros años de ese género, pero no está escrita con su tono seco y funcional; relata la vida de muchos clubs o logias pero agrega un ingrediente infrecuente como el amor. Se busca que la ciencia-ficción sea la protagonista sin que sea la modeladora de la obra.

Pero no. Está escrita a lo Fresán, sí (con  esto quiero decir que está llena de su voceo, de su utilización de la realidad para nutrir la ficción, de su manejo para introducir cosas como títulos de Los Beatles y que queden perfectos o para usar el inglés en el momento exacto, con lo cual se aleja del género); tiene ciencia-ficción, sí; pero también y sobre todo, es ciencia-ficción. Y lo es porque hay momentos –al menos dos, uno de ellos clave– en los cuales pasan cosas que son puramente sci-fi. Para no estirarme en esto les suelto un ejemplo y seguimos: “Entonces –luego de tantas pruebas esporádicas, de breves ensayos, de episodios inexplicables para los neurólogos y psiquiatras de mi planeta– comienzo a transmitir”. Y la persona que comenzó a transmitir transmite los pensamientos de alguien que está muuuuy lejos; no sé si me explico.

Pero basta de discusiones y vayamos al amor. Porque esta es, entre tanto barullo, una historia de amor: El amor que sienten Ezra Leventhal e Isaac Goldman, primos y ante todo amigos inquebrantables, por una chica a quien se sienten atraídos por una pasión compartida y por un rasgo sumamente inusual: su belleza portentosa. Y eso no es todo porque ella también siente amor.

Y lo último tampoco es todo porque resta aclararles que lo dicho no es tan simple. La historia no camina linealmente desde un “Había una vez…” hasta un “…fueron felices para siempre”. El relato salta, corre, va y viene movido por la memoria –y su principal fruto: los recuerdos– de los ocasionales relatores, quienes aderezan su parte con percepciones de la realidad y anécdotas de su vida que sirven para recordar, entre muchas otras cosas, lo que hablábamos al principio. Que todos estamos al horno. Como dice alguien que no puedo decirles quién es: “Dentro de muy poco, ya no será posible protegerlos de ustedes mismos”.

Esas son las frases que más marcan a este microcosmos fresaniano, más allá de la certera recreación de la Prehistoria y la Historia Antigua de un género importantísimo y asombroso. Por eso mismo, por el recuerdo y la reverencia, Fresán también se muestra como un escritor que saca a relucir su pasión y su disfrute por ser un trabajador de las letras, en días en los que, con regularidad y soltura, solemos escuchar, o más bien leer, las penas y rezongos de los que dicen sufrir por una novela irresuelta o un cuento que “costó sacarme de encima”.

Quizás otro de los grandes mensajes que quiso enviarnos el porteño-ibérico fue que siempre tenemos a mano nuestros recuerdos para reconstruir lo que nos plazca, sea eso un amigo perdido en la inmensidad del planeta o un amor desaparecido. A partir del recuerdo, creo, es que este libro se reúne y abraza, una vez más, al género que tantas veces nombramos aquí.

“Oh, por favor, por favor, no destruya nuestro mundo”, implora un viejito en un tramo de la trama. Y sabemos, suponemos al menos, que es muy probable que la persona a quien se dirige el ruego, terminará destruyendo esa esfera en la que urdimos nuestras vidas. Él o algún miembro del gobierno en el que participa, que ya se imaginarán cual es.

Quedará muy poco. Y a los pocos que resistan tendrán a mano el recuerdo. Para reinventar amores y amigos, para recrear libros. Y los que crean que no es posible piensen en una frase perdida en un mar de llamas a 451 grados fahrenheit: “No, nada queda perdido para siempre, tenemos sistemas para refrescar la memoria”