Nuestra Constitución Nacional dice en su artículo 25: “El Gobierno Federal fomentará la inmigración europea; y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las ciencias y las artes”. Es increíble que este artículo, que fue borrado en la reforma de 1949 y vuelto a figurar con la absurda reforma de 1957, siga pese a las reformas de 1994. Uno podría decir que con tanto trabajo se les pasó por alto. También, guiado por las declaraciones de la época, se podría pensar que varios se sintieron identificados.

Mirás en la pantalla, y estás confundido, solo ves policías y farsantes políticos, señalando con el dedo hacia otro lugar, no necesitamos guías sabemos mirar. Tomar lo bueno es desafiar al destino, al escuchar las fanfarrias sonar, hay que cerrar los oídos. Porque el sistema grita es servidor del capital, callando al poeta pues no es de comerciar.

“Sistema al mejor postor” de Bersuit Vergarabat

¡Qué épocas aquellas! (Así como algunos se remontan más atrás y dicen “yo, con los militares estaba mejor”)  Épocas, ambas, que muestran una triste radiografía de nuestra sociedad.

En aquellos tiempos, fines del ‘94, se empezó a gestar -por suerte lentamente- la idea del A.L.C.A. (Área de libre comercio de las Américas). Estaba claro en el proyecto que el capital no iba a tener  límites en su circulación pero sí lo tendrían las personas, es decir, el capital, concentrado en cada vez menos manos, tenía más libertad que la mayoría de las personas. Entrábamos, una vez más, en línea  con la frase que ya cité en otro artículo: “orden jurídico de estructuras extraordinariamente liberales para el poderoso y extraordinariamente tiránicas para el desmunido de riquezas” (Scalabrini Ortiz).

Bueno, no es novedad que, en el sistema capitalista, quien no tiene escrúpulos y es egoísta tiene mayor probabilidad de amasar fortuna (amasando gente). El A.L.C.A. logró frenarse con mucha lucha “a pulmón” desde las organizaciones sociales a lo largo y ancho de nuestra Patria Grande, facilitado su entierro por los cambios políticos que se fueron dando en los gobiernos de América Latina, hasta quedar muerto, por ahora, desde noviembre del 2005, en aquella IV Cumbre de las Américas, con George Bush presente y repudiado en Mar del Plata.

Analizaré ahora la intención, en aquellos años 90, de poner a la inmigración venida de los países limítrofes, más Perú, como principal causa de  la desocupación, más allá de otras acusaciones que tuvieron también que soportar.

Y sí, la vieja costumbre de hacer caer la culpa en el otro, y si ese otro es aparentemente  más débil, mejor.

Aclaremos antes algunas definiciones:

P.E.A.: Población económicamente activa, formada por  las personas que tienen una ocupación (ocupados más subocupados) o que, sin tenerla, la están buscando activamente.

Subocupados: Se refiere a los ocupados que trabajan menos de 35 horas semanales por causas involuntarias y desean trabajar más horas. Comprende a todos los ocupados en empleos de tiempo reducido: incluye, entre otros, a agentes de la Administración Pública Provincial o Municipal, cuyo horario de trabajo ha sido disminuido y están dispuestos a trabajar más horas. Dentro de los subocupados se subclasifica en demandantes, si buscan activamente nuevo trabajo y no demandantes.

Tasa de actividad: Es el porcentaje que representa la P.E.A con respecto a la población total. Es importante este dato porque la desocupación y subocupación no se mide sobre la población total sino sobre la P.E.A.

Doy un ejemplo: de 100 personas, 50 forman la PEA (tasa de actividad 50%). De ellos, 40 tienen empleo y 10 son desocupados, entonces hay un 20% de desocupación, ya que 10 es el 20% de 50 (PEA). Si ahora, por motivos tan diferentes como baja de salarios reales que provoca que más gente tenga que trabajar para “parar la olla” o porque las mejoras en las condiciones laborales hacen que más gente quiera trabajar, aumenta la PEA digamos en 5 personas (de 50 a 55) y no se modifica la cantidad de gente con empleo (40), el porcentaje de desocupados aumenta ya que ahora serán 15 de 55 ( 27,27% ).

Si miramos los índices de desocupación y subocupación respectivamente y la suma de ambas para contar el total de la población económicamente activa con problemas de ocupación (aunque el problema no es sólo de ese porcentaje) en el total de aglomerados del país tenemos:

Octubre del ‘90: 6,3% + 8,9% = 15,2%;  mayo del ‘95: 18,4% + 11,3% =  29,7%;  octubre del ‘99: 13,8% de desocupados (1.833.000 personas) y un  14,3% de subocupados, o sea 28,1% total.

Tomo octubre del ‘90 como última medición previa a La Ley de Convertibilidad (Ley Nº 23.928) sancionada el 27 de marzo de 1991 vigente a partir del 1 de abril de 1991, cuando empezó el caramelito del 1 a 1. Mayo del ‘95 porque el 14 de mayo del ‘95 Menem era reelegido con el 49,94% de los votos positivos (con 2.170.000 personas desocupadas y 2.385.000 subocupados) y octubre del ‘99 como última medición de su segunda presidencia que terminaría el 10 de diciembre, no sin antes terminar de vender YPF, con el apoyo de gran parte de la clase política aún hoy operante, y con buena parte de la sociedad indiferente (¿qué importancia puede tener una petrolera?) o apoyando.

Las respectivas tasas de actividad fueron 39% (octubre del ‘90) 42,6% (mayo del ‘95) 42,7% (octubre del ‘99). Un aumento de 3,7% para una población de casi 36 millones significan 1.332.000 nuevos miembros extras de la PEA. (digo extras porque si se hubiera mantenido el 39% la cantidad de personas de la PEA habría aumentado igual ya que el total de la población también aumenta).

Ahora veamos la variación de población, de los “más acusados”:

Si tomamos los censos nacionales 1991 y 2001: paraguayos: de 250.450 a 325.046; Chilenos de 244.410 a 212.429; bolivianos de 143.569 a 233464; uruguayos de 133.453 a 117.564 y peruanos de 15.939 a 88.260. Si sumamos vemos una diferencia de 188.942, pero también aumentó la población total del país de 32.615.386 a 36.027.041. Si tomamos los países limítrofes, el porcentaje respecto de la población total se mantuvo en el 2,5% en los dos censos.

Creo que, si comparamos cifras, queda claro que no está en la inmigración la causa del incremento de la desocupación.

Cito lo siguiente: Benencia y Gazzotti (1995) señalan que el impacto de los migrantes limítrofes “en el mercado de trabajo de la capital y el Gran Buenos Aires es muy escaso en términos globales”. Mientras entre octubre de 1992 y octubre de 1994, “la tasa de desocupación se incrementa de un 6,7% a un 13,1% en el Gran Buenos Aires”,  si se fueran  los migrantes “establecidos en el área en los últimos cinco años, se registra una disminución de apenas un 1,3% en la tasa de desocupación de octubre de 1994”.

Hay muchos factores que provocan la desocupación, desde una mayor automatización de la producción, que hacía necesaria una menor cantidad de trabajo para producir lo mismo, junto con la lógica capitalista de mejorar la plusvalía en vez de repartir ganancias disminuyendo las horas de trabajo para mantenerse el salario (acá aumentaron las horas de trabajo y disminuyó el salario real) hasta la ley de convertibilidad, junto con otras medidas económicas, que provocan una nueva destrucción del aparato productivo. Incluso, la misma convertibilidad atrae la inmigración con el dólar barato. Pero era más fácil echarle la culpa a los inmigrantes que, quienes tenían trabajo o medios y por lo tanto mayor voz lamentablemente, reconocieran que el 1 a 1 era traicionero y debíamos dejar de comprar esos espejitos a esos precios.

Aquellos eran años de crecimiento del PBI (aunque en 1995 y 1999 habría leves caídas) pero con destrucción de empleo, aumento de quiebras, balanza comercial negativa (más importaciones que exportaciones), notable aumento de deuda externa, privatizaciones, destrucción del papel regulador e igualitario del Estado…

Tampoco le importaba a la mayoría cómo el 1 a 1 beneficiaba a las privatizadas que enviaban sus dólares baratos a sus casas centrales consiguiendo ganancias que eran record mundiales.

Hay diversos motivos para que la gente migre: dificultades económicas, persecuciones políticas, enfermedades, desastres naturales o accidentes, razones más personales… Mucha gente, que culpaba a los inmigrantes, en su propia vida había migrado, así fuera dentro del mismo país (también genera resistencias y  llevaría a una discusión con matices distintos) o eran descendientes de inmigrantes. Muchos argentinos emigraron en esos mismos años, ni hablar tras la crisis del 2001. Y decían “me voy de este país de mierda” (recomiendo leer la  zoncera 13 de Jauretche). Es así: “cuando lo hace otro no es lo mismo que cuando lo hago yo”.

En 1990 teníamos 400.111 argentinos en el extranjero, de los cuales 175.346 estaban en América Latina; y en el 2000, 603.721 y 212.539 respectivamente. En la crisis del 2002 se fueron 87.212 argentinos (960.000 era el total de argentinos en el extranjero), y se siguieron yendo 20.586 en 2003; 29.821 en 2004; 159.695 (cifra para otro análisis) en el 2005, un argumento es que suelen tardarse los trámites tras las crisis; 13.227  en 2006. Para comparar, la cifra de 1999 fue de sólo 1313. Cancillería estimaba a fines de 2007 que habían 1.350.000 argentinos en el exterior.

Ah, y no solo hay personas, también hay mucho dinero de argentinos afuera (a fines del 2009  la cifra era de 177.455 millones de dólares). Podríamos hablar de las remesas (dinero que envían a su país de origen los extranjeros) y comparar el flujo de extranjeros en Argentina con argentinos en el exterior. También del tipo de ocupación, de los argentinos que aprovechaban y siguen aprovechando mano de obra de inmigrantes.

Pero vayamos a las ideas, abandonemos los números. Tenemos que modificar muchas actitudes. Ser menos superficiales, ver el bosque y no sólo el árbol, proyectar lo que causa la acción de hoy en el mañana, la sustentabilidad, y seguir mejorando hasta llegar a ser profundos.

En aquellos años, por ejemplo, el canciller Guido Di Tella –  el de las relaciones carnales- que al menos sólo hablaban mal de nuestro propio país; el que dijo aterrorizado: “en el 2020 el 20% de la población en Argentina será boliviana o paraguaya”, también dijo: “Queremos estar cerca de los ricos y los bellos. No queremos estar con gente desagradable”. Tal vez por eso José Luis Manzano se operó… Pero, peor aún desde el mismo ámbito estatal se fue construyendo un paradigma que adjudica a los inmigrantes limítrofes la responsabilidad de los problemas sociales, económicos, de seguridad y hasta sanitarios.

Los temas de la delincuencia y la seguridad cobraron también una importancia inusitada. En enero de 1999, la Policía Federal habría entregado al gobierno cifras según las cuales se percibía un crecimiento significativo de la participación de extranjeros en los delitos urbanos. Al mismo tiempo, un fiscal de una Cámara de Justicia de Buenos Aires señalaba que sólo el 10% de los delitos menores cometidos en la capital federal eran realizados por extranjeros. Sin embargo, el secretario de Migraciones, Hugo Franco, aseguró que el 60% de los delitos menores ocurridos en Buenos Aires son cometidos por inmigrantes: mientras Carlos Corach,  Ministro del Interior, declaraba que el 58% de los detenidos por diferentes delitos eran extranjero. En ese marco, se inició una campaña de detención sistemática de inmigrantes: en una sola comisaría de la Capital Federal, en 19 días más de mil cien personas fueron arrestadas por no tener los papeles de radicación (Clarín, 21-1-99). El propio Presidente Menem afirmó que la Argentina le cierra la puertas “a aquellos que vienen a delinquir a nuestra Patria” y que “si uno les pide a los indocumentados que se documenten inmediatamente salta el tema de los derechos humanos” (al mejor estilo del no ingeniero Blumberg y sus cientos de miles de secuaces).

Mientras la propia Policía Federal desmentía la teoría a través del comisario mayor Roberto Galvarino, director general de Orden Urbano, que afirmaba que “la participación de extranjeros en asaltos, robos y homicidios es ínfima. Aunque no elaboramos estadísticas que contemplen esos datos, suponemos que debe rondar entre el 5 y 7 por ciento”. Yendo más atrás en el tiempo Menemista, en 10 meses de 1994 se detuvieron en Argentina a 23.638 inmigrantes peruanos, uruguayos, chilenos, bolivianos, paraguayos y brasileños. Adrián Pelacchi, jefe de la Policía Federal, argumentó que “el aspecto inmigratorio es uno de los factores que concurren a perturbar la seguridad de la ciudad”. Y dijo que 20.928 personas del total de inmigrantes expulsados cometieron “distintas contravenciones”, tipificadas como delitos menores. Entre esas contravenciones, por ejemplo, se encuentra el llamado “merodeo” por el cual la Policía puede detener a alguien por estar esperando o dando vueltas por una calle en “actitud sospechosa”. El “merodeo” es el “delito” subjetivo por antonomasia, definido más por la vestimenta o el color de piel del acusado que por comprobación alguna de su acción. Por ello mismo, su figura legal fue abolida en 1998 en la Ciudad de Buenos Aires. Y mientras escribo, pienso en el parecido de esto a cómo se tiene en la mira a la juventud en los últimos años.

Hay mucho más para contar, como la actitud por parte de la dirigencia y de la base sindical, como en el caso de la UOCRA, gremio donde la proporción de inmigrantes es mayor. Por un lado, actitudes xenófobas muy alejadas de -bueno, esto es obvio- de la idea de “trabajadores del mundo uníos”. Por otro, quiero también rescatar el buen trabajo de la Central de Trabajadores Argentinos (C.T.A.) en aquellos años, central que dio cabida, entre otros, a los desocupados.

Recomiendo el trabajo “Migrantes bolivianos en la Argentina y Estados Unidos” realizado por Alejandro Grismon y Edmundo Paz Soldán  para el Programa de las Naciones Unidas Para el Desarrollo (PNUD), del que extraje varios datos. También incluye información sobre tipo de ocupación y encuestas de opinión donde se ve el nivel de xenofobia.

Y, si bien tal vez este artículo daba muy bien para “Quién sabe Alicia éste país, no estuvo hecho porque sí…” de Seru Girán, aunque escrito pensando en el proceso, entre tantas cosas que tengo que decidir en un artículo, preferí compartir y transmitir el texto de la canción del comienzo que termina así: “La estatura de mi optimismo no tiene hospedaje en un asilo mientras haya un niño que se quiera formar en la profesión del alma que es soñar.  No quiero hacer no, un discurso florido, ni una rima exacta, tampoco un lirismo, vengo a entregarles mi efusividad. Nosotros existimos y no somos 
sociedad”■