El tren se detiene a mitad de viaje “¡¡¡Eeeeeeh!!! ¿Qué pasa?” Los pasajeros se alborotan, comienzan a gritar. Todo se hace confuso. La temperatura sube, estalla al son del calor de los viajantes. Más adelante están cortando las vías… este ANDÉN se constituye a mitad de camino, en medio de la multitud, de la crispación. Dicen que reclaman los derechos de los trabajadores, pero hay otros que, en el tren, se preguntan: ¿Y nuestro derecho a circular? La colisión de derechos es un tema de una complejidad absoluta. Por ello el interés que genera. ¿Quién dedica mucho tiempo a aquello que puede resolver con facilidad? ¿Quién se apasiona por aquello que puede realizar sin esfuerzo?

 

Pensar las estructuras sindicales de nuestro país, junto a las de nuestros países hermanos, es ese tipo de desafíos que nos debemos, que nos atraviesan y que nos constituyen. Es que la lógica en la que nos encontramos inmersos no nos deja otra alternativa. Por un lado, los grandes intereses del Capital que imponen a los países subdesarrollados competir a fuerza de la precarización laboral. Por el otro, los movimientos sociales que sólo unidos pueden llegar a tener la posibilidad de negociar la dignidad del vivir.

Habitualmente se piensa si los sindicatos tienen la importancia que se les asignan, si las figuras sindicales son necesarias y, en definitiva, si realmente las relaciones sociales y económicas ameritan su existencia. Se pone así la mirada sobre el dirigente. La pregunta apunta hacia la falencia del modelo político. De hecho, es la misma aclamación que por el inicio de este milenio resonaba en nuestro país: “¡Qué se vayan todos!”. Sin embargo, lo que automáticamente debemos preguntarnos una vez puesta en duda y hasta demostrada la falencia de la conducción de un sistema es: ¿y si se van todos qué? ¿Quién queda? ¿Pasa a gobernar el mercado?

Seamos algo más generosos y supongamos un sistema sin mediaciones, donde cada cual represente a cada cual, donde cada libertad y derecho no deban ser delegados (ya que no habría necesidad de hacerlo), este sistema obviaría la necesidad de existencia de un sindicado, incluso de un Gobierno. Sin embargo, por más atractivo que fuese, este tipo de organización no es más que un ideal. Ideal romántico de aquellos que confían en las buenas condiciones de la humanidad, ideal financiero de aquellos otros que confían en la voracidad salvaje del mercado. Por uno u otro lado, no entendamos que este camino sea el adecuado, y menos aún por el momento histórico que atravesamos -para el primer caso-, y por nuestras convicciones políticas -en el segundo-.

Sin embargo, ya que esto es muchas veces un condicionante, no debe descuidarse el camino por constituir un ideal. Pueden aún mantenerse el norte por más retrasados que estemos en el camino. En este sentido, más allá de cualquier pretensión anárquica, podemos avanzar sobre la democratización del sistema y sobre sus grados de representación.

Desde este punto de vista, y en la lucha por una sociedad más justa, ecuánime y libre, es imposible prescindir de aquellas herramientas que permiten a los muchos y débiles, disputarle sus propios derechos a los pocos y poderosos. Este argumento no va dirigido exclusivamente a la corporación empresarial, ya que como es sabido, muchas veces los Gobiernos mismos son cómplices –cuando no autores- de tal explotación.

Por ello, las estructuras sindicales compuestas por los trabajares, que partan desde y hacia los trabajadores, que entiendan, en sus más altas esferas de representación, que el poder que acuñan no es un poder que reciben para actuar a su juicio, sino que bien por el contrario es un poder delegado para obedecer a los mandatos, a las exigencias, y a las realidades que asedian a sus representados; por ello decimos que, cuando hablemos de estas estructuras sindicales, no sólo hablaremos de un instrumento de negociación, estaremos hablando del pueblo mismo organizado, reclamando por lo que le corresponde.

Si así es que entendemos al sindicalismo, es porque pensamos también que tiene la capacidad y la necesidad de caminar hacia un espacio más pluralista y más democrático. Porque lejos de la debilitación que ingenuamente se pudiese pensar que originaría su pluralización, lejos de los inconvenientes que podría generar la diversidad, la diferencia y en definitiva, la democracia; mucho más lejos están los beneficios que conllevarían. Porque así como ocurre con el arco político entero, una causa plural es siempre mucho más fuerte que una causa en la que por pretender generar fuerza, se vea obligada a convergir posturas mezquinas, que acaban siendo opresoras de las minorías.

Finalmente, concluyamos recordando un diálogo entre Raúl Alfonsín y Daniel Hadad, donde este último consultaba si no era mejor vivir en un país sin sindicalismo, a lo cual Alfonsín respondió, con una gran ironía, que seguramente sea así, si es que se pretende vivir en un país donde la jornada laboral sea de doce horas. Y agregó que el mercado es importante pero tiene que haber un rol activo del Estado en el mercado, que no permita los monopolios, ni los oligopolios –cosa que también debería colisionar con los intereses de aquellos que buscan la libertad del mercado-, en definitiva, un Estado que redistribuya, ya que, y aquí lo importante, el mercado no construye hospitales, construye sanatorios privados, el mercado no construye escuelas, construye colegios privados, el mercado no construye las universidades, sino que crea universidades privadas, etc.

En este mismo sentido, en este aspecto básico de la representación sindical, entiende su rol Julio Piumato, Secretario General de la Unión de Empleados de la Justicia de la Nación y Secretario de Derechos Humanos de la CGT, quien se detuvo en este ANDÉN a dialogar con nosotros, con toda la mística de un luchador que ve en la representación sindical la búsqueda de un destino mejor para todos■