Cuanto más autoridad y más poder nos concede la gente, más humildad debemos tener, más oídos abiertos, más tolerancia, más autocrítica. La revolución no sólo es acción, no sólo es batalla cotidiana, sino  reflexión. Es importante detenerse en la vida y en la historia para evaluar el recorrido en el camino. Seguramente que no todo lo hacemos bien. Retroceder no siempre es ir hacia atrás sino hacia delante.

No hay revolucionario perfecto en el mundo como no hay cristiano puro en el planeta. Nada está acabado. Muchas cosas se hacen cada día. No existen imprescindibles en la tierra. Hay hombres y hay mujeres importantes en todo proceso. El único insustituible es el pueblo. Para cambiar estructuras es necesario tener líderes carismáticos. Pero la vida de la gente es imprescindible. Sin  vida no hay movimiento y sin acción, la revolución es sólo teoría.

La vida y la historia son las grandes escuelas o universidades en todas partes del mundo. El tiempo nos enseña mucho. Sólo caminando sabemos cuál es la ruta correcta. No hay mapas exactos ni finales cerrados. Todo está en marcha, en movimiento. Lo importante, es aprender en el peregrinaje. No basta encender la chispa de la revolución, hay que saber conducir el fuego para evitar incendios.

Nadie es vencedor absoluto como nadie está derrotado para toda la vida.  En un proceso revolucionario es importante que los líderes no sólo hablen. Deben escuchar y hacer. Caso contrario acaban emborrachados por la soberbia, ciegos por la luminosidad de creerse únicos y sordos por voces de alabanzas hipócritas y oportunistas.

Toda revolución necesita autocrítica. Uno es más revolucionario cuanto más se mira en el espejo. No para autocomplacerse por la belleza que cree tener sino para descubrir las arrugas y las canas que surgen del ajetreo cotidiano.

La revolución no sólo es ideología. También es corazón. El capitalismo convirtió en dios al dinero y otras ideologías quisieron convertir al hombre en dios. Pero olvidan que la vida es lo más importante. Ni el capitalismo ni el socialismo sin la vida existen.

Por algo será que el ser humano tiene cerebro y corazón. No es casual que tengamos capacidad para pensar pero también para amar. Con ideología se avanza en la revolución pero sin corazón el cambio no es auténtico. El ser humano necesita también amar y ser amado, respetar y ser respetado. Dignificar y no ser humillado.

Es necesario energía, firmeza, actitud guerrera y voluntad para dar la vida por un proyecto. No hay que estar débil ante el enemigo, ese que quiere mantener el sistema intacto, con privilegios para unos pocos. Pero también debe haber tiempo para tolerar, ser sensible, detenerse y pensar.

Los principios del vivir bien priorizan, precisamente, la vida, incitan al consenso, obligan respetar las diferencias, proponen vivir la complementariedad, llaman a estar en equilibrio con la naturaleza. Y hasta nos desafían a saber comer, saber beber, saber bailar y saber trabajar.

El vivir bien también es saber comunicarse, trabajar en reciprocidad,  no robar, no mentir, escuchar a los mayores. El brasileño Paulo Freire decía nadie enseña nada a nadie. Todos aprendemos de todos.

El canciller boliviano David Choquehuanca hace mucho tiempo dijo que “vivir bien es respetar al otro y escuchar a todo el que desee hablar”.

En nuestras relaciones cotidianas tampoco tenemos que creer que tenemos la verdad, la razón, la última palabra.

Cuanto más autoridad y más poder nos concede la gente, más humildad debemos tener, más oídos abiertos, más tolerancia, más autocrítica. La revolución no sólo es acción, no sólo es batalla cotidiana, sino  reflexión. Es importante detenerse en la vida y en la historia para evaluar el recorrido en el camino. Seguramente que no todo lo hacemos bien. Retroceder no siempre es ir hacia atrás sino hacia delante.

Hay que escuchar otras voces. El pluralismo es necesario. El país plurinacional nos obliga a respetar lo diferente. La wiphala, la bandera multicolor de los pueblos indígenas, es un ejemplo de la diversidad en la unidad. Varios colores configuran mejor un símbolo y un hecho. Somos diversos y a la vez un solo pueblo.

No tiene que haber espacio para la intolerancia de ningún lado. Al final de la vida los intolerantes son derrotados. Por no tolerar surge el racismo, la discriminación, el maltrato, la injusticia, la desigualdad, la división.

Y es necesario tener los ojos bien abiertos en la autocrítica. No todo el que piensa diferente es enemigo. No todo compañero que critica o cuestiona es traidor y no todo aquél que tiene la apariencia de leal al proceso de cambio cree en la revolución que tanto dolor costó al pueblo.

La revolución es una siembra permanente, un aprendizaje cotidiano. Es como un tren con itinerario indefinido y con varias estaciones. Muchos pasajeros suben y otros bajan. Unos porque no aguantan los desafíos de la honradez y el sacrificio, otros porque no sienten el compañerismo y son maltratados u olvidados.

No hay que preocuparse cuando un traidor se va pero hay que sentir dolor cuando un auténtico compañero se baja del tren. Un proceso de cambio no sólo debe ser sostenido con una firme ideología sino también con un corazón sensible. Al final de cuentas detrás de todo líder inteligente o carismático, está un ser humano.

Grandes y poderosos hombres e imperios fueron derrotados. En realidad cayeron por su soberbia, su autosuficiencia, su sordera, su indiferencia, su encerramiento.

No hay que confundir lealtad con sumisión ni consecuencia revolucionaria con un dogmatismo de laboratorio. La revolución debe estar en las calles, en los pueblos, en las marcas, en los ayllus, en los seres humanos. La revolución no sólo tiene que transformar las estructuras ideológicas y económicas, sino la actitud emotiva de la gente.

El pueblo tiene que seguir emocionado y esperanzado por el proceso de cambio. Pero tal vez como en el matrimonio: No basta conquistar y casarse. Hay que luchar todos los días para que el amor sea eterno. No hay que descuidarse. Los divorcios, generalmente, llegan porque la rutina nos vuelve insensibles, ciegos, sordos y poco creativos. Todos los días hay que amar y enamorar■