Siempre llegamos a la misma conclusión: el problema está en la educación. Porque está totalmente divorciada de la realidad, y no tiende al bienestar de la gente. Y no es casualidad.

Es por eso que después de pasar por tantas aulas donde yo supuestamente aprendía, me pasó lo que me pasó. Recién recibida, llegué a un pueblo de la cordillera, de 1500 habitantes, donde nunca había habido dentista. De entrada comprendí que tantas técnicas de cepillado estudiadas me las podía guardar bien guardadas, nunca habían tenido un cepillo.

Cuando tendí mi primera receta a un paciente, me miró avergonzado: “en la casa nadie lee”. ¡Cachetazo! Le pido que me escuche bien y recuerde, cada seis horas, bien por reloj. . . “En la casa no hay reloj” dijo como pidiendo perdón.  Tómelo cuando se levante, cuando coma, a la tarde, y antes de dormir, le dije rapidito, temiendo oír “en la casa nadie come”, para que saliera y me dejara sola con mi bronca. ¿De qué me servían ahora tantas horas de aula? ¡De nada!

El cura, un italiano misionero diocesano que hacía nueve años estaba en Ruca Choroi, paraje donde habitaban más de 700 mapuches de la comunidad Aigo, me aleccionó para futuras situaciones similares: “Allá arriba siempre tengo aspirinas porque vienen a mí para todo y no tienen que irse con las manos vacías. Se las doy y les digo: ‘tómela cuatro veces por día, (el cuatro es mágico para ellos, porque cuatro son los puntos cardinales), y cada vez que la tome, párese mirando al Este’ (también mágico, por ahí sale el sol), y así aguantan hasta la visita del médico. Les recalco que no falten, así retiran medicación, vacunan a los chicos, controlan los embarazos . . .”  En fin, una mateada con el Padre Valerio me enseñó lo que ningún aula: la realidad.

Me contó que al llegar, aprendió mapuche y tradujo las oraciones, llamó Nguenechen a Dios y Rangui Huenu Cusé a la Virgen, nombres correspondientes a las divinidades de los paisanos. Para que acudieran a misa con entusiasmo les servía un té de cascarilla bien caliente, cosa interesante cuando a uno lo han empujado a vivir donde la nieve llega a las rodillas. Así aprovechaba para enseñarles cómo vivir mejor, reducir la mortalidad infantil, las ventajas de parir en un hospital y no en el piso de tierra de la ruca. O sea que aprendió de ellos para después poder enseñarles.

En eso debe basarse la educación, como el sistema del pedagogo brasileño Paulo Freire, perseguido, exiliado porque en los países en que domina el capitalismo no se admite ningún sistema educativo que no prepare engranajes, piecitas para seguir acrecentando el capital. El hombre es lo de menos, se consigue más fácil que una mula. Freire llama a esa “educación bancaria” porque en ella se considera al alumno como un recipiente vacío en el que los maestros “depositan” conocimientos, como hicieron conmigo. En cambio debe considerarse el contenido que el alumno trae, y hacer como Valerio, enseñar aprendiendo, aprender enseñando, se trata de formar buenas personas primero, y ayudar al chico a descubrir y desarrollar luego aquello para lo que es más apto y más le guste. Claro que no será funcional al sistema. Será libre y feliz, ganándose la vida haciendo lo que le gusta.

Hay grupos de jóvenes trabajando en sociedades de fomento, por ejemplo, divulgando estas realidades. Pero no se puede pensar que si estamos tratando de sobrevivir en un aparato conductor en que el hombre y su felicidad no son el objetivo, y está claro que no lo es para éste en que vivimos, difícilmente se pueda aplicar. Pero el sólo saber que existen países, poquititos, donde se emplean estos métodos enfocados humanísticamente, me resulta esperanzador. Acerca la igualdad de oportunidades. No puede ser que el lugar geográfico y social donde nacemos nos salve o nos condene■