En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.

Rodolfo Walsh, Carta abierta del 24 de marzo del 77

Recordemos esa época:

El mundo estaba convulsionado culturalmente, con muchas reacciones ante el orden establecido: golpes militares en toda América latina, continente que estaba siendo muy molesto para el poder del dinero. Y, en lo económico, los petrodólares, dólares acumulados por suba de precios del petróleo, que generaban una alta liquidez (mucho dinero disponible) en la banca internacional.

La Argentina fue pasando del predominio de su papel de agro exportador, según la división internacional del trabajo, a una etapa de predominio industrial, en el período 1945 – 1975, a partir de la sustitución de importaciones y con un mercado interno más importante. Se convirtió en un Estado propietario de empresas estratégicas en el área de la explotación de los recursos naturales, y con algunas industrias propias; en regulador de  la economía, la banca, el mercado exterior; protegía y fomentaba la industria; decidía  la política social y sancionaba y promulgaba leyes que daban protección a los trabajadores. Una clase obrera que creció de la mano de la industrialización, amparada por las leyes generadas gracias a sus luchas y a gobiernos democráticos que avanzaron en la justicia social y que, con creciente grado de conciencia, siguieron avanzando en la conquista de sus derechos.

El proceso iniciado el 24 de marzo de 1976 fue el resultado de una clara decisión de quienes habían perdido renta en sus ganancias y poder político en sus decisiones y querían recuperarlos. Querían revancha, barajar y dar de nuevo, pero con las cartas bien marcadas. De eso se trataba la “reorganización nacional”. La etapa dictatorial anterior (Revolución argentina -29 junio ‘66 al 25 de mayo del ’73- ) llegó a provocar demasiada reacción a los intentos de avance de la oligarquía, por lo cual decidieron hacer los cambios buscados con el baño de sangre necesario para ello, no había otra forma.

Las FFAA se venían preparando desde la década del 60 (salvo una breve interrupción, con el Tte. Gral. Jorge Carcagno, jefe del ejército desde el 25 de mayo del ‘73 hasta que Perón lo desplaza al comienzo de su tercer presidencia), en estrecha relación con EEUU, la escuela de las Américas y también con asesoramiento de la escuela francesa.

Cito aquí un testimonio típico, clarito, uno de tantos diálogos de aquellas épocas, con esa típica soberbia de “macho canchero”, que Emilio Mignone cita al comienzo de su libro Iglesia y dictadura:

“Recuerdo vívidamente un episodio de esa época. En los primeros días de abril de 1976 fui invitado a una recepción organizada por la representación del Banco Interamericano de Desarrollo, con motivo de la llegada de una misión financiera. Predominaban en el encuentro los funcionarios de la nueva administración, en su mayoría uniformados, a quienes no conocía. Al encontrar a un amigo, el economista Carlos Brignone, me acerqué a él. Me presentó a su interlocutor. Era Walter Klein, padre del segundo hombre en el Ministerio de Economía del mismo nombre. Estábamos cerca de la puerta. De pronto vimos entrar exultante al general Alcides López Aufranc, que acababa de ser nombrado presidente de la empresa siderúrgica Acindar, sucediendo a Martínez de Hoz. Se acercó al grupo y saludó. Klein lo felicitó por su designación diciendo: ‘Ahí se necesitaba un hombre enérgico como usted’. López Aufranc sonrió complacido. Luego la conversación se orientó hacia los rumores de una posible huelga en el sector, señalando Klein que tenía noticias de la detención de 23 delegados de fábrica. El general, creyendo que yo también pertenecía a la banda adueñada del poder, contestó tranquilizándolo: ‘No se preocupe, Walter, —le dijo— todos están bajo tierra’”.

El avance sobre la clase trabajadora fue evidente. Por ejemplo, las modificaciones de las leyes fueron todas para desproteger a los trabajadores y beneficiar el aumento de la plusvalía del capital, con una tremenda caída del salario real de los trabajadores que -ya en el primer año del proceso- pierde una tercera parte. Tenían el lema de lograr el “bajo costo argentino” a costa del salario como la principal variable de ajuste.

A su vez, a partir de las medidas económicas llevadas a cabo por Martínez de Hoz, destruyeron buena parte del aparato productivo del país, hipotecándonos con una deuda externa importantísima, contraída no para fortalecer el sistema productivo que luego generaría los recursos para pagarla sino para la fiesta de unos pocos y el crecimiento de los depósitos en el exterior, propiedad de los patriotas socios en el poder. Al descuidarse el mercado interno, pasamos a ser un país que mira hacia fuera.

Los pilares de la reforma fueron medidas “neoliberales”, con contradicciones, como siempre:

Apertura comercial: enormes rebajas de aranceles para la importación. Por ejemplo, alimentos, bebidas y tabaco se reducen 84,1%. Eso sí, salvo para algunas actividades protegidas, “amigos son los amigos”.

Podemos recordar los casos más resonantes de represión dentro de las fábricas: automotrices: trabajadores secuestrados en Ford y Mercedes Benz; papel: Papel Prensa; azúcar: Ledesma; siderurgia: Acindar.

Reforma financiera: Ley 21.526 de entidades financieras, sancionada el 14 de febrero de 1977 –y que aún rige-, con la cual quedaron libradas al mercado las tasas de interés, la decisión de a quiénes se les presta dinero, sin fijarlo a las políticas que un Estado -no ese- debería tener sobre PYMES o viviendas… El Estado garantizaba el 100% de los depósitos.

Apertura de la cuenta capital: se dio permiso para que ingresen y salgan capitales del país -ese tipo de normas que desde los 90 suelen llamarse “seguridad jurídica”- de forma progresiva.

Con el mismo pretexto de frenar la indomable inflación (justificativo que tenía también la apertura a los productos importados, para que el empresario que hacía la silla que se rompía -ver propaganda de la época- tuviera que esforzarse mejorando la calidad y bajando precios frente a los importados) a fines del ’78, Martínez de Hoz decidió instaurar la famosa “tablita”, un seguro de cambio que permitía saber a priori el valor del dólar a futuro. Los valores iban desacelerando el crecimiento del costo del dólar y, como los precios internos se relacionaban mucho con su valor, se decía que al desacelerar el dólar ocurriría lo mismo con los precios internos. Pero esto no ocurrió.

Las altas tasas internas de interés liberadas y las bajas tasas externas, provocadas por un mercado internacional con gran cantidad de dólares (“petrodólares”) ofrecidos casi desesperadamente para préstamos, permitían a los “amigos de los negocios” hacer la famosa “bicicleta financiera”.

Algunos datos verídicos:

Se pedía un préstamo de 100 dólares (por supuesto, no cualquiera podía hacerlo ni pedía 100 precisamente) en un banco extranjero, a comienzos de 1979;

se compraban pesos (102.000 $ ya que el precio al que compra la casa de cambio cada dólar es 1020$);

con una tasa anual de 205,8%, se obtenían 311.916$ a fin de año.

Al pasarlo a dólares (1643 $ el precio con que compra cada dólar la casa de cambio), si se suma un 3% de diferencia compra-venta, de 1690$ se obtenían 184,56 dólares.

Pagando al banco extranjero los 108 dólares del préstamo con interés del 8% quedaban 76,56 dólares de ganancia, es decir 76,56% en un año.

Saquémosle la inflación anual de EEUU del 11,35% (ese año venía en suba, por eso empezaron a subir las tasas de los créditos externos, ya que una de las medidas que tomaron los liberales es aumentar las tasas para que baje la demanda de créditos, haya menos compras y bajen los precios) de manera que se reduce la ganancia a 58,56%. Una ganancia así es enorme.

Entonces: con un crédito barato al pedirlo en dólares (8%) y pasarlo a pesos, colocándolo en plazo fijo a tasas altas (205,8%), superando la inflación (139%) y con un dólar que, por la tablita, sólo subió un 61%, teniendo en cuenta una pequeña pérdida por la diferencia entre compra y venta del dólar y la corrección por la pérdida del valor del dólar aplicándole la inflación de EEUU, queda una ganancia anual de 58,56%. Traté de ser lo más intermedio en los cálculos de tasas pero, por ejemplo, se llegaron a tasas externas del 3%.

Esto no es todo. Así como el típico diálogo de Mignone, uno también imagina, con mucho asco, diálogos de hombres de negocios viendo cómo hacer grandes ganancias fácilmente. Y esta es otra muestra de dónde estaba puesta la mirada de un poder que controlaba a la subversión -la cual intentaba comerse la vaca (otra propaganda de la época)- y que reaccionaba pegando patadas a quienes querían arruinar el país. Pero, los que realmente se comían las vacas y destrozaban el país eran los amigos del poder. Las vaquitas son ajenas…

Los patriotas amigos de Canning y enemigos de Scalabrini Ortiz, no sólo “bicicletearon”. Y aquí debemos hablar de autopréstamos: los señores que tenían dinero en “fondos negros” (son como agujeros negros pero llenos de dinero que no se puede ver desde afuera) en paraísos fiscales, donde nadie se entera; pertenencias y ganancias no declaradas.

¡Después estos se quejan de que en la villa se cuelgan de la luz! ¿No tendrán algo que ver tus saqueos con que otros se tengan que colgar del poste para tener energía?

De la misma plata que tenían depositada extraían una cantidad para ingresarla a la Argentina pero como si fuera un préstamo. ¿Cómo la iban a ingresar como dinero propio si no tenían declarada la cuanta? Por supuesto que los ayudaban sus amigos de la banca.

Entonces ingresaban la plata para hacer la bicicleta acá, pero con beneficios extras: al parecer, un préstamo figuraba como deuda en sus cuentas, lo que les ayudaba a figurar como víctimas. Esto les permitía mentir en sus cuentas, evadir impuestos a las ganancias, justificar la quiebra de alguna empresa dejando en banda a los trabajadores… y además, ya que estamos, esperar la ayuda del Estado, ya que sabían que cada tanto salía a rescatar a los “empresarios a los que les interesa el país” que tenían deudas -con la excusa de que no se caiga el sistema- con los seguros de cambio: el Estado les vendía dólares muy pero muy baratos y se queda con la deuda. O sea, la terminamos pagando nosotros. ¡Qué orgullo!

Pero esto no es todo, también existían Las empresas offshore (empresa que no realiza actividad en ese lugar sino que opera costas afuera).

Aquí algunas instrucciones:

Se debe abrir una casa matriz (puro sello o dirección postal) en un paraíso fiscal (país donde no se pagan impuestos) quedando la fábrica en Argentina como filial.

Luego hacer figurar una importación de materia prima desde la casa matriz, ya que estamos, con sobreprecio, para aumentar las salidas en los libros contables de la filial. De paso, ¡hay máxima ganancia!, y se pide al BCRA un tipo de cambio más barato.

Además hay que hacer figurar una exportación desde la filial de Argentina de productos fabricados con subfacturación (así figuran menos ganancias).

De esta manera, la ganancia la tiene la casa matriz pero no paga impuestos por estar en un paraíso fiscal y la pérdida es de la filial en Argentina.

Por las pérdidas en la filial, se debe hacer figurar un pedido de crédito a la matriz, a la que además se le pagan intereses. Más pérdida ficticia para la filial.

Tenía razón Martínez de Hoz cuando decía “la gente nunca tuvo más plata que ahora” (Nueva York 1980). Y sí, gente como uno…

También hubo pagos de deuda externa que no se hacían figurar, así quedaban como deuda externa ante las autoridades argentinas para reducir impuestos y obtener socorros. El mismo Jorge Wehbe, último ministro de economía del proceso, lo reconoció. Como resultado tenemos que la fuga de capitales durante el proceso es calculada en unos 27.000 millones.

Lo que pasó con la industria es obvio: tasas altas para los créditos (alto costo financiero, claro, pero primero fue el bajo costo en base a los salarios) muy superiores a las ya altas de los plazos fijos; apertura comercial que permitía el ingreso de productos importados con bajos aranceles y dólar barato. Faltaba que le tiren cañonazos.

La actividad agropecuaria, que inicialmente se benefició con la eliminación de las retenciones, vio disminuir sus ganancias después con el dólar barato. Con dólares baratos y apertura comercial, las importaciones pasan de 3834 mil dólares en 1978 a 6712 en el ‘79 y a 10.541 en el ‘80.

De los 25 millones que jugamos el mundial, con dólar barato, la clase alta y media alta pudo viajar más, gastar y traer productos, usando los 500 dólares de ingreso libre. En sólo los 3 primeros meses de 1979, 120.000 turistas argentinos visitaron EEUU, Europa o Sudáfrica. Una vez más, el país se endeudaba para que una parte de su población se divierta.

¿Qué pasó con la bicicleta? Los créditos externos empezaron a aumentar sus tasas (ya expliqué, por inflación en EEUU) por lo cual dejó de convenir pedir préstamos, pero trajo otras consecuencias: un aumento extra de la deuda externa porque al comienzo las tasas eran del orden del 7,5% pero, modificables unilateralmente, llegan a 14,17% en 1981. Sólo por suba de intereses la deuda aumentó hasta el fin del proceso en 8475 millones de dólares. Se generó una crisis interna en el sistema financiero, cayeron bancos (el caso más resonante es el B.I.R. que cierra a fines de marzo del ‘80 y estaba primero en el ranking de los privados). El Estado empezó a hacerse cargo de la crisis (sólo lo del BIR le costó 2.400 millones de dólares) y la gente a retirar depósitos; dejaron de ingresar dólares, y la balanza comercial, lógicamente, entró en déficit (se importa más de lo que se exporta, es decir, salen más dólares de los que entran). En 1980, el déficit comercial es el 6,9% del PBI (Producto bruto Interno, lo que el país produce en un año).

Durante años se luchó para que la inversión educativa anual sea del 6%, así que comparen. La única forma de equilibrar fue con créditos externos, ahora caros, vía Estado y empresas estatales.

Así se comenzó a endeudar ficticiamente a empresas del Estado. Los dólares quedaban en el BCRA para sostener el sistema, pasando pesos a las empresas estatales. YPF pasó de una deuda de 372 millones de dólares a casi 6000 millones al final del proceso. ¿El petróleo no da?

Neoliberales que estatizan: pragmáticos. Ya M. de Hoz había estatizado la Ítalo, empresa de energía eléctrica, de la cual él era miembro del directorio. Es decir, en la mesa de negociaciones estaba de los 2 lados. Por eso se le inició un proceso, también por el caso de los hermanos Gutheim (secuestro extorsivo para forzarlos a destrabar un acuerdo de crédito con Hong Kong) y la causa promovida por Alejandro Olmos sobre deuda externa (ver fallo del juez Ballesteros en: http://www.laeditorialvirtual.com.ar/Pages/Ballesteros_JuicioSobreDeudaExterna/Ballesteros_001.htm). También merecería otras, hasta hizo derogar el impuesto a la herencia para beneficio personal en 1976.

También, para salvarla, se estatizó Austral en 1980 (línea aérea) del amigo Pescarmona, que después volverá a comprarla durante el gobierno de Alfonsín (1985).

Por supuesto no faltaron los amigos contratados por el Estado y ganando con sobreprecios, o recibiendo las áreas de explotación más rentables en las privatizaciones periféricas del área petrolera, en 1976.

Estatización de la deuda externa

Ya con Sigaut ministro en 1981 y, sobre todo, con Cavallo ( el comienzo de su trilogía) como presidente del BCRA en 1982, el Estado se hizo cargo de 14.500 millones de dólares de deuda privada, aunque la medida se extendió en el tiempo hasta llegar a unos 20.000 millones de dólares (doña Rosa paga y los amigos de Neustadt festejan). El Estado garantizaba que el deudor pague a precio dólar de 1981 (con la devaluación del peso será un acto simbólico, Dagnino Pastore, 53 días ministro, dispuso una devaluación del 70,5% de golpe, después vino Wehbe) y el Estado se hizo cargo de la diferencia al momento de vencer la deuda; o sea, se licua la deuda. Sólo 15 empresas tienen el 40% de esa deuda (Celulosa, Autopistas Urbanas, Pérez Companc, Acindar, Techint… ¿les suena? ¡Hasta 220 millones del Citibank!). En cambio, la circular 1050 de enero del ‘80, que liberó las tasas de créditos hipotecarios, dejó sin su única vivienda a muchísimos deudores.

En fin, desastre por donde se lo mire, y no llegué a escribir sobre Roberto Alemann. La deuda aumentó de 7800 millones a 45.000 millones de dólares (477%), mientras que el PBI sólo creció el 9,39 % (al 1,2% anual), con el agravante de la ausencia de registros de deuda externa en el BCRA. No solo trataron de no dejar huellas de las desapariciones de personas, tampoco de la desaparición del dinero, todo parte de un mismo plan. Los trabajadores pasaron de participar del 45% del PBI a solo el 27%.

Argentina quedó al final del proceso como otro país: los índices siguieron empeorando porque la estructura construida así lo provocó, hipotecada, con un aparato productivo disminuido y, lo peor, con una cultura distinta, mirando hacia fuera, sin voluntad, sin palabra propia. Es que muchos que la tenían ya no están. Y, no hay duda, el Menemato fue su consecuencia.

¡Ah! ¿A qué me refiero en el título con tobogán? Hay estructuras que se generan y provocan que todo se venga abajo. El que no ve esa estructura, cree que antes se hacían mejor las cosas, porque estábamos más arriba, pero es el mismo tobogán. Más allá de la actitud horrible del que dice -cuántas veces lo escuchamos aún- que estábamos mejor en esa época. Hay que ser muy ignorante.

El desafío es decir NUNCA MÁS, pero no sólo a la tortura, desaparición y muerte sino a todo. El tobogán construido para que caiga la mayoría del pueblo, que no es sólo económico sino cultural lo que lo hace más grave, tenemos que terminar de desarmarlo, se nota en muchas cosas. Podrá haber mejorado el PBI, varios modos de tomar decisiones en políticas de conflictos internos y en relaciones exteriores, pero hay aspectos en que seguimos cayendo por el tobogán. Año de elecciones, ni permitir que vuelvan los que van a reconstruirlo, ni por miedo a eso, no luchar para sacar las partes del tobogán que siguen vigentes■